Una casa llena de petróleo y gas (y dinamita)
Los que ya tenemos una edad, todo lo que sabemos de geografía de Oriente Medio lo aprendimos en la Guerra del Golfo de 1991. Desde entonces sabemos situar en el mapa Kuwait, el resto de pequeños emiratos, el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz. Además de geografía, aprendimos mucho sobre el petróleo: quiénes son los países productores, cómo se mide (en barriles). Y lo altamente combustible que es: la imagen de aquella guerra fueron los cientos de pozos que el ejército iraquí incendió en su retirada, y que ardieron durante meses con apocalípticas nubes negras. Desde entonces sabemos que toda la región es una inmensa bolsa de petróleo y gas a la que no se debe acercar una cerilla. No digamos un misil.
Días atrás, en el comienzo de esta nueva guerra, se repetían los titulares “incendiarios”: los medios acusaban unas veces a Estados Unidos e Israel por sus ataques, y otras a Irán por sus respuestas, de “incendiar la región”. Hasta que el incendio ha dejado de ser una metáfora y hemos empezado a ver llamas de verdad, las que provocan el petróleo y el gas convertidos en objetivo bélico. Israel y Estados Unidos bombardean el mayor yacimiento de gas del mundo; Irán lanza misiles y drones a plantas petrolíferas y gasísticas de los países vecinos; buques petroleros arden en las aguas del Estrecho; mientras nuestras gasolineras marcan ya los dos euros por litro, y García Ferreras coloca en la esquina del televisor un sensacionalista contador en tiempo real del precio del barril Brent.
Al ver los incendios ya no metafóricos en Oriente Medio, me acordé de la extraordinaria Una casa llena de dinamita, de Kathryn Bigelow, una de las mejores películas de 2025 pese al ninguneo en los Oscars. El título hace referencia a una línea de diálogo del ficticio presidente estadounidense que interpreta Idris Elba: hablando del riesgo de guerra nuclear -de eso va la película-, y de la demencial proliferación mundial de armamento capaz de destruir el planeta entero, dice que “es como si hubiéramos construido una casa llena de dinamita, y nos quedásemos a vivir en ella”.
Aplicado a Oriente Medio y a la temeraria guerra de Trump y Netanyahu, podemos parafrasear: es como si hubiéramos construido una casa llena de petróleo y gas, y nos quedásemos a vivir en ella. A riesgo de que cualquiera llegue, arroje una cerilla y todo arda. Incluida la economía mundial, que sigue siendo yonqui de las energías fósiles. Si en vez de una cerilla es un misil, y no es un accidente sino una estrategia perfectamente planeada de destrucción total, el incendio está servido.
Con el añadido de que la casa, además de petróleo y gas, acumula también la misma “dinamita” de la película de Bigelow. Y sus inquilinos son una panda de megalómanos y fanáticos dispuestos a pasar a la historia al precio que sea. Aunque todo arda.
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