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Los que quieren que Spain vuelva a ser different

La reacción de dirigentes territoriales y de alcaldes refleja lo lejos que ha ido el Gobierno con la reforma de la ley del aborto

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¿Quién le iba a decir a Rajoy que la revuelta interna le iba a llegar por la reforma del aborto? Vale que el proyecto del ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, es el más retrogrado de la Europa democrática, aunque él, en esa neolengua que consiste en utilizar las palabras en el sentido contrario de lo que significan, lo califique como “el más progresista”. Vale que parece que solo la Iglesia y un sector muy minoritario de la derecha defienden la prohibición del aborto o, en su caso, el establecimiento de estratagemas jurídicas, como las ideadas por Gallardón, para impedir que las mujeres puedan decidir libremente sobre sus vidas. Pero ni al presidente del Gobierno, ni siquiera a la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, que retrasó durante un año la aprobación en el Consejo de Ministros de la propuesta del ministro de Justicia, se les había pasado por la cabeza que el estallido contra la reforma fuera a ser interna. En sus cálculos entraba que iba a movilizar a la izquierda, seguro, que irritaría a las mujeres, también. Pero a los barones peperos, ¡por dios!.

Y ahí están, desde el presidente gallego Alberto Núñez Feijóo, al presidente de Castilla y León, Juan Vicente Herrera, pasando por el de Cantabria, Ignacio de Diego, y, desde luego, el extremeño, José Antonio Monago, todos echándose las manos a la cabeza. Monago, incluso, ha propuesto que el Parlamento de Extremadura pida al Gobierno que se pare la reforma de la ley. Pero es que el católico y prudente Herrera ya sugirió la semana pasada que se espere a que el Tribunal Constitucional resuelva el recurso que presentó el PP contra la vigente ley de plazos de Zapatero, antes de tramitarla.

La reacción de dirigentes territoriales y de alcaldes refleja lo lejos que ha ido en esta ocasión el Gobierno. Y eso que en los dos años que llevan en el poder han perpetrado graves recortes de derechos laborales, sociales y civiles con su reforma laboral, los hachazos en la Sanidad y la Educación o la reforma de la ley de Seguridad Ciudadana... Pero esta vez, han tocado una fibra más sensible y de muy difícil defensa. Porque los otros retrocesos los pueden vender como parte de la doctrina económica ultraliberal que domina en Europa o como una manera de frenar esa violencia callejera, tan minoritaria, pero que desde el Gobierno y sus voceros se vende como si fuera una guerrilla callejera en toda regla. Muchos ciudadanos, a fuerza de escucharlo mil veces, pueden llegar a creérselo. Pero, ¿qué discurso puede acompañar a una reforma tan retrograda como la del aborto? ¿A quién van a convencer con ese empeño en impedir que sean las mujeres las que decidan si quieren ser madres y en qué circunstancias?

En la mayoría de los países democráticos avanzados las leyes del aborto no son motivo de discusión, ni siquiera de debate entre la derecha y la izquierda. En muchos de esos países fue la derecha quien las propuso y aprobó hace ya décadas. Pero aquí hay algunos que quieren volver a aquel “Spain is different” de tiempos pasados, con un proyecto que no trata a las mujeres como personas adultas capaces de decidir sobre su vida. Un proyecto que ni siquiera les pedía su Tea Party interno. Porque no parece que por esto se vayan a partir la cara ni José María Aznar, ni Esperanza Aguirre, que tienen otras cosas por las que atacar al Gobierno. Una reforma que, sin embargo, está levantando a quienes tienen que ganarse la reelección en los comicios municipales y autonómicos de dentro de año y medio y que ven en el “innecesario e inoportuno” proyecto de Gallardón “un balón de oxígeno para el PSOE”.

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