Las burbujas de la edición

Enrique Murillo

El mundo de la edición en España ha vivido, por lo menos, dos burbujas que han reventado recientemente, de forma aún poco estrepitosa. La más grande tenía que ver con los años de vacas gordas que vivió la industria (desde las librerías hasta las editoriales, pasando por las agencias literarias y los autores, o al menos algunos de ellos), y se ha ido deshinchando paulatina y tercamente desde hace por lo menos dos años. Una simple señal: los megabestsellers de aquellos tiempos (Ken Follet, Stieg Larsson, Ruiz Zafón, más algunos libros de autoayuda como Quién se ha llevado mi queso, etcétera) alcanzaban hasta 2008-09 cifras de ventas superiores al millón de ejemplares. Todo eso ha terminado, y los superventas de 2012 apenas alcanzan como muchísimo el medio millón de ejemplares y, por lo general, se quedan por debajo de los 200.000.

Aquel fenómeno trajo consigo subastas surrealistas por los derechos de ciertos libros, la más sonada de las cuales fue la que ganó Planeta por la nueva y entonces aún no escrita novela de Dan Brown, la primera tras el éxito de El código Da Vinci, publicada por Urano (que prefirió, sensatamente, no competir en el tramo final de la subasta). Según los rumores el disparatado anticipo fue de 1,5 millones de dólares. Pero no solo en el mundo de las novelas de género pasaban cosas así. Algún autor literario alcanzó a cobrar 600.000 euros por unas memorias o una novela que luego no cubrió con las ventas ni la cuarta parte de esa suma, y la lista de los ganadores de premios como el Planeta y otros ilustra con claridad que los límites del pudor siguen siendo bastante flexibles.

Paralelamente se había producido la llegada de los novelistas de la “Nueva narrativa española” al mainstream de la edición, y un buen número de ellos comenzaron a alcanzar ventas de entre 50.000 y 350.000 ejemplares, con Arturo Pérez Reverte y Eduardo Mendoza a la cabeza, Juanjo Millás junto a ellos a partir de cierto momento, y otro numeroso grupo de autores. ¿Hubo también una burbuja literaria, una inflación de la valoración crítica de ciertas obras? ¿Afectó este fenómeno a los escritores de esa nueva ola narrativa cuya eclosión se produjo de forma masiva a partir de 1985, aproximadamente? ¿Existió desde el poder político un intento de aupar a la gloria literaria y de hacer participar del festín del dinero público a los que fueron acusados de ser “los doscientos novelistas del PSOE”?

Como mínimo podríamos decir que sí hubo a partir de comienzos de los noventa del pasado siglo una feria de las vanidades en la que los prestigios y las ventas y los anticipos disparados e incluso disparatados iban extrañamente de la mano, y que aquel enloquecimiento colectivo no deja de tener semejanzas con la burbuja española por antonomasia, la de la construcción. Sí hemos vivido una burbuja en la que los prestigios estaban bastante hinchados. Pero ni esa inflación se debió en modo alguno a la intervención de los políticos, ni estos tuvieron tampoco nada que ver con el verdadero negocio en el que se convirtió para algunos la escritura, ya que esto último fue consecuencia primero de las ventas, realmente asombrosas, conseguidas por unos cuantos autores, y en segundo lugar y en algunos casos por la intervención de los agentes literarios, que consiguieron jugar bien sus cartas, subastar derechos como quien subasta pescado en la lonja de Tokio, y sacar brutales tajadas en forma de anticipos irrecuperables que, curiosamente, ciertos editores con buena financiación estuvieron dispuestos a pagar, aunque luego maldijeran a los autores y sus agentes cuando las sumas adelantadas no se correspondían con las ventas. Pero en todo esto no medió en absoluto el poder.

Para poner las cosas en perspectiva habrá que recordar una historia real que ejemplifica bien lo ocurrido en el momento de arranque de ese fenómeno. A comienzos de los ochenta yo era lector de la editorial Anagrama. Al convocarse el premio Herralde por primera vez (y durante los siguientes seis o siete años) me correspondió la tarea de leer y cribar todos los manuscritos que se presentaban al mismo. Debía de llevar unos cien manuscritos leídos (bastante por encima, dada la calidad penosa de la mayoría de ellos) en la primera convocatoria cuando encontré por fin una novela que tenía en mi opinión fuerza e inteligencia literarias. Era un texto de Álvaro Pombo. Me sonaba vagamente su nombre, pero no supe de qué. Comuniqué al editor que había encontrado una pequeña joya, Jorge Herralde estableció contacto telefónico con Pombo, éste respondió contento que si esa novela había gustado, a lo mejor gustaría más otro manuscrito suyo, lo remitió, lo leí, y resultó ser, en efecto, incluso mejor; el mismo procedimiento de llamada telefónica, y envío de manuscrito se repitió tres veces más. Uno de los textos que envió Pombo llevaba todavía el sello de “obra presentada al Premio Planeta”, y era una chiflada historia de un grupo de gente que decidía atentar contra el Rey. Como algunos tal vez recuerden, aquel año Pombo fue ganador y finalista del premio. Cuento todo esto para que se entienda cuál era la situación de un escritor como Pombo en aquella época. Tras sacar un par de volúmenes de versos y otro de relatos a mediados de los setenta, Pombo no tenía quien le publicara. Acumulaba manuscritos en los cajones, porque no había nadie dispuesto a publicar novelas de nuevos escritores. Y como Pombo, muchísimos más. El mismo Juanjo Millás había ganado en 1975 el Premio Sésamo con Cerbero son las sombras, pero hasta 1987, con El desorden de tu nombre, su obra no alcanzó apenas difusión.

La edición progre se había concentrado en el ensayo. Hubo un intento aislado de Barral Editores (segunda mitad de los setenta) de promocionar a los nuevos novelistas españoles. Fue lanzado con el interrogante “¿Existe una nueva novela española?”, que mostraba las dudas del propio Carlos Barral en relación con la respuesta. Aquella serie de libros, con títulos de Félix de Azúa, Manuel de Lope y otros, no obtuvo apenas resonancia. Como tampoco la tuvo la colección Nostromo de Alfaguara, con unos libros con aspecto de segunda división que no demostraban gran entusiasmo por parte del editor, y en donde aparecieron cosas tan notables como La media distancia, de Alejandro Gándara.

Con las escasas salvedades de algunas novelas de Juan Marsé, y García Hortelano, de Juan y Luis Goytisolo, lo demás en narrativa española era un desierto, incluyendo la novela politizada que pretendía contribuir a derribar la dictadura con literatura de denuncia. Recuerdo el primer informe que me encargó Carlos Barral, allá por 1968. Con brutalidad juvenil, me cargué el manuscrito en mi informe. Carlos me llamó a su despacho para decirme que tenía razón, pero que no podía dejar de publicar esa novela (se titulaba La mina, La fábrica, La huelga o cualquier cosa así) porque el autor, era “compañero de viaje” del partido por antonomasia (el PCE).

En un universo paralelo, el poder literario seguía su extraña vida ramplona. Quiero decir que se publicaban novelas de Mercedes Salisachs y de Torcuato Luca de Tena, de Concha Alós y de José María Gironella, y otros autores justamente olvidados, pero que en aquel entonces recibían los parabienes de la crítica y conseguían bastantes lectores. Camilo José Cela continuaba publicando y reinando en un panorama ciertamente rancio. Había excepciones, como algunas cosas de Fernández Santos, Delibes y otros, pero eran minoría. En 1968, Juan Benet obtuvo un clamoroso succès d’estime con Volverás a Región y su obra subsiguiente, y demostró que el idioma español podía ser utilizado de forma moderna, seria e inteligente en los géneros narrativos, pero si bien su gigantesca estatura y su inimitable individualidad literaria le convirtieron en una enseña para los jóvenes, nunca llegó a constituir un modelo. Como tampoco lo fue Ferlosio, pese al impacto de su seminal ensayo sobre las figuras de lo narrativo, Las semanas en el jardín.

Los primeros indicios de los cambios que surgirían más adelante no llegaron hasta 1975, cuando se publicó La verdad sobre el caso Savolta, primera novela de un joven llamado Eduardo Mendoza. Pero su éxito de crítica y lectores fue un fenómeno muy aislado. En la editorial de Rosa Regás, La Gaya Ciencia, aparecieron durante los setenta los primeros relatos de Álvaro Pombo (quizá por eso me sonaba su nombre) y una novela de Javier Marías, entre otros, mientras que Juanjo Millás ganaba el Premio Sésamo con Cerbero son las sombras. Todos estos libros circulaban entre minorías que se contaban por docenas, poco más.

De ahí que lo que ocurrió cuando Anagrama y Tusquets, Siruela y Lumen, principalmente, y más adelante también Alfaguara, lanzaron la renovación editorial española de los años ochenta, el estado de la ficción española seguía siendo lamentable. Tuvieron que transcurrir todos los años de ese decenio para que los nuevos escritores comenzaran a alcanzar el mainstream. Primero fueron Javier Marías con Corazón tan blanco y Arturo Pérez Reverte con La tabla de Flandes, luego la repercusión europea de la presencia de España como país invitado en la Feria de Frankfurt el año 1991 (que terminó en fiasco, pues los libros entonces contratados para ser traducidos a diversos idiomas europeos no vendieron nada, con la sola excepción de Corazón tan blanco en Alemania, novela contratada y luego rechazada por Piper, y luego editada por Klett Kota y elevada a los cielos, muchos años más tarde, por la crítica y los lectores).3

Creo que podría mantener hoy en su casi totalidad lo que escribí en un artículo que me encargó José Miguel Ullán y finalmente publicó César Antonio Molina en el suplemento cultural de Diario 16. Defendí allí, hacia 1988, que se había producido una eclosión narrativa notable. No había manifiestos ni se trataba de la llegada de una sola generación, no era en absoluto un movimiento literario de los que habíamos ido viendo a lo largo del siglo XX, pero el conjunto de lo que estaba ocurriendo significaba una ruptura con todo lo anterior. Javier Tomeo le llevaba más de treinta años a Ignacio Martínez de Pisón. La Historia del idiota contada por él mismo de Félix de Azúa no tenía nada que ver con El bandido doblemente armado de Soledad Puértolas. Si había alguna cosa en común era el aprecio por la narración como elemento clave de la novela; la curiosidad por las estructuras propias de los géneros, sobre todo la novela negra; el desdén más absoluto por el costumbrismo a ras de suelo y los fuegos de artificio que habían pasado por “estilo” durante los decenios posteriores al final de la guerra civil, y por el carácter timorato que caracterizó la novela del franquismo, uno de cuyos defectos principales era que ignoró todo lo que se llevaba escribiendo desde hacía un siglo en el resto del mundo.

Por eso, tal vez lo más importante fuese que esos narradores nuevos que comenzaron a publicar en los ochenta respetaban y trataban de aprender de los Borges, Cortázar, Vargas Llosa, Cabrera Infante, García Márquez, por un lado; y, por otro, de la plétora de nuevos narradores británicos, norteamericanos y centroeuropeos cuyos libros eran publicados entonces por las mismas editoriales que comenzaron a sacar los libros de los nuevos españoles: John Updike y Martin Amis y Julian Barnes, Kazuo Ishiguro y John Kennedy Toole y todo el nuevo periodismo, Thomas Bernhard y Marguerite Yourcenar…

Todavía en los años noventa hubo quien me echó en cara que me atreviese a incluir en una colección literaria (Ave Fénix Serie Mayor, de Plaza & Janés) las novelas de Ray Loriga (descubierto por Constantino Bértolo, Ray decidió luego publicar con el traductor de uno de sus modelos: Sam Shepard), a las que siguieron en la misma colección obras de Benjamín Prado y Félix Romeo, que sí pertenecían a una misma generación y en los que la influencia de la narrativa anglosajona tenía un peso enorme.

La reacción de quienes ocupaban el poder literario hasta entonces fue bastante furiosa. Con Cela a la cabeza, naturalmente, urdieron la historia de que había unos “novelistas del PSOE” que no merecían perdón de Dios. De la misma manera que el partido socialista había “usurpado” el poder a los de siempre (franquistas reciclados y demás), los niñatos que comenzaban a conseguir cierta aprobación crítica y, muy despacito, algunos miles de lectores, no eran más que el brazo literario de los nuevos políticos, gente que pretendía quedarse con las subvenciones, prebendas, ciclos de conferencias, sillones académicos y demás migajas del pastel estatal que hasta entonces se habían repartido entre sí los escritores que acompañaron la evolución de la dictadura desde el año 39.

Yo fui un novelista del PSOE, sin saberlo. Me ganaba la vida malamente cobrando a tanto la hora mis labores en la editorial, y traduciendo a velocidades increíbles lo que fuera, de Capote a Nabokov, de Amis a Fowles y lo que cayera, y jamás encontraba tiempo para escribir. De modo que pedí una beca de creación literaria durante el breve periodo en el que el verdadero autor de El Quijote fue director de una oficina del ministerio de Cultura llamada Centro de las Letras Españolas, y la conseguí. Pude así liberar durante tres meses media jornada laboral que dediqué a escribir el primer borrador de una novela. No sé qué otras prebendas obtuvieron los demás, pero muchos de ellos, a los que conozco desde mi juventud, jamás pidieron nada ni obtuvieron nada. Pero sí lograron un éxito de crítica y lectores como jamás habían obtenido los miembros de la novela de la época franquista. Y eso dolió mucho.

De todo aquello hace ahora veinte años, si contamos a partir del año en que España fue país invitado en Frankfurt. Aquel grupo de autores terminó ocupando el mainstream, y su obra ha corrido la suerte variada que cabía esperar. Javier Marías y Vila-Matas, Pérez Reverte y Almudena Grandes, Juanjo Millás y Eduardo Mendoza, Rosa Montero y Martínez de Pisón ya tienen una larga descendencia: Javier Cercas y Ray Loriga, Agustín Fernández Mallo y Rafael Reig, y, si se me permite incluir algunos autores de los que publico ahora, Willy Uribe, Matías Néspolo y Marina Perezagua.

De aquella inercia sosa y bastante uniforme que fue la novela de los años de la dictadura a la multiplicidad de estilos actual media una distancia suficiente como para celebrar que hubiera cambios, que apareciesen narradores de otro tipo. Si para que haya en un idioma buena literatura dramática suele ser bueno que exista un nutrido grupo de escritores de comedia de bulevar, creo que eso se consiguió a partir de aquella eclosión de los ochenta.

Qué valor tengan los del grupo antecesor, aquellos “nuevos narradores” de hace 25 años, y cuál pueda ser el de los que les siguen ahora, es algo que no quedará fijado para siempre. El extraño destino de Shakespeare, genio en vida, cerril y bárbaro durante tres siglos después de su muerte, y mejor guionista de Hollywood en la actualidad, gracias a que T.S. Eliot y otros redescubrieron su obra a comienzos del siglo XX, es el mejor ejemplo de la volubilidad del gusto literario. Como editor, creo que hicimos bien dando a conocer la obra de aquellos narradores “nuevos”. El tiempo nos ha dado la razón durante un lapso breve. Pero no me atrevo a subirme a lo alto de ninguna pirámide para juzgar si tendrán todavía lectores dentro de un par de años, o un par de siglos.

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