Más políticas y menos política

Si observamos la evolución del debate político en los últimos años, podríamos tener la impresión de que se ha reavivado con la crisis y sus duras consecuencias. Pero no nos dejemos engañar: la política nos interesa hoy más que hace años, y hemos incrementado nuestra atención y nuestra exigencia hacia los políticos, pero seguimos hablando muy poco de políticas. Nuestro debate público sigue padeciendo la misma falta de calidad de los años de bonanza: la política vista como un juego de trincheras, como una discusión entre esencias ideológicas, una competición entre identidades partidistas, o, en una versión muy de moda, como una lucha entre el pueblo y ‘los de arriba’.

Desde nuestro punto de vista, a la perspectiva de fallo multiorgánico diagnosticada por Andrés Ortega en Recomponer la democracia, debemos añadir la idea de fracaso cognitivo, según Daniel Innerarity. Entendemos por tal el fracaso de la transferencia de conocimiento desde aquellos centros que la producen (universidades, think tanks, empresas privadas y otros actores sociales) a los centros de decisión (gobiernos) y a los ciudadanos que deben elegir a sus representantes para ubicarlos en esos centros de decisión.

Una observación rápida de portadas de diario o de tertulias radiofónicas de la última década nos demostraría que no supimos transformar un debate que siguió girando en torno a principios y a identidades de partido (si no directamente ideológicas). En estos años de reconversión política predominan las enmiendas a la totalidad (cambios de sistema, substitución de partidos, transformación radical de las normas de decisión y representación) más que debate sobre cirugía institucional de alta definición.

Este fallo cognitivo tiene formas muy concretas: las páginas de política y de economía suelen estar separadas en secciones estancas, nuestros debates tienen pocos números y nuestras reformas legales e institucionales apenas mencionan cómo evaluaremos antes el rendimiento de las existentes y de las futuras.

Por supuesto, el fallo cognitivo (no pudimos hacerlo mejor porque no sabemos suficiente) es sólo un vector que explica nuestra situación, que se une con otros: el debilitamiento del Estado ante las reglas de la globalización, las dinámicas perversas de instituciones políticas ineficientes, y errores concretos de políticas públicas equivocadas o mal diseñadas.

¿Dónde podríamos situar las causas de este fallo cognoscitivo? Aunque quizá dispersos y faltos de una coherencia global, existen algunos debates en curso sobre esta cuestión.

Por un lado, hay un debate centrado en el ‘quién’ debe transmitir o divulgar el conocimiento: ¿es que los expertos, los científicos sociales hablan poco porque su espacio está ocupado por voces menos autorizadas? Para unos, se trata de una terreno en el que deberían haber más politólogos y científicos sociales. Para otros, el problema viene más bien de las carencias que los académicos sociales tienen para transmitir su conocimiento en comparación con otros tipos de escritores más dotados. Es decir, quién merece ser escuchado.

También hay un problema referente a la educación cívica de la ciudadanía. Los medios han trasladado una ciencia entendida como verdades que eran dadas a conocer a la opinión pública sin apenas posibilidad de ser rebatidas. Que ello haya sido así, y se haya concebido la existencia de un ciudadano como receptor pasivo, ha provocado un debate menos informado y que genera una ciudadanía menos exigente hacia la política.

Hay un segundo debate que hace más referencia al ‘qué’: abordamos la discusión sobre cómo debería gobernarse nuestra sociedad mediante posiciones demasiado normativas, basadas en principios ideológicos (a veces demasiado alejados de la realidad concreta, a veces demasiado poco contrastados con los hechos). Este problema posee diversas fuentes. Es cierto que a veces la academia no ayuda mucho a situar el debate sobre las cuestiones esenciales, al producir investigaciones irrelevantes para los ciudadanos interesados y, peor, para los propios gobernantes. Pero sobre todo, estamos pendientes de que los profesionales de la información trasladen a sus textos de análisis la ingente cantidad de datos que ya están disponibles. No se trata sólo de cómo ha cambiado el negocio del periodismo y de la información.

Esta situación se refleja en lagunas preocupantes. Existe una falta de cultura de la evaluación de nuestras políticas públicas. Y esto nos hace perder oportunidades. Un ejemplo son los debates sobre la manera en que recibimos las periódicas evaluaciones de ratings y rankings como PISA, que a menudo se leen como la clasificación de la Liga de fútbol. ¿Cuánto nos ha ayudado a mejorar nuestras políticas educativas evaluaciones internacionales de este tipo?

Algunos dicen que el futuro de las políticas públicas pasa por los datos. Dos tensiones se apuntan en ese horizonte: tendremos muchos más datos para tomar decisiones (aunque la política deberá resolver sobre qué serán esos datos y a quién pertenecerán) al tiempo que necesitaremos una visión de conjunto para saber cómo utilizarlos y seleccionarlos. A la espera de ese escenario, cabrá preguntarse hasta qué punto podremos resolver el fallo multiorgánico de la política española sin superar el fallo cognitivo que la ha acompañado.

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24 de marzo de 2014 - 20:21 h

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