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Mujeres y hombres en un mundo masculinizado

Zygmunt Bauman, en un librito titulado Trabajo, consumismo y nuevos pobres (Gedisa, 2017), dice, citando a otros autores: "La crisis del mundo occidental reside en el hecho de que dejó de cuestionarse a sí mismo", cuando cuestionarse a sí mismo fue el secreto de su búsqueda para perfeccionarse. He de confesar que me gustó este análisis, pues ayuda a comprender qué pasa en un mundo donde unos, los menos, concentran mucho capital, y otros, los más, se rodean de considerable pobreza. La incapacidad para que la sociedad actual se cuestione qué está ocurriendo ayuda a entender por qué se nos mueren las personas en el Mediterráneo huyendo del hambre, o de la muerte, que en sus territorios les rodea, sin que el llamado mundo desarrollado se entere, o no mire lo que ocurre. El Roto lo describía en una ilustración en la que uno estaba viendo las noticias en la tele y pensaba si acaso le daban las noticias con anestesia porque al verlas no sentía nada. 

Bien, pues este abandono de la capacidad de "cuestionarse a sí mismo" puede explicar muchas de las situaciones que abandonan a la mujer a sus circunstancias en este mundo masculinizado que vivimos. Bauman, en este libro, también lo analiza. Y lo hace describiendo algunas desviaciones en el concepto del trabajo, pensando que cuando se habla de trabajo se piensa solo en el remunerado (lo no remunerado no es trabajo), asociando trabajo solo con el mercado de trabajo, que contrata y paga la fuerza de trabajo convenida. Bauman dice que esa asociación debería romperse, pues contamina la concepción política. Los políticos (también las mujeres que se dedican a la política) siempre hablan del trabajo remunerado. La política sigue siendo, en gran medida, cosa de hombres, aunque muchas mujeres actúen en ella. Lo cierto es la que la identidad del trabajo con el trabajo remunerado fue una conquista de los varones que, como señaló Max Weber hace tiempo, montaron sus negocios fuera del hogar, donde dejaban a sus mujeres para que desempeñaran las otras actividades necesarias para vivir. Desde entonces, esas actividades dejaron de ser consideradas trabajo y, en consecuencia, se transformaron en económicamente invisibles porque "el trabajo quedó restringido a las actividades que figuran en los libros de negocios". "Quedó fuera del trabajo, prácticamente, todo lo perteneciente al mundo de las mujeres".

Es aquí donde aparece la dificultad de visibilizar el trabajo de la mujer como imprescindible para la vida. Paradójicamente, se delegan en la mujer las actividades necesarias para vivir, pero esas actividades no tenían valor al no ser consideradas trabajo, ya que este solo era el remunerado. La mujer asumió lo no remunerado, pero imprescindible para vivir. Cuando la mujer decide salir del hogar para incorporarse al trabajo remunerado se desatan innumerables problemas, especialmente en el hombre por ver amenazado su condición, problemas que tienen repercusión en la vida familiar y, especialmente, en la relación de pareja. Ulrich Beck lo analiza muy bien en un libro, que escribió con su esposa, Elisabeth, titulado El normal caos del amor (Paidós).

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Menos habitantes, y más viejos

Hace unos meses, el Gobierno polaco lanzó una controvertida campaña para fomentar la natalidad que, además de ayudas a las familias, llamaba a la población a “reproducirse como conejos”  en un vídeo en el que aparecían ejemplares de estos animales. En un país marcadamente católico, el Ejecutivo de Varsovia se decía preocupado por la baja tasa de fertilidad de la población (1,32 criaturas por mujer).

En realidad, el indicador de la fecundidad en España es muy similar al polaco: 1,33 hijos, según Eurostat. Y en caída: en el año 1960, en España las mujeres tenían, de media, 2,86 descendientes. La incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral sin que se produjera en paralelo una reorganización social de los cuidados, la precarización del trabajo y las dificultades para acceder a una vivienda son algunas de las causas de esta evolución.

Una baja tasa de fecundidad, combinada con una igualmente baja llegada de población inmigrante, y sumada sobre todo a la mejora (alargamiento) de la esperanza de vida, han llevado al Instituto Nacional de Estadística (INE) a proyectar que, dentro de 50 años, España habrá perdido al menos 5,4 millones de habitantes.

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Cuando las personas dejan de importar

Fotograma de la película 'Corporate'.

En la vida siempre hay alguien que debe hacer el trabajo sucio. Y, tarde o temprano, acabará pagando por ello directa o indirectamente. Cada día se registran millares de despidos en empresas de todo tipo alrededor del mundo, pero algunos de ellos no han dejado el rastro habitual. Esos que son fruto de un plan orquestado minuciosamente con el objetivo de echar a sus trabajadores de la forma más económica posible.

El thriller francés Corporate (Nicholas Silhol, 2017) nos sitúa en una de esas empresas que destinan cantidad de esfuerzos y recursos para conseguir precisamente eso: hacer la vida imposible a los trabajadores considerados prescindibles para que se vayan por su propio pie, sin hacer escándalo ni suponer gasto alguno para la empresa. Sobre el papel puede parecer una idea perversa que no va más allá de una mala praxis empresarial, pero la vida real demuestra que, en cuanto a humanos se refiere, todo coge un cariz diferente que puede llevar al límite cualquier situación aparentemente simple. Es lo que le ocurre a Emilie Tesson-Hansen (Céline Sallette), gestora de Recursos Humanos de una multinacional con una extensa plantilla de trabajadores. Su superior, Stéphane Froncart (Lambert Wilson), la ha contratado por su falta de escrúpulos para llevar a cabo la limpieza de trabajadores que requiere la empresa con la más absoluta normalidad. ¿Pero es posible sin mancharse las manos? ¿A qué coste?

Silhol defiende que Corporate está basada en hechos reales e inspirada en la ola de suicidios laborales que conmocionó Francia hace una década. Su filme pone encima de la mesa las consecuencias de semejante despropósito empresarial a través de un caso concreto: uno de los trabajadores, que ha sido presionado con métodos más que reprobables durante más de un año para que dimitiera, decide suicidarse saltando desde la ventana de su oficina. En este punto empezará el baile de idas y venidas de inspecciones laborales, reuniones de los jefes de la empresa y los cuchicheos entre los trabajadores. Cada uno querrá salvar su puesto, pero ¿de quién es la responsabilidad final?  En situaciones como esta hay un dicho que reza lo siguiente: “entre todos lo mataron y él solito se murió”. ¿Pero es esto lo que se espera de las empresas en países desarrollados que venden una imagen de responsabilidad social y valores éticos? ¿Dónde empiezan y acaban sus ideales? 

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Madrid apuesta por la economía solidaria

Imagen de la V Feria de la Economía Solidaria de Madrid, celebrada en septiembre pasado.

La apuesta y el compromiso del equipo de gobierno de Ahora Madrid por apoyar la economía social y solidaria como eje transformador del modelo de promoción económica y de desarrollo sostenible inclusivo de la ciudad de Madrid es firme. Y en estos momentos, en los que algunos grupos políticos y medios de comunicación insisten en poner en cuestión la profesionalidad y contribución de las entidades que conforman este sector a la generación de riqueza económica y social, no cabe sino reforzar este compromiso.

Si atendemos a las estadísticas de la Confederación Empresarial Española de la Economía Social (CEPES), en España hay 43.000 entidades de economía social y solidaria que emplean directa o indirectamente a 1,8 millones de personas y facturan 150.000 millones de euros, equivalente al 10-12% del PIB. En la ciudad de Madrid se cuantifican 7.345 entidades, empresas e iniciativas ciudadanas de economía social y solidarias.

La economía social y solidaria es, además, un sector que, en épocas de crisis, ha demostrado ser más resiliente, con comportamientos anticíclicos, reforzando la relación entre personas, empresas y sociedad, y buscando un mayor grado de innovación, conocimiento y cohesión social. Con la economía social y solidaria en España la pérdida de empleo ha sido casi siete puntos menos que en otras fórmulas empresariales durante la crisis. En los últimos 6 años ha creado 190.000 empleos y 29.000 empresas. Y lo que es más, gran parte de este empleo, casi el 80%, es fijo y a jornada completa.

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Vuelve la usura

Los jueces están condenando prácticas usurarias.

La crisis está sacando lo peor de las entidades financieras. La lista de malas prácticas y productos tóxicos es interminable hasta aburrir y mantiene los juzgados atiborrados. Hemos conocido las participaciones preferentes, las obligaciones subordinadas, las cláusulas suelo, los índices IRPH de las hipotecas, los gastos hipotecarios, los  swaps y las cláusulas abusivas que facilitan los desahucios. Hay millones de afectados y miles de millones de daños. Pero todavía no lo habíamos visto todo.

Los últimos abusos no tienen nada de ingeniería financiera, sino que nos llevan a 1908. Ese año se aprobó la Ley de Represión de la Usura, conocida también como ley Azcárate. Era una ley que anulaba “un interés notablemente superior al normal del dinero y manifiestamente desproporcionado”.

Esta es precisamente la ley que actualmente están invocando los tribunales de todo el país para condenar a las financieras que aplican intereses claramente usurarios que oscilan entre el 20% y el 30% en determinados préstamos al consumo como los conocidos como  revolving. Se trata de contratos que permiten al consumidor hacer disposiciones mediante llamadas telefónicas o el uso de una tarjeta de crédito. Estos intereses se aplican en un mercado en que el tipo del interés del euríbor está en tasas negativas y el interés legal está en el 3% desde 2016 (durante los seis años anteriores estuvo en el 4%). En el caso de los créditos rápidos otorgados por financieras no controladas por el Banco de España, se  llegan a pagar intereses del 2.000% y 3.000%.

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El inagotable espíritu de la rebeldía

Manifestación del movimiento Occupy Wall Street en 2011.

El periodista, economista y escritor Joaquín Estefanía ha realizado la tarea más difícil: explicar las revoluciones y contrarrevoluciones de los últimos 50 años. Y, sobre todo, cómo las ha vivido y afrontado la generación que ahora se jubila y a la que el autor pertenece.

El libro 'Revoluciones' (Galaxia Gutenberg) cuenta la la historia que empezaron los jóvenes en 1968 en distintas partes del mundo, desde Berkeley hasta París, Berlín, Madrid y Barcelona, y todo lo que ha ocurrido después. En realidad, es un relato mucho más completo en que a un lado del ring están los años mágicos -1968, (Mayo), 1999, (movimiento antiglobalización y 2011 (los indignados)-, y en el otro los reactivos: 1979 y 1980 (Margaret Thatcher y Ronald Reagan), 2001 (los neoconservadores) y 2016 (Donald Trump).

El autor ordena y analiza de manera sistemática y rigurosa el impacto que han tenido estas revoluciones en un relato comprensible en el que se apoya no tan solo de filósofos, políticos y economistas, sino también de historiadores, cineastas y poetas. Discípulo predilecto de Javier Pradera, Estefanía (Madrid, 1951) ha dedicado dos años de trabajo exhaustivo en la elaboración de este libro que incorpora las reflexiones y vivencias de toda una vida de periodista comprometido en la consecución de una sociedad más libre y justa. El autor se confiesa "partícipe y testigo de una generación que amaneció a la madurez con la alegría revolucionaria de Mayo del 68 y que se jubila en pleno vigor de una revolución conservadora y de los populismos de extrema derecha".

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El salto pendiente de las empresas ‘sociales’

Manifestación del 8 de Marzo en Guadalajara.

A algunas personas les encanta pensar que un país se puede gobernar como un consejero delegado gestiona una empresa. Donald Trump, por ejemplo. El presidente de Estados Unidos ha planteado en infinidad de ocasiones que a la política le hace falta pragmatismo en lugar de ideología. En los tiempos neoliberales que corren, la supuesta falta de ideología se identifica con “el sentido común”.

Quienes cultivan la comparación entre gobernar y gestionar aluden a menudo a la necesidad de ser eficientes (léase lograr unas cuentas públicas saneadas) o a la accountability (rendir cuentas en las urnas como quien se presenta ante la junta general de accionistas, siempre que los principales dueños de la corporación no aplasten a los minoritarios, como suele suceder). Suelen obviar una misión fundamental del gobernante: cuidar del interés general, más allá del suyo propio. Si un gobierno no comprende que lo más importante es garantizar el bienestar de la comunidad, más vale que se marche.

Puesto que no van a cambiar la opinión, no está fuera de lugar recordar que no todas las empresas son iguales. Algunas empresas se rigen por principios y valores que tienen en cuenta lo común.

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Cooperativismo agrario, ¿grande o pequeño?

El debate sobre la economía social y cooperativa está más vivo que nunca en estos momentos en los que mejoran ciertas cifras macroeconómicas. Nos gustaría contribuir con algunas reflexiones desde el ámbito en el que desarrollamos nuestra actividad profesional e investigadora, el del sector agrario y alimentario y el de las políticas públicas con él relacionadas.

Partiremos del estudio titulado en inglés Support for Farmers’ Cooperatives (el apoyo a las cooperativas agrarias), realizado para la Comisión Europea en los años 2011 y 2012. En este estudio, se analiza la situación de las cooperativas agrarias en todos los Estados miembros de la Unión y se llega a unas conclusiones interesantes. Que sepamos, no hay otro estudio que analice y compare la situación de la economía social de cualquier otro sector productivo en todos los Estados miembros de la Unión, con una metodología armonizada y unas preguntas de investigación comunes. Creemos que algunas de sus conclusiones pueden ser útiles e interesantes también para otros sectores de la economía.

Una de ella es que los precios percibidos por los agricultores son mayores en las regiones en las que el cooperativismo es fuerte con respecto a las otras. En un contexto de cadena alimentaria desequilibrada, en el que el poder está en manos de la gran distribución, la organización en cooperativa es positiva para los agricultores asociados y también para los no miembros.

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La frontera que se tragó a tres periodistas

Acto de recuerdo en Quito a los tres periodistas asesinados.

Los cultivos de hoja de coca siempre estuvieron del otro lado de la frontera, en el lado colombiano. Allí también estaban los laboratorios de procesamiento de cocaína, la guerrilla, los paramilitares y todo aquello que no pertenecía a Ecuador.

Cada vez que los periodistas ecuatorianos cruzamos el límite fronterizo, algo que en algunos puntos era tan sencillo como atravesar un río, sin puestos de migración ni ninguna formalidad, se entendía que había cierto consentimiento del otro lado. Siempre nos acompañaba un lugareño que nos servía de guía y era también una persona de confianza del grupo que controlaba el territorio. Yo crucé para el otro lado en 2001, cuando se empezaban a sentir los efectos adversos de las fumigaciones aéreas que emprendió el Plan Colombia para erradicar los cultivos de coca. Portábamos unos pasaportes de paz que usaban algunas ONG en ese entonces, e íbamos a reunirnos con campesinos colombianos que sentían que el glifosato que les llovía del cielo también dañaba sus cultivos. Era una situación compleja, porque entre los cultivos lícitos estaban las plantaciones de coca que les dejaban más dinero. Sin vías de comunicación adecuadas para comunicarse con el resto de su país, para ellos era más fácil sacar hacia Ecuador un kilo de cocaína y venderlo al mejor postor. Así era la dinámica en la frontera. Y Ecuador dio la espalda a esa realidad.

El desaparecido equipo periodístico del diario El Comercio, integrado por el periodista Javier Ortega, el fotógrafo Paúl Rivas y el conductor Efraín Segarra, dio buena cuenta de esa realidad que se ha visto agravada desde finales de 2017 por el accionar de las bandas criminales formadas por los disidentes de las FARC: un grupo de entre 1.000 y 1.500 hombres que se negaron a dejar las armas tras la firma de los acuerdos de paz y que ahora disputan el control del territorio fronterizo y del narcotráfico, según la fundación colombiana Ideas para la Paz.

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Auditoría de género: ¿por qué interesa a los medios de comunicación?

Trabajadoras en una oficina

La igualdad de género tendría que ser uno de los principios editoriales básicos de los medios de comunicación. Y no solo para responder a una necesidad social, sino también para mejorar los productos informativos ofreciendo la diversidad y la pluralidad de nuestra sociedad. Las empresas de medios de comunicación deben saber que incorporar una perspectiva de género y feminista también revierte en una ampliación y diversidad de la audiencia y mejora su posición en un mercado competitivo que reclama nuevas formas y valores de comunicación.

Estamos hablando de hacer un periodismo y productos de comunicación que incorporen toda la realidad: la de los hombres, la de las mujeres y también la diversidad de sexual y de género. Ampliar esta visión en las estrategias de la empresa es un paso muy importante que aporta un valor añadido incalculable. Comunicar con perspectiva de género permite al medio ofrecer temas y mensajes innovadores y encontrar nuevas perspectivas gracias a superar, transformar y poner al descubierto las rutinas de trabajo y los mecanismos del sistema patriarcal que antepone el productivismo a las necesidades de las personas y a la sostenibilidad de la vida.

Una auditoría de género es la herramienta que permite analizar con esta perspectiva un medio de comunicación cualitativa y cuantitativamente con el objetivo de hacer un diagnóstico de la situación, detectar áreas de riesgo y hacer propuestas de mejora. Se analizan los contenidos, las dinámicas profesionales y la organización de la empresa. En el ámbito de organización, una auditoría de género sirve para evidenciar quién tiene según que cargos y roles. Y, lo más importante, si las mujeres tienen voz y voto en los contenidos y en el liderazgo de la empresa.

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