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Llegar a fin de mes reduce el consumo de pastillas

Una mujer sentada con dolor de cabeza

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Entre 2013 y 2020 en España aumentó un 53% el consumo de analgésicos opioides, de manera especial el fentanilo, que ya supone la mitad de las dosis, cuando, en principio, la EMA no lo autoriza para tratar el dolor crónico no oncológico. En 2021, con datos actualizados de la pandemia, las cifras continuaron al alza, y en este caso con un dato harto relevante: se vendieron un 45% más de antidepresivos que con respecto a 2010. Con todo, los antidepresivos siguen por detrás de los ansiolíticos, cuyo consumo también ha repuntado en pandemia. A la vez, el PSOE no deja de poner trabas a la regulación del cannabis, siquiera para uso terapéutico, cuando el propio Ministerio de Sanidad no deja de alertar del riesgo adictivo que sí tienen esos opiodes que hoy alcanzan ventas de récord. Por si hay dudas, las muertes por sobredosis en Estados Unidos se dispararon el año pasado un 30%, la mayor parte de ellas a causa del uso inapropiado de estos opiáceos. ¿Qué nos está pasando?

Para empezar, el desmantelamiento de la Sanidad Pública, que ha provocado que las unidades de dolor crónico se encuentren en vías de desaparición. Eso explica el asombroso aumento de las recetas de opioides. De hecho, cinco millones y medio de las personas que padecen dolores crónicos (el 62%) jamás han sido derivadas a estas unidades de los hospitales públicos.

Si nuestro sistema sanitario aún no nos trata como a simples clientes, en lo que respecta a la salud mental lo parece

En segundo lugar, aunque no menos importante, el propio concepto de “dolor”, o incluso el de “cuerpo”. Si entendemos el cuerpo como un mero caparazón, desligado de nuestro entorno y de nuestra psique, el dolor será siempre abordado como una avería localizada y fácilmente reparable mediante alguna solución farmacológica. De esto sabe mucho, precisamente, la Big Pharma. No en vano, detrás de la crisis de los opiáceos que vive Estados Unidos, con más de 200.000 muertos, se encuentra, en gran medida, la familia Sackler. Es la propietaria de la farmacéutica Purdue y su opiáceo sintético estrella, el muy adictivo Oxycontin. Del mismo modo, tenemos a Johnson & Johnson, que ya ha aceptado el pago de 230 millones de dólares al estado de Nueva York por su responsabilidad en esa crisis. En Europa no llegamos a semejantes extremos, pero el aumento en plena pandemia de las recetas nos indica que seguimos la misma senda.

En tercer lugar, y de nuevo el orden no es significativo, si nuestro sistema sanitario aún no nos trata como a simples clientes, en lo que respecta a la salud mental lo parece. Tenemos la pista concluyente en ese otro incremento de recetas: las de los ansiolíticos y antidepresivos, es decir, de nuevo la solución meramente farmacológica a un problema en tantas ocasiones de raigambre social (sociopolítico, socioeconómico, sociolaboral, etc.). Ayer, después de los años pandémicos, los feminismos volvieron a tomar las calles, y por si alguien no lo quiere ver: el patriarcado también incrementa el consumo de ansiolíticos y antidepresivos en las mujeres.

Es desolador que, cuando por fin se está abordando el problema, no encontremos apenas actuaciones concretas, ni presupuestos que lo acompañen. Después de una pandemia como la actual, con las terribles consecuencias que empezamos a padecer más allá de lo estrictamente sanitario, no debería resultar tan difícil entender que, en el fondo, este también es un problema de orden material. Lo diré de otra forma más gráfica: llegar a fin de mes reduce el consumo de pastillas. Por eso, en mi opinión, toda la retórica que a izquierda y derecha se repite contra medidas como la renta básica supone, también, un desprecio a la salud mental.

No faltan bibliografía ni iniciativas para profundizar en estas cuestiones que aquí yo solo puedo esbozar. En cualquier caso, espero que cada una de estas 630 palabras sean una píldora analgésica y ansiolítica sin necesidad de receta ni farmacia.

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