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¿Dónde está la moderación?

Imagen del debate electoral a cinco

Decir que se es moderado suena bien. Desde luego, mucho mejor que confesarse extremista irredento sin flexibilidad para considerar posiciones distintas. Figura en los manuales de la moderna politología: la moderación desde la firmeza de convicciones es una estrategia acertada porque permite situarse como sujeto aglutinador de los anhelos de concordia de la mayoría. Además, presupone templanza, sosiego, raciocinio, capacidad de diálogo e incluso sentido común. Cuando alguien se autocalifica como moderado se está colocando en un espacio amplio, alejado de la crispación y las alharacas. Pero una cosa es predicar y otra dar trigo. En la miscelánea de pactos que conforman la gobernabilidad española (estatal, autonómica y local) la moderación es más reclamo publicitario que realidad, porque los extremos han irrumpido en la gestión como aliados necesarios. Están dentro.

Naturalmente, no me refiero a una concepción histórica de los partidos llamados moderados, claramente de ideología conservadora, sino a un estilo político contemporáneo que en ocasiones ha adoptado tanto la izquierda como la derecha, y que confronta con la intemperancia y los excesos, con la polarización y las líneas rojas, con las dicotomías irreconciliables, con los conmigo o contra mí. Que busca la razón ponderada y no una sociedad dividida en bandos incompatibles, como si no hubiera más dialéctica que la binaria. Que renuncia a las proclamas infamantes cuyo último fin es manipular las emociones. Que practica la contención verbal y deja de echar leña al bolero febril de los sentimientos traicionados en el que se ha convertido el debate público.

Esta moderación, que es también un talante, no tendría una complicación mayor de la que por sí lleva implícita -que es grande- si no fuera porque los populismos que se dicen combatir son precisamente los compañeros de viaje que sostienen los gobiernos, como ocurre con la extrema derecha gritona de Vox en un puñado de autonomías (incluida la andaluza), o el desafío del independentismo incompatible con la idea de España, en el caso del Ejecutivo central. Por ahora lo que prima es el funambulismo de número circense (la necesidad obliga), si bien es verdad que al menos Pedro Sánchez ha dejado de apelar a la moderación, como hizo en sus dos últimas campañas electorales, y ha optado por términos parecidos que orbitan en torno al mismo concepto para trasmitir el mensaje de tranquilidad que le interesa. Más que nada para no soliviantar a los mercados, siempre tan sensibles, como hemos visto en Davos.

Otra modalidad es definirse como moderado a la vez que se declara la guerra preventiva y se va cavando la trinchera, colocando ordenadamente los sacos terreros y afinando puntería con el subfusil. Es el camino que parece haber elegido Moreno Bonilla, quien asegura que siente repelús hacia las "frases gruesas, las hipérboles y la sobreactuación", pero lo cierto es que no se resiste a la tentación de recurrir a las arengas que llaman a la movilización callejera contra Sánchez y hablan de "robo" y derechos "pisoteados". Vuelvo al principio. No se es moderado sólo por repetirlo frente al espejo cada mañana y explicarlo muy serio en las entrevistas, hay que demostrarlo en forma y fondo, atemperar con un lenguaje reposado y huir de los aspavientos. Si no, es una falsa moderación, es decir una cosa y hacer la contraria. Y quedarse tan fresco.

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22 de enero de 2020 - 20:20 h

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