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Es el petróleo, estúpidos
El ataque de Estados Unidos a Venezuela en su propio territorio y con secuestro incluido empieza a verse en su dimensión real. Partamos del principio de que toda dictadura, de izquierdas o derechas, atenta contra lo más sagrado del ser humano: la libertad. Y que los pueblos terminan pagando los excesos de estos regímenes, con pobreza, con tristeza. Ahora, más allá de intereses político-militares, se ha destapado el control de los recursos petroleros venezolanos por las empresas estadounidenses. “Es el petróleo, estúpidos”, parafraseando a James Carville en el famoso eslogan de la campaña electoral de Clinton de 1992. Y más allá de los beneficios económicos, corresponde hacer una interpretación realista del significado de este ataque.
En plena transición energética, esta política todavía bascula entre el modelo de la era industrial y el modelo de las renovables. Por el primero apuestan quienes pretenden mantener el consumo de combustibles fósiles haciendo uso de los avances tecnológicos para optimizar la prospección, perforación y producción de petróleo. El segundo aboga por una vía alternativa, defensora de una energía basada en recursos renovables, integrada en el medio, ubicua, y adaptada a sistemas de autogeneración y abastecimiento. En estos momentos las dos vías están claramente personificadas por Estados Unidos y la Unión Europea.
La geopolítica de la energía es, en realidad, una historia de conflictos liderada por las actuaciones militares de los Estados Unidos, con el apoyo o la connivencia de lideres europeos. No ha sido necesaria en esta ocasión ninguna foto en las Azores, porque Europa ya no cuenta para el nuevo gobierno americano. Sólo había que moverse hacia el sur atravesando el Caribe. Se ha desarrollado en su patio trasero, despreciando los principios básicos del derecho internacional. Y mostrando la debilidad extrema de la política exterior de la Unión Europea, no sólo porque se encuentra dividida, sino porque aparece rendida ante las declaraciones y las actuaciones del sátrapa de Trump. La fotografía de la división no ha sido necesaria esta vez, pero aparece ya en el negativo de la soledad de Kaja Kallas en su primera aparición pública. Sus declaraciones han sido planas y tibias y muestran el papel vergonzante y sumiso de la Unión Europea ante Estados Unidos.
Lo que está ahora en juego va más allá de este ataque o los que se anuncian sin escrúpulo alguno sobre Colombia, Irán y Groenlandia. Va más allá del control geopolítico internacional o del temor a una guerra mundial. Y es la realidad de un modelo energético que está modificando el clima del planeta. Desde la Convención Marco sobre Cambio Climático de Naciones Unidas de 1992 se debate y se logran algunos avances, no exentos de contradicciones, desigualdades y conflictos, en la apuesta por consolidar vías alternativas en política energética y económica. Si los estados europeos son firmes defensores de los acuerdos de la Convención, si están trabajando por reducir la dependencia de las importaciones de petróleo ruso, si han apostado por un sistema energético renovable, deben reconocer la inmediatez de dos decisiones: en qué medida necesitarán a los combustibles fósiles que provengan de los Estados Unidos, incluyendo aquéllos que vaya apropiándose en su espiral desenfrenada de control de recursos; y cuál será el grado de dependencia tecnología que mantendremos con China.
En las ciencias sociales, el principio de precaución modifica las acciones lesivas para el planeta, independientemente de que las implicaciones de esas lesiones no sean suficientemente conocidas o, incluso, cuando el coste de paliar los daños sea más barato que el de cambiar de rumbo
En ambos casos supone afrontar un nuevo orden mundial en el que habrá que reconfigurar las alianzas sostenidas tras la segunda gran guerra y atreverse a tender nuevos lazos en un contexto de incertidumbre y de inseguridad. Si no hay miedo, si lo que hay es prudencia ante la división de posturas por lo que conlleva el ataque a Venezuela, urge pensar en esa nueva deriva. Y hay que volver la mirada hacia el este, saltando sobre Rusia y sus patios traseros. Reflexionando sobre qué podemos aportar a los pragmatismos totalitarios de China, que empieza a reconocer las consecuencias climáticas de su modelo de desarrollo. Y mirar también al sur, llegando a acuerdos con los países que se incorporan a la senda del desarrollo para favorecer que éste no se haga a expensas de la depredación del medio natural. En definitiva, una nueva política de equilibrios complejos, pero necesaria. Una política que vuelva a otorgar a Europa un papel activo en la geopolítica mundial.
En las ciencias sociales, el principio de precaución modifica las acciones lesivas para el planeta, independientemente de que las implicaciones de esas lesiones no sean suficientemente conocidas o, incluso, cuando el coste de paliar los daños sea más barato que el de cambiar de rumbo. El principio de prevención adopta medidas para evitar daños ambientales y de salud pública, y se apoya en la capacidad de las ciencias para influir en las decisiones de las políticas económicas que combatan la degradación del planeta, acabando con ellas. Ambos principios ponen de manifiesto la reversibilidad de los procesos de degradación, la doble capacidad del ser humano para destruir y construir el medio en un tejido de alianzas tecnológicas, conocimiento y soporte social.
Estados Unidos y quienes defiendan una economía basada en los combustibles fósiles ganarán batallas, pero habrán perdido la guerra. Forjemos nuevas alianzas basadas en la igualdad, la necesidad de respetar el medio y de revertir el problema climático que hemos generado y que tiene un coste cada vez mayor. Y pensemos en un nuevo tiempo, apostemos de nuevo por una Europa protagonista de su futuro, de un futuro sostenible.
Mª José Prados. Catedrática de Geografía Humana. Universidad de Sevilla.
Jorge Olcina. Catedrático de Geografía Regional. Universidad de Alicante.
Sobre este blog
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