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Con el sudor de los de abajo

Imagen de archivo de un camarero atendiendo una terraza en Málaga.

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Este tuit de 240 caracteres referido a los diferenciales entre los sueldos de directivos y empleados en Mercadona e Inditex ha generado otra riada de tuits hasta llegar, incluso, a provocar la ofendida respuesta de Marcos de Quinto, exdirectivo de Coca-Cola; exdiputado de Ciudadanos, y rico. A excepción de los insultos, agradezco que se haya generado un enardecido debate. Twitter no da para mucho, pero puede encender mucho. De hecho, se puede convertir en un hervidero de odio y crispación a base de malentendidos o sobreentendidos. Por cierto, la frase final del tuit “con el sudor de los de abajo” está inspirada en la chirigota del Selu “con el sudor del d´enfrente (los ricos)” de 1993 (una ya tiene sus años). Este artículo tiene como objeto explicar, de forma breve, pero no tanto como en Twitter, los asuntos de debate nacional que subyacen al tuit en cuestión.

Creo que la mayoría estaremos de acuerdo con que la dirección de una empresa requiere mayor salario, pero ¿cuánto más alto en relación con el salario medio de la compañía? Y, desde el punto de vista social, ¿cuál es la diferencia asumible socialmente entre el salario más bajo y más alto de la empresa?. O ¿cuál debería ser la renta máxima de un país?

La verdad es que la reducción de las cada vez mayores diferencias salariales empresariales intracorporativas es una idea aceptada y extendida en la academia. Peter F. Drucker, padre del emprendimiento empresarial, afirmaba que cuando los salarios más altos son más de 20 veces mayores que los más bajos se mina la moral en la empresa y se genera resentimiento negativo. Asimismo, el Premio Nobel de Economía Jan Tinbergen sostenía que a partir de una brecha salarial de cinco a uno, la empresa y la sociedad en su conjunto se resienten. No me extenderé sobre la idea de renta máxima, pero sí diré que uno de sus defensores fue el nada sospechoso de socialcomunista Franklyn H. Roosevelt que propuso una tasa marginal impositiva del 100% para rentas mayores a 25.000 dólares anuales (375.000 dólares actuales). Como dice Sam Pizziati del Instituto de Estudios Políticos de Estados Unidos, una mínima decencia requiere una renta máxima.

En Suiza, la mayor diferencia entre los sueldos más altos y los más bajos en las grandes compañías suizas es abismal, pero ¿más alta que en España? No. La diferencia más importante en 2019 era de 1 a 308 y se daba en la farmacéutica Roche. Una diferencia menor que la española. Según explican Faleye, Reis y Venkateswaran (2013) en la Journal of Banking & Finance, las ratios entre ejecutivos y empleados dependen de la relación de poder entre los ejecutivos y los empleados ordinarios. Los altos directivos fijan sus propias remuneraciones e indemnizaciones, sin que la calidad de su gestión tenga nada que ver con sus ingresos. De forma que, a mayor diferencial de poder, mayor diferencia salarial. Esto explicaría que las empresas del IBEX35, según un reciente informe de Intermon Oxfam, acumulen una parte importante de la desigualdad intra-empresarial de nuestro país en términos de remuneraciones. Por ejemplo, el salario más alto de Inditex es 450 veces superior al salario medio de la empresa. Lo que significa en términos vitales que una persona con salario medio tendría que trabajar 450 años para ganar lo que ha ganado el que más gana en 1 año. Y no hay diferencia de productividad marginal del trabajo, ni de talento tangencial, que pueda explicar estas disparidades. Desde criterios éticos y para aportar valor a la sociedad, las empresas deberían informar sobre la ratio entre el salario del empleado mejor pagado, la media salarial y el peor remunerado. Esto es lo que se conoce como transparencia salarial. Sin embargo, Cullen y Perez-Truglia (2018) demuestran que tal transparencia puede provocar una reducción de la desigualdad horizontal y de la brecha salarial de género, pero no ocurre así con la desigualdad vertical.

En noviembre de 2020, en San Francisco (Estados Unidos, país originario de la Coca-Cola) se votó un grupo de nuevos impuestos dirigidos a los tramos superiores de la renta. Me quiero referir a la “tasa CEO”, que se aprobó con un aplastante 65% de los votos. Si un CEO gana 100 veces más que el empleado promedio, la compañía paga un 0,1% adicional sobre su impuesto de sociedades. Si gana 200, el recargo aumenta al 0.2%; 300 veces, 0,3% y así sucesivamente. A mayor desigualdad, mayor tasa. En el ejemplo que puse en mi tuit, las diferencias de ambas empresas superan con creces esas 100 veces más. En San Francisco, esto representará una recaudación de entre 60 y 140 millones de dólares al año, entre el 0.4% y el 1% del presupuesto anual. Esto convierte a San Francisco en la mayor ciudad de Estados Unidos en sacar adelante una idea defendida en los círculos políticos y académicos durante mucho tiempo, pero rara vez promulgada: un impuesto a la desigualdad corporativa.

Nuestro país, el cuarto más desigual de la Unión Europea, no debería asumir gratuitamente, ni naturalizar, desigualdades corporativas que alimentan la desigualdad extrema y favorecen actuaciones como las subcontratas empresariales que precarizan aún más. Es el momento de hablar de renta básica; de renta máxima y de proponer un impuesto a la desigualdad corporativa. Estoy segura de que las grandes compañías desean contribuir a un fondo de reconstrucción nacional. Como economista, me niego a normalizar que la mayoría siga sufriendo recortes sociales; a asumir que los pequeños negocios sufran lo indecible y a que nuestro diferencial en ingresos públicos sobre el PIB respecto a la Unión Europea aumente. Además, quien peor lo tendrá no será mi generación, sino las generaciones futuras, porque la deuda pública y ecológica que estamos acumulando se pagará con el sudor de los de abajo. Y los que hoy son más jóvenes sufrirán la peor parte. 

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Publicado el
8 de diciembre de 2020 - 20:37 h

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