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Sistema desequilibrado, momento Kairós

Con la economía global en pausa, cambiemos de rumbo hacia lo local y la salud planetaria

Un anuncio de ánimo en la fachada de un edificio.

Un anuncio de ánimo en la fachada de un edificio.

El tiempo Cronos y el tiempo Kairós. Acepciones griegas del tiempo lineal que avanza implacable, y del instante de oportunidad que altera el curso de la historia. En 2016 una buena parte de la población mundial clamaba desesperada contra un sistema que la expulsaba. Llegaron los Johnson, Trump, Bolsonaro y demás farsantes “anti-establishment” y aprovecharon la coyuntura. Cuatro años ha reinado el lado oscuro. En 2020, la pandemia global sin precedentes recientes del coronavirus nos brinda un segundo Kairós. Puede ser el último, dice la ciencia y la juventud. Pero será el nuestro. Vencerá la luz.

El COVID-19 ha conseguido lo que nadie en cuatro décadas: sacar al sistema económico globalizado de su estado de "equilibrio” perverso, inmutable supuestamente. Pinchar la burbuja en la que vivimos en Occidente de falsa sensación de seguridad. Acabar con la supremacía del individualismo, comprendiendo al fin que no sobrevivimos sin los demás, sin una comunidad de cuidados. Desechar la falsa creencia suicida de que la libertad individual no tiene límites y debe prevalecer por encima de todo. De que el dinero te salva. Un dinero cada vez más desconectado de la realidad física de un ecosistema vivo que agoniza de sobreexplotación y una sociedad que enferma de injusticia.

Sí, el virus y el obligado tiempo de reflexión de su cuarentena, han sacado a la luz los descomunales fallos estructurales de nuestro modelo de civilización y sociedad. Hemos observado cómo la contaminación, y las emisiones de CO2, disminuyen de forma brusca en China, en Europa y en las ciudades. Como la naturaleza enseguida recupera el terreno perdido, con jabalíes en el centro de Barcelona, delfines en los canales de Venecia, o cientos de monos en Bangkok. No, no era cuestión de una “mejor” tecnología, o mayor “eficiencia”, como nos venden los tecno-optimistas del “crecimiento verde”; el problema es la escala inhumana de la globalización, y el intento suicida de crecer indefinidamente los beneficios económicos cortoplacistas (e ilusorios) de unos pocos, a costa de la miseria de muchos y de la gran extinción (humanidad incluida).

El origen de la propia pandemia así lo corrobora: la aniquilación de ecosistemas por parte del “desarrollo” sin límites multiplica el riesgo de estas crisis sanitarias globales. Se trata por tanto de una cuestión de “Salud Planetaria”, disciplina emergente que pone sobre la mesa la interdependencia de todo. Mi salud depende de la tuya, la de la raza humana y la gran comunidad de la vida. Comprenderlo por fin debemos, si sobrevivir queremos.

La oportunidad de la incertidumbre

“Crisis”, en su segunda acepción china, es sinónimo de oportunidad. Nos lo dijeron también en 2008 con la crisis financiera, pero en aquella ocasión no la aprovechamos, lo hizo el gran capital y nos trajo más desigualdad y autoritarismo. Pero crisis conlleva mayor incertidumbre, más grados de libertad en un sistema que entra en transición dinámica y cambia de estado. He aquí la oportunidad. Como bien describe Rebecca Solnit: “el futuro tornó negro, negro por incierto que no por terrible, y eso fue lo mejor que nos podía pasar”.

Cuando las cosas “funcionan”, o así nos hacen crear con el brillo de la sociedad del consumo, o la aspiración inalcanzable para la gran mayoría de la clase media, nadie quiere cambiar nada. De hecho, el miedo a lo “desconocido” resulta un poderoso resorte para generar aversión al cambio, y arraigado está en la cultura popular: “¡Ay, virgencita, que me quede como estoy!” Sin embargo, cuando un virus elimina de repente todas las viles cortinas de humo, saca a la luz un corazón podrido de desigualdad, y magnifica la vulnerabilidad de millones de personas, entonces la capacidad de transformación profunda emerge de la masa crítica que comprende.

Emerge y reside en ofrecer una alternativa mejor dentro de una ventana temporal determinada, debiendo adelantarnos a los populistas demagogos que ya sueltan falacias peores. Es hora de unir los puntos para entender la raíz común de todos los problemas que nos asolan, y desde ella erigir lo nuevo, cambiar de dirección, dotarnos de sentido. Como el aire se aclaran las causas sistémicas de la múltiple crisis actual. Como el viento, raudos y decididos, debemos actuar. Conjuntamente.

Con límites y humildad

Existe otro asunto a considerar: los confines de nuestro conocimiento, nuestra ignorancia. Otra gran inspiración, Helena Norberg-Hodge, lo comentaba en su último libro (“El Futuro es Local”): la realidad es algo extremadamente vasto que los seres humanos pretendemos simplificar demasiado en ocasiones, reduciendo nuestras teorías al absurdo del mundo artificial que hemos creado y olvidando la complejidad del mundo natural en el que vivimos. Incertidumbre y prepotencia antropocénica en aumento que se palpan en los mercados bursátiles especulativos con todo el castillo de naipes de su incompleta modelización detrás.

O en la propia climatología, con los impactos climáticos presentes superando con creces a los peores escenarios planteados tiempo atrás: inundaciones, sequías, incendios, olas de calor, deshielos ... Y aún así, queremos saberlo todo: hiper-predecir para hiper-planificar y perpetuar nuestro modo de vida. Ante la locura infeliz e innecesaria de la hiper-vigilancia, hiper-consumismo e hiper-individualismo hacia la que se nos quiere encaminar con el 5G, las redes sociales omnipresentes, el “Big Data” o la publicidad super personalizada; hay alternativa y es el momento de impulsarla para volver a una normalidad mejor.

Se fundamenta en el principio de precaución (o sentido común), sobre el valor de la humildad: admitamos nuestra finitud, y en respuesta volvamos a lo cercano y el contacto directo. Centrémonos en lo local (escala humana), donde la complejidad es manejable y la vivencia transformadora; donde comprendemos el resultado de nuestras acciones y saboreamos los frutos de nuestro esfuerzo compartido.

La revolución del amor

Sí, como tú, lo estoy pasando mal aquí en la cueva de mi cuarentena. Pero ahora me acuerdo de las que realmente lo pasan mal; y en un intento empático repienso mi vida y estrategia. Echo de menos lo que realmente me llena: las personas y la naturaleza. Lo demás es accesorio. Somos seres sociales y seres vivos. Gracias al cielo, es también en el peor momento que tiramos de nuestro mejor invento: la solidaridad. Pertenecer a una comunidad, esa es mi identidad. Salir al balcón no con una bandera, sino con un aplauso a las compañeras de la sanidad pública que se desviven por nosotros. Hacer la compra para la vecina mayor.

Las redes de apoyo mutuo de cercanía, expresión de nuestra mejor valía. Con corresponsabilidad y confianza mutua saldremos de esta y construiremos lo nuevo. Porque yo me quedo en casa y confío en que tu hagas lo mismo. Porque los peques se quedan en casa para no infectar a los mayores. Y los mayores, cuando esto pase, saldrán a la calle con la juventud por el clima a reclamar su futuro. De solidaridad intergeneracional va el tema, o mejor aún, en palabras de Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez y muchas otras: de la Revolución del Amor, de la Alianza del Arcoiris. Porque estamos en esto juntas (“we are in this together”), dice Bernie. Lucha por alguien que no conoces, sugiere Alexandria. Eso sí es bello. El reto es planetario, que así sea la unión.

Con pan y techo, ejerceré mi derecho

Nos acordamos ahora también del famoso estado del bienestar, de servicios públicos esenciales como la sanidad y su indispensable universalidad y calidad para garantizar la salud de todas. Lo reflejaba como nadie Bernie en referencia a la pandemia actual pero con visión general: solo estamos tan protegidos como el menos protegido (“we’re only as safe as the least safe among us”). Aplica de nuevo la interdependencia: nada ni nadie es un elemento aislado, hecho magnificado por emergencias de salud pública como la actual, donde el virus pasa de una persona a otra si no se ponen y respetan medidas sociales.

Pero los derechos humanos no lo son si no se dan las condiciones para ejercerlos. El sistema sanitario no garantiza atención médica adecuada sin los medios requeridos. La privatización y los recortes matan, literalmente. Y el patrón se repite cambiando de tercio: el derecho a la vivienda no existe sin control del precio del alquiler. El derecho a una vida digna no lo es si el coste de la misma es inaccesible para millones, da igual lo que ponga en la Constitución. Los derechos sociales se levantan sobre derechos económicos. Las causas estructurales de tanta miseria artificialmente sostenida son profundas, y sólo paquetes integrales de medidas económicas que protejan y expandan lo común pueden revertir la tendencia.

A la sanidad, educación y vivienda debemos sumar, entre otras, la renta básica universal, que no es dinero gratis para vagos como se hace creer, es un plato de comida y un techo para ser persona y decidir libre del yugo financiero. Bernie lo ha propuesto en EE.UU. para hacer frente precisamente a los estragos sociales del coronavirus: 2.000 dólares mensuales (al final se han aprobado 1.200) por familia mientras dure el confinamiento, en conjunción con la moratoria de hipotecas y alquileres y otras ayudas a los peor parados. El progreso de un pueblo se define por el progreso de sus personas más vulnerables, la empatía de sus más privilegiadas y cómo trata al resto de especies. La equidad es el único camino a la paz de Gandhi.

Hay alternativa: es local y es mejor

Todo nos conduce a la economía: tanto causas como soluciones. Que esta reflexión colectiva sirva también para desterrar la falsa creencia (culturalmente insertada desde Thatcher y Reagan) de que no existen alternativas al sistema económico capitalista globalizado. Existen y nuestro deber es presentarlas a una ciudadanía hambrienta de pan, salud y propósito. La sostenibilidad ya no nos vale, vaciada por el “greenwashing”. La resiliencia sí, pero asusta su tecnicismo y fija sólo un objetivo.

Lo sencillo, efectivo y concreto, es lo local. Producir localmente es más ecológico y justo; por el transporte reducido, las técnicas más naturales y la eliminación de los oligopolios intermediarios. Consumir localmente genera trabajo y tejido social, pues son las pequeñas empresas y autónomos, perjudicadas como nadie por la pandemia y la globalización, las que más empleo crean, fijando población y alimentando los vínculos comunitarios. Son las que dan trabajo a tu hermano y a mi amiga; las que permiten que el barrio lo siga siendo y nos sonriamos cada día.

Compremos en las tiendas cercanas de toda la vida, o de nuevas emprendedoras, en vez de en Amazon o en Ikea. Pidamos alimentos de temporada, “kilómetro cero” y variedades tradicionales. Comer lo que da la tierra es salud, resiliencia y soberanía. Interesémonos genuinamente por las personas, procesos e historias tras el escaparate. Revitalizaremos así la conexión perdida con el lugar y su gente, e incentivaremos la diversidad, la responsabilidad y el buen hacer. Unámonos bajo alianzas de incidencia social y política, para expandir el mensaje y facilitar el cambio de modelo. Todas estas y otras muchas ideas e iniciativas se describen y entrelazan con detalle en el libro de Helena “El Futuro es Local”, que he tenido el placer de traducir y escribir el prólogo para contextualizar a nuestro país, y que espero os inspire como a mi. Saldremos de esta. En lo local está la llave ... y la felicidad.

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