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La cantaora Rocío Marquez tributa al mercadillo del Jueves: "No me quiero llevar toda la vida en guerra"

'Visto en el Jueves' es su nuevo disco: "En los festivales de flamenco me dicen siempre que soy de las modernitas, pero en el Primavera Sound o el Monkey Week me dicen que todo lo que hago es muy tradicional"

Rocío Márquez estrena mundialmente en el Festival de Praga "Firmamento"

EFE

Rocío Márquez acaba de sacar al mercado 'Visto en el Jueves', su nuevo disco. Además, la cantaora dará el 28 de marzo un concierto en el Teatro Maestranza de Sevilla. Hemos quedado para hablar de su disco, del concierto y lo que nos apetezca. ¿Dónde? En la calle Feria y un jueves, claro. El resto de la semana, esta calle es otra calle céntrica más: turistas en busca de lugares únicos para fotografiarlos furiosamente mientras soportan un dolor de rodillas, daño colateral del vuelo low cost, se cruzan con indígenas que miran el móvil mientras intentan sacar dinero del cajero y comprueban que el saldo es insuficiente. O sea, el perfecto resumen de la vida contemporánea: la maldición de la multitarea, el coleccionismo de supuestas experiencias, la precariedad y la inercia.

Pero los jueves todo cambia. El mercadillo conocido por ese nombre, el Jueves, es una anomalía, un anacronismo, un paraíso de peatones y escaparates horizontales en un mercadeo que no conoce las franquicias, la uniformidad ni las prisas. Vagabundeamos entre los puestos, igual que lo hizo ella para encontrar el repertorio de este disco. Esta hilazón aparentemente azarosa esconde una apuesta política. En estos tiempos agrios y difíciles (¿y cuáles no lo fueron?) se hace imprescindible recordar que la vida está en otra parte, lejos de la obligación y la prisa; cerca del placer y la lentitud. Esto puede sonar ligero (y lo es), pero no superficial: no hay nada más profundo y revolucionario que el placer. Y eso es lo que nos regala la cantaora en su último disco.  

Canciones para después de una guerra

Pero que nadie se engañe, este placer del hoy ha sido conquistado paso a paso. Desde que con doce años Rocío Márquez se dio cuenta que era absurdo teñirse de negro y ponerse lentillas para esconder su pelo y sus ojos reales hasta el estallido que supuso 'El Niño', hace cuatro años. Ese disco era un tributo a Pepe Marchena en el que se dio cuenta de que lo que le fascinaba del cantaor era su capacidad de innovación y “fue su ejemplo el que me hizo atreverme a mi propia ruptura”.

Antes, fue la guerra. Muchos esperaban que Rocío Márquez respetara una estética, que fuera lo que ellos querían. Pero, como siempre, las peores guerras son las civiles: “Era, sobre todo, una guerra conmigo misma, de valores, de criterios que yo había puesto en un altar un día y ahora los tenía que bajar. Y aquello dolía mucho”. Esa guerra ha ido en paralelo a la que ha vivido el flamenco en los últimos lustros: tradicionalismo contra ruptura, cánones contra libertad individual. Como en toda disyuntiva binaria, estamos ante una simplificación. La simplificación es un mapa que nos sirve para orientarnos, pero no debemos confundirlo con el territorio. Por eso, las etiquetas son relativas y dicen más de quien las pone que de quien las recibe. “En los festivales de flamenco me dicen siempre que soy de las modernitas, pero en el Primavera Sound o el Monkey Week me dicen que todo lo que hago es muy tradicional”.

Ahora su guerra civil ha terminado y la guerra en el flamenco está a punto de terminar. Las flamencas desobedientes son ahora “quienes tiene posibilidad de estar en los medios y, por tanto, quienes tienen más voz y generan dinero”. La artista es crítica con los discursos que ignora esa circunstancia: “en la guerra, tiene mucho sentido dividir” y que haya una parte que sea vanguardia, fuerza de choque “pero yo no me quiero llevar toda la vida en guerra ni conmigo ni con los demás”.

Por eso, es capaz de ver el miedo de los otros: “La afición era quien consumía y, por tanto, quien dictaba los parámetros. Y de repente se ha llegado a las masas con lo que jamás ellos hubieran pensado”, con lo que directamente descalifican. O sea, que la afición ha descubierto que no son ellos quienes dictan ya esos parámetros. “Yo los veo y me reconozco porque yo me he autocensurado mucho, he intentado cumplir con todas las expectativas de la tradición y cuando veo a alguien así ahora, empatizo y me dan ganas de abrazarlo. Se pasa tan mal”.

Abuelos y conceptos

Por detrás, sigue latiendo el inconformismo, el empeño en no acomodarse en ninguna parte, en seguir en movimiento y sin plegarse a las modas. Antes, la oposición tan fuerte del entorno era como una prueba, “si seguías adelante con tu empeño era porque en él había algo inevitable”. En el fondo, se trata de “la coherencia entre lo que sientes y lo que piensas con lo que haces en el escenario. Y es importante conectar con esa necesidad, porque si no caemos en lo mismo que criticábamos a los que hacían una reproducción simple de lo tradicional y nos dedicamos a hacer una reproducción simple de lo alternativo”.

Rocío Márquez se refiere a la inevitable copia de lo que triunfa. Antes, en el flamenco, había que tener un abuelo gitano y ahora hay que tener un concepto. Y ni antes había tantos abuelos ni ahora tantos conceptos. Los conceptos son fruto del latir y el discurrir, son coherencia e intuición. Por eso, Rocío Márquez tiene cada vez menos necesidad de definir y diluye las fronteras como se diluye el azúcar en la infusión que acabamos de pedir. El guitarrista extremeño Canito ha sido el perfecto cómplice para relativizar los límites entre canción y cante hasta hacerlos desaparecer, porque su guitarra empuja a Rocío Márquez hacia el goce y la alegría. Cano y su música libre y desprejuiciada puede que sean un descubrimiento para algunos, otros lo seguimos hace mucho y no nos sorprende esa fusión de ambos en este catálogo de placeres que es 'Visto en el Jueves'.

Veo a Rocío Márquez alejarse por la calle Feria, me sumerjo en el caos de los puestos y respiro el paraíso de ineficacia y remoloneo del Jueves. Mañana volverán la multitarea, el coleccionismo de experiencias, la inercia y la precariedad. Me acuerdo de una anécdota que me contó mi padre hace años. El hijo de una familia adinerada de la ciudad era conducido a un prostíbulo todos los jueves. Cuando la gente le preguntaba al chaval “qué día es hoy” éste siempre respondía que jueves. Ya sé que esta anécdota es un jardín con muchas ramas que podar. Pero déjenme no hablar ahora de abolicionismo, de clases sociales, de opresión. Déjenme meterme en la piel de ese muchacho y preguntarme y preguntaros por qué hay que elegir, por qué no quedarnos a vivir en el remoloneo y el placer, por qué no todos los días pueden ser el Jueves.

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