La última crónica de Sofía Blasco a bordo del Mexique, el buque que llevó a 2.000 republicanos españoles a México en 1939

El barco 'Mexique' que salió de Burdeos con destino a Veracruz en julio de 1939 con más de 2.000 exiliados republicanos a bordo

Candela Canales


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Quince días duró la travesía del buque Mexique, que salió de Burdeos el 13 de julio de 1939 con unos dos mil republicanos españoles a bordo y con destino a Veracruz. Sofía Blasco Paniagua formaba parte de ese pasaje tan particular, formado por diputados, alcaldes, sindicalistas, maestros, médicos, artistas o periodistas como ella, que relata su experiencia en la Guerra Civil y durante la travesía que los llevó hacia un nuevo comienzo.

Muy influida por su padre, el escritor, periodista, poeta y dramaturgo aragonés Eusebio Blasco Soler, desde muy joven Sofía Blasco Paniagua se dedicó a las letras y escribió varias obras de teatro que llegó a representar, como actriz. Dirigió el semanario ilustrado 'La revista azul' y trabajó como periodista en diferentes medios usando el seudónimo de “Libertad Castilla”. Comprometida con la causa republicana, durante la Guerra Civil acudió al frente de Somosierra (Madrid) para suministrar comida y ropa de abrigo a los combatientes, siendo conocida como “Madrecita” por su entrega y altruismo.

Al finalizar la guerra, se embarca camino del exilio con su hijo Jaime Muñoz de Baena. Fernando Olmeda rescata en 'Mexique. La última crónica de Sofía Blasco' su figura y, a través de ella, reconstruye el Madrid cultural de los años 20 y 30, la tragedia de la guerra y el destino de los exiliados que iniciaron una nueva vida en México, país del que muchos, como Sofía, no regresaron.

Durante los 15 días que duró la travesía, Sofía Blasco llevo a cabo una serie de crónicas diarias, en las que reflejaba el ambiente del barco y las conversaciones que en él se tenían. Un barco en el que, “a pesar del malestar físico” propio de los primeros días de navegación, “nos sentimos seguros”, escribía Sofía el 14 de julio.

La creación de un periódico diario entre los periodistas y escritores que formaban parte del viaje, las conversaciones sobre lo vivido en la guerra y las veladas al son de la música propia de diferentes regiones de España acompañaron al Mexique durante su viaje. Incluso hubo algún nacimiento a bordo, menores que llegaron al mundo poco antes de que sus padres pisaran tierras mexicanas.

“En el Mexique viajamos unas 500 hembras y más de mil varones. Hay, sobre todo, personas solas, la mayoría hombres y parejas con uno o dos hijos. Las excepciones son una familia de 12 miembros y otra de 10. Los catalanes y madrileños son mayoría, aunque también hay muchos aragoneses y asturianos. Como nota curiosa, hay un puñado de pasajeros cubanos, franceses, mexicanos y de alguna otra nacionalidad”, explicaba Sofía Blasco en su cuarto día navegando.

Unos 400 menores de 15 años también viajaban rumbo a México, “los más pequeños no cesan de correr por los pasillos y trastean en la sala infantil con los pocos juguetes que sus padres han podido rescatar. Mientras, los adultos curiosean por cubierta, escudriñan cada rincón para familiarizarse con el espacio o tratan de localizar algún amigo o conocido”.

Algunos de ellos se habían conocido en los campos de concentración en los que estuvieron antes de embarcar. Argelès-sur-mer, Saint-Cyprien, Le Bacarés, Bram, Septfonds, Agde o Gurs, entre otros. “Es extraño escuchar los nombres de estos infiernos en boca de quienes hace unas semanas corrían peligro de muerte y ahora duermen en lechos limpios y aceptablemente cómodos. Ha sido sobrecogedor para todos escuchar a los refugiados que han visto de cerca el rostro marmóleo de la muerte en Argelès-sur-Mer (...) Y no saber. No saber nada. No tener noticias de nadie. Supone que al otro lado de las alambradas tampoco se tienen noticias del padecimiento de aquella famélica muchedumbre, españoles abandonados en un estercolero repleto de inmundicias”, relataba Sofía el 16 de julio.

El Mexique, el barco de los aragoneses

Aragón está muy presente en el libro y en la vida de Sofía Blasco, “aunque había nacido en Biarritz y murió en México, se sintió siempre de sangre aragonesa”, cuenta Olmeda, quien asegura que esto “imprime carácter a Sofía Blasco, siendo de una cierta burguesía conservadora siempre llevó a gala el hecho de ser aragonesa”, razón por la cual el autor decidió mirar con especial interés al resto de aragoneses que formaban parte del pasaje del Mexique. “En los diarios de a bordo se demuestra que la atmósfera del barco estuvo muy impregnada por los 140 exiliados aragoneses que formaban parte del pasaje”.

“Los maestros aragoneses, como Domingo Tirado o Santiago Hernández, desempeñaron un papel muy destacado durante la travesía, ya que impartieron charlas sobre México para que los compatriotas conocieran mejor el país que iba a acogerles”, señala Olmeda; “también la jota estuvo muy presente durante los recitales de canto y las veladas líricas que se organizaban por las noches”.

El 18 de julio, en una de estas veladas, Sofía Blasco recordaba a su padre: “Profesaba un gran cariño a su tierra. Dicen que era un cuentista de categoría, con toda la gracia y el salero que precisan los chistes aragoneses. Tenía un amplio repertorio de chispeantes anécdotas, dichos de andar por casa y pensamientos profundos que adjudicaba a honorables baturros de Zaragoza, Huesca y Teruel. Porque los maños (incluidos los aldeanos poco instruidos) siempre han sido hombres de buen sentido y sana filosofía, y eso ha marcado con singular impronta su carácter y modo de ser. Decir Aragón es decir jota, un cantar a veces brioso y a veces sentimental que enardece y emociona. Los aragoneses del Mexique han cantado a su tierra y, con la emoción a flor de piel, nos hemos ido a dormir con algo parecido a una minúscula brizna de felicidad”, escribía la noche del sexto día de travesía.  

Nostalgia y esperanza

Utilizando los recursos de la narración autobiográfica y la crónica periodística, Fernando Olmeda recupera los nombres y las voces de diputados, alcaldes, sindicalistas, maestros, médicos, artistas y otros pasajeros olvidados por la historia oficial, que relatan su experiencia en la Guerra Civil y describen su estado de ánimo durante el viaje, entre la obligación de iniciar una nueva vida al otro lado del Atlántico y el anhelo de regresar a la patria que han dejado atrás.

El viaje de estos exiliados estaba marcado por la nostalgia del país que dejaban y las expectativas e incertidumbre de un mundo nuevo que se abría ante ellos en México. “Es un viaje de nostalgia y esperanza bajo el signo de la unidad. Aunque tuvieran diferentes ideologías: comunistas, socialistas, anarquistas, republicanos o nacionalistas vascos, al final estaba el signo de la unidad que significaba el proyecto de la República y creo que también es interesante trasladarlo para este momento que vivimos”, expone el autor.

Olmeda pretende con esta historia rescatar la figura de Sofía Blasco, al mismo tiempo que los nombres y las trayectorias vitales de muchas personas que defendieron la República y que se exiliaron por ello. Además de mostrar que tuvieron una vida y “que no es justo que sean olvidados por la historia”.

Para ello, ha realizado un extenso proceso de documentación, sobre la travesía del Mexique y sobre las vidas de las personas que iban a bordo del mismo. Todos los datos que se cuentan sobre la protagonista y sobre el resto de personas que aparecen en el libro son reales, obtenidos de la Fundación Pablo Iglesias (que también lo edita) y del Ateneo Español de México y están contrastados, aunque hay partes que están noveladas, “de tal manera que ni es un libro periodístico ni una novela. Es un ejercicio bastante interesante en el que hay una persona real, Sofía Blasco, que cuenta su vida y sus crónicas como periodista a bordo del barco, que también son reales”. 

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