Ucrania paga el precio de la ineptitud de su Gobierno
No hay nada peor que aparentar dureza cuando no se está en condiciones de convertir las amenazas en hechos. Tampoco es muy alentador que un nuevo Gobierno que sabe que su legitimidad es cuestionada en una parte importante del país crea que esos problemas se solucionarán con el simple paso del tiempo. Ambas cosas están sucediendo en estos momentos en Ucrania.
El Gobierno ucraniano anunció un ultimátum que se cumplía a primera hora del lunes para obligar a las milicias prorrusas, sean cuales sean sus integrantes, a que pusieran fin a la ocupación de edificios oficiales en el este del país. Nada ocurrió cuando se cumplió la hora. Bueno, eso no es del todo cierto. Lo que sucedió es que las ocupaciones y los incidentes violentos continuaron hasta alcanzar a una decena de ciudades.
Del presidente ucraniano Turchínov, hemos escuchado el lunes dos actuaciones. Una de ellas es especialmente ridícula: pedir que “se lleve a cabo una operación antiterrorista conjunta” con fuerzas de la ONU en el este. Tal iniciativa requeriría la aprobación del Consejo de Seguridad, en el que Rusia tiene poder de veto. Y además de inviable, es absurda. La ONU no puede solucionar los conflictos que son responsabilidad del Gobierno ucraniano.
La otra iniciativa es firmar un decreto que permite a las fuerzas de seguridad intervenir por la fuerza. Es algo parecido al ultimátum del fin de semana. Cualquier amenaza que no se cumpla, con o sin decretos, es contraproducente. Ahora es lógico pensar que el Gobierno no consigue que el Ejército o la Policía cumplan sus órdenes (en el caso de que las haya dado).
Aunque ha habido incidentes violentos, el problema es más político que militar. Tras llegar al poder, las nuevas autoridades de Kiev abandonaron toda aspiración de extender su influencia en la zona este y sur. Ni el presidente ni el primer ministro se dignaron a aparecer por allí. Excepto algunas palabras en una rueda de prensa, prefirieron no pronunciar un discurso en ruso en reconocimiento de la realidad bilingüe de esas zonas. Aceptaron que la primera decisión del Parlamento de anular las leyes que garantizan la cooficialidad del ruso en esas regiones había sido un error, pero no dieron pasos para convertir esas palabras en hechos.
Nombraron gobernadores de algunas de esas regiones a oligarcas del este cuya fortuna procede de la base industrial existente en esas zonas. Da la impresión de que pensaban que llegando a un acuerdo con Rinat Akhmetov, el hombre más rico del país, conseguirían neutralizar cualquier amenaza secesionista.
La presencia del Estado en una región tiene que medirse con algo más que la aquiescencia de un multimillonario. La consecuencia de esta negligencia política ha hecho que el Estado casi haya desaparecido de esas regiones del este. Además, recuperar ahora esa presencia por la fuerza sólo contribuirá a restarle aún más legitimidad.
Foto: milicianos prorrusos montan guardia ante un edificio oficial en la ciudad de Lugansk.
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En esta competición de estupidez, Washington también tiene méritos que hay que reconocer. La agencia Interfax informó este fin de semana que el director de la CIA, John Brennan, había viajado en secreto a Kiev bajo nombre supuesto. ¿Desinformación rusa? En absoluto. La Casa Blanca lo ha confirmado el lunes. Su explicación: forma parte de los contactos habituales con servicios de inteligencia de otros países. Claro, claro, claro.
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