No les llames fondos buitre
El fascismo llegará de nuevo con traje y corbata, nos advirtió George Orwell hace décadas, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando parecía que el horror vivido en los campos de concentración y la limpieza étnica nazi no se volvería a repetir. Pero la memoria colectiva es muy líquida, casi gaseosa, y los nuevos y poderosos oligarcas que están detrás del tecnofascismo actual aprendieron de sus maestros, y han sabido adaptar su discurso a los nuevos tiempos de demolición democrática a través de la estulticia de las redes sociales y la IA.
El lenguaje y su manipulación fueron herramientas imprescindibles para que los nazis alcanzaran el poder. Para entender esa época, y la actual por extensión, es imprescindible leer La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo (Editorial Minúscula), de Victor Klemperer, publicado por primera vez en 1947. A pesar de las penurias y la segregación que sufrió por su condición de judío, logró salvar la vida gracias a que estaba casado con una mujer aria. Desde 1933, Kemplerer empezó a analizar el lenguaje nazi como un entomólogo, y descubrió cómo, a través de la manipulación de la lengua y del discurso, los nazis lograron también manipular la mente de millones de alemanes. “Cuando, para los judíos creyentes, un utensilio de cocina se ha vuelto impuro, desde la perspectiva del culto, lo purifican enterrándolo. Muchas palabras del habla nazi deberían ser enterradas por mucho tiempo –algunas para siempre– en una fosa común”, recomendaba Klemperer. Pero lo triste es que no solo no hemos enterrado ese tipo de palabras, sino que las hemos desempolvado y les hemos sacado brillo: prioridad nacional, menas, migrantes-delincuencia, campos de internamiento, avalancha, invasión, reemplazo racial, ICE…
Aunque a una gran parte de la población le parezca que exagero, y hasta una comparación desafortunada, lo cierto es que también los animales que nos llevamos al plato (y no solo ellos, también con los que experimentamos) “viven” en campos de concentración y acaban masacrados en los mataderos, como aseguró en su día el escritor judío Isaac Bashevis Singer y nos ha recordado muchas veces Elisabeth Costello (John Coetzee). Por consiguiente, cabe pensar que existe también un lenguaje que ha propiciado la legitimación de un crimen masivo contra los animales no humanos. Se trata de un lenguaje especista, anterior al capitalismo, aunque luego este lo incorpora a la “lógica” de la explotación y el extractivismo.
Lo analizan con gran rigor quienes participan en el volumen colectivo Especismo y lenguaje (Plaza y Valdés), coordinado por las profesoras Catia Faria y Núria Almiron. “El lenguaje especista consiste en el uso de la terminología que tiende a degradar, ignorar o estereotipar a animales de determinadas especies, reflejando la creencia, a menudo inconsistente, de que unos son inferiores a otros, por lo que estaría justificado tratarlos peor”. Este lenguaje responde a una ideología, que se solapa con la de otros supremacismos (el patriarcado o el racismo, el edadismo o la gordofobia, entre otros) que “dan forma, refuerzan y justifican la dominación y marginalización de los demás animales”, sostienen las autoras.
En este supremacismo especista participan no solo los sectores reaccionarios de la sociedad, sino también una buena parte del sector más progresista, como hemos podido comprobar estos días con el vergonzoso desahucio a Maricarmen y las esperadas y necesarias movilizaciones ciudadanas. Desde hace tiempo se ha impuesto la expresión “fondos buitre” para denominar a las corporaciones desalmadas que compran viviendas al por mayor, favorecidas por la inacción o el aplauso de quienes gobiernan, para expulsar luego a un inquilinato que no puede pagar unas cuotas desorbitadas, y que nos están privando del derecho básico a una vivienda.
Se les podría llamar fondos especulativos, usureros, sicarios, incluso “asesinos”, pues en cierta forma son criminales sociales (han sido la causa de varios suicidios), aunque no te pongan una pistola por delante. ¿Por qué ligar a estos despiadados profesionales de la usura con el buitre, una de las aves más maravillosas que existen, con individuos que llegan a vivir casi cincuenta años y se van de Erasmus durante su juventud para ver mundo? No deberíamos confundir con quienes “limpian” los ecosistemas, como hacen los buitres, a quienes, como estas empresas, mandan a la basura del sistema capitalista a personas, humanas y no humanas, que les parecen inservibles.
A diferencia del mundo anglosajón, hay poca literatura en castellano sobre el tema, pero, como señalan Almiron y Faria en Especismo y lenguaje, o Florent Marcellesi en Una lengua sin maltrato (Icaria), el especismo contamina nuestra forma de referirnos a los demás animales o de utilizarlos para rebajar a las personas humanas. Este artículo no es el lugar para hacer un recuento del lenguaje especista, que recorre todo el espectro ideológico y los ámbitos de la vida, y que puede consultarse en los citados libros con alternativas más apropiadas, sino el de llamar la atención, una vez más, sobre la importancia que la lengua y su proyección tienen en nuestro imaginario colectivo. Como señala Almiron, los animales son el último eslabón de los marginados, “la clase trabajadora más oprimida” del capitalismo. Quienes se definen como izquierda, y más si es anticapitalista, deberían reflexionar y meditar sobre cómo sitúan en el lenguaje y su proyección a nuestros compañeros de viaje, en un sistema que los exprime y tritura con la complicidad de la mayoría.
Sobre este blog
El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.
Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).
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