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Altius, Salubrius, Melius (más alto, más sano, mejor)

Por Íñigo Jáuregui Ezquibela

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La montaña mágica (Der Zauberberg) –seguramente la mejor novela de Thomas Mann– es una obra monumental tanto por su ambición como por sus dimensiones. A lo largo de sus cerca de mil páginas, el lector se sumerge en la vida de su protagonista, Hans Castorp, y en la de los personajes que le acompañan durante los siete años que permanece internado en el sanatorio Berghof, una clínica suiza destinada al tratamiento de los enfermos de tuberculosis. Además de por su atmósfera crepuscular y un punto decadente, la trama también se caracteriza por reflejar pormenorizadamente la subcultura que domina la vida de los internos, el aislamiento, comunitarismo y promiscuidad que los distingue, así como las rutinas diarias a las que se someten los pacientes con el propósito de recuperar la salud. Su régimen incluye ejercicios aeróbicos, controles exhaustivos de temperatura, reposo, exposición continuada al aire libre, varios refrigerios y tres comidas diarias acompañadas por bebidas alcohólicas. Mann no escribe de oídas. Su testimonio es fruto de sus estancias en el Waldsanatorium de Davos (Suiza). La primera tuvo lugar durante tres semanas de la primavera de 1912 y la segunda en 1921, en fechas previas a la publicación de la novela (1924). Su paso por las instalaciones de este centro no es algo excepcional si consideramos que su esposa Katia padecía esta misma dolencia o que las clínicas de Davos acabaron por convertirse en uno de los principales destinos vacacionales para la burguesía europea.

La génesis de los sanatorios antituberculosos se remonta a los comienzos del siglo XIX. Su origen obedece a dos motivos. El primero tiene que ver con la difusión o la enorme incidencia de la tisis en esas fechas y con su elevada mortandad. Algunas fuentes señalan que, a comienzos de la centuria, el 25% de la población europea moría prematuramente a resultas de esa dolencia o que la tasa de fallecimientos en la costa atlántica de Norteamérica rondaba los 400 casos por 100.000 habitantes. El segundo, con la ausencia de tratamientos sanitarios eficaces para aliviar o sanar este mal porque todos los llevados a cabo hasta entonces (sangrías, purgas y dietas) habían arrojado pocos o nulos resultados. Sin embargo, los cambios no tardan en llegar cuando algunos médicos deciden cambiar de enfoque en el convencimiento de que la tuberculosis es, hasta cierto punto, el resultado de hábitos de vida que, a la larga, son perniciosos como la falta de higiene o la polución del agua, el aire y los alimentos. Tanto es así que ya a finales del siglo XVIII un grupo de galenos británico comienza a prescribir los paseos a caballo, los viajes por mar o la estancia prolongada en destinos señalados por su buena climatología.

El primer ejemplo documentado de la existencia de una institución específica para la atención de esta enfermedad data de 1791, lleva el nombre de Royal Bathing Infirmary for Scrofula y se edificó en Margate (Kent), en las costas inglesas del canal de la Mancha. Cinco décadas después, un doctor alemán llamado Hermann Brehmer (1826 – 1889) que ejercía su profesión en Göbersdorf, localidad que entonces formaba parte de Silesia, editó un breve ensayo que altera drásticamente el enfoque que hasta entonces había venido empleándose. Brehmer no solamente sugiere que la tuberculosis puede curarse, sino que asegura que es consecuencia de una circulación pulmonar deficiente y que, por consiguiente, la estancia prolongada en altura, en lugares elevados, tiene efectos beneficiosos porque la disminución de la presión atmosférica activa el metabolismo y facilita el trabajo pulmonar. El efecto más inmediato de este cambio de perspectiva es la inauguración en 1859, a instancias de su cuñada Maria von Colomb, del primer sanatorio en altura para atender a los enfermos de tisis. Este centro, caracterizado por su arquitectura neogótica, se construye a las afueras de Göbersdorf, actual Sokolowsko, en la región de los Sudetes orientales y a una altitud de 520 metros.

Su éxito inicial contribuyó enormemente a la proliferación, tanto en Europa como en EE.UU., de esta clase de instituciones hospitalarias. La siguiente iniciativa, fechada en 1868, corre a cargo de los doctores Alexander Spengler y W. J. Holsboer y cobra vida en Davos. En 1876, un tal Dettweiler elige los montes Taunus y la localidad de Falkenstein para crear su propio establecimiento. El fenómeno se expande con tal rapidez que los sanatorios en algunos países se contabilizan por centenares: 300 en Alemania (1899); 69 en Inglaterra y Gales (1906); 115 y 839 en EE.UU. (1904, 1953)… En España, el desarrollo no fue tan rápido ni abundante porque su número apenas rebasó el centenar. Su desarrollo corrió a cargo del Real Patronato Antituberculoso, fundado en 1908, y el Patronato Nacional Antituberculoso (1936). Su acción combinada se tradujo en la construcción, rehabilitación o readaptación de más de un centenar de instalaciones destinadas a tal fin. Algunas se establecieron a orillas del mar (Gorliz, Torremolinos, La Malvarrosa) y otras en localidades y parajes del interior (Leza, Agramonte, Sierra Espuña, Busot, Tarrasa, Alfaguara). La región más beneficiada por este tipo de iniciativas fue la zona central con 51 centros seguida por la este con 19. Tanto es así que la Comunidad de Madrid llegó a albergar un total de 18, algunos enclavados en las estribaciones de la Sierra Norte. Es el caso del Real Sanatorio de Guadarrama y de sus homólogos: Los Molinos, Santo Ángel de la Guarda, Tablada o Hispano-Americano.

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