Labores de aguja en La Palma

Bordando a la orilla de la carretera. Foto: Angelika   Reichers

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Realizadas normalmente a tiempo parcial, las labores artesanas se comparten en La Palma con las tareas propias de la casa o del campo. Son, por su propia esencia, procesos lentos, mimados, en los que no se tienen en cuenta las horas invertidas, sino la calidad del producto final.        

Los trabajos de aguja de las Islas gozaron desde el siglo xix de una muy buena acogida en los propios mercados insulares, en los peninsulares y en los extranjeros, convirtién­dose los puertos canarios en centros de exporta­ción de estas primorosas labores artesanas desde mediados del siglo. A este auge contribuyó, por una parte, la Ley de Puertos Francos (1852), permitiendo la entrada en las Islas de la materia prima necesaria (hilos y telas) sin trabas arancelarias; por otra, los bajos costes de produc­ción, derivados sobre todo de los salarios femeninos en las zonas rurales del interior, dependien­tes del precio que ponía a su trabajo el repartidor de telas y diseños.

El diputado conservador palmero Pedro Poggio Álvarez (1863-1929) en un discurso pronunciado en 1905 titulado En defensa de Canarias, al hablar de las producciones de las Islas y de los ingresos generados por ellas en libras esterlinas, decía: «Los calados bordado típico del país, que en el año 1896 importaron unas 380 libras, ascendieron más tarde a 11.432». Según la reseña de Poggio Álvarez, los calados ocupaban, en el año 1900, el cuarto lugar en venta y producción, después de plátanos, almendras y legumbres, entre las mercancías principales que se exportaban a Gran Bretaña. Suponemos que cuando Poggio y Álvarez habla de «calados bordado típico del país» se refiere a la generalidad de labores de aguja e hilo de las Islas.

Hoy en día, los bordados palmeros no sólo no duermen el dulce sueño de la nostalgia, sino que constituyen un apartado fundamental de la artesanía palmera, aplicados a la indumentaria tradicional, mantelerías, dotes, ornamentos sacros, ajuares... Tres son, entre los tradicionales, los tipos más frecuentes de los bordados de La Palma:

1 | Rechi­lieu —conocido popularmente en La Palma como rechi—, realizado generalmente sobre tela blanca o beige, se caracteriza por sus presillas, o festones, unidos entre sí por otras presillas en el aire que, una vez recortada la pieza, le proporcionan una elegancia inconfundible, propia de las cortes europeas del barroco.

2 | En realce se bordan motivos en relieve, con puntos derechos u oblicuos, perpendiculares a los puntos de relleno; se emplean en el bordado de flores, hojas e iniciales.

3 | El punto perdido, por su parte, se hace a base de puntadas superpuestas que producen, con la intensidad del color del hilo, diferentes matizados en motivos preferentemente florales.

El borde, como popularmente se conoce esta labor, ha significado en la Isla una importante fuente de ingresos para las familias más humildes durante décadas. En 1945, según señalaba Félix Poggio Lorenzo (1914-1971), más de veinte mil mujeres (de un total en la Isla de unos sesenta mil habitantes), se dedicaban a esta labor, aunque no puede decirse, ni mucho menos, que fueran bordadoras profesionales, porque del borde nunca se ha podido vivir exclusivamente. Todavía hoy, la mayoría de las mujeres palmeras saben bordar.

De todos los sectores artesanos palmeros, éste sigue siendo el mayor y el que más demanda genera. Esta industria familiar ocupó el establecimiento de empresas foráneas que se extendieron por toda la Isla, popularmente denominadas agencias de borde. Se trataba fundamentalmente de mujeres que recorrían el medio rural entregando las telas ya cisnadas y las madejas a las bordadoras para, más tarde, pagar por madejas bordadas y recoger la labor. Por el contrario, a principios y mediados del siglo xx, el pago se realizaba por ajuste establecido: una perra negra por un paño o un tostón por un camisón.

La perfección exigida de la labor se recordaba con un letrero estampado en la tela: «Diente de perro no se paga». Se advierte, así, que la empresa no admitía un mal bordado que, por supuesto, no se pagaba.        

Hasta hace pocos años, era usual encontrar en zonas rurales o urbanas mujeres bordando detrás de una ventana. También en el medio del campo a la sombra de un árbol, mientras cuidaba un rebaño de cabras, sosteniendo una almohadilla en la que brillaban los alfileres de sujeción y resguardando la parte ya bordada o por bordar dentro de un blanco costal de lino.

La identificación con estas labores en la familia llegó a ser tan marcada que muchas niñas palmeras, en tiempos económicamente difíciles, recibían como regalo de Reyes una almohadilla y una cajita de alfileres y agujas. Esto venía a significar un salto considerable en el estatus social: se abría de este modo una profesión y, además, una fuente de ingresos, y se dejaba atrás la niñez. 

Una vez terminada la labor se pasaba a las agencias para proceder a la limpieza, recortado, lavado y planchado de la pieza de rechi. La estampa entrañable de una tendedera cargada de manteles y paños, recién lavados, primorosamente bordados, revoleteaba por la agreste geografía de La Palma bajo el atento cuidado de la familia. Tanto podían hallarse sobre una azotea o una huerta sembrada -evitando la tierra-, como sobre un aljibe. La pieza quedaba preparada para la venta local o para la exportación, fundamentalmente a la Península y, en otros tiempos, a Cuba, Gran Bretaña y Estados Unidos.        

Merecen ser destacados los numerosos palmeros que se dedicaron a cisnar (esto es, a dibujar) manteles, paños y lencería. Eran auténticos artistas que supieron llevar a la tela los más ricos diseños inspirados en el Barroco y el Rococó o en el mundo clásico, el Renacimiento o el Modernismo. Debían conocer perfectamente las técnicas del bordado, ya que estampaban en la tela la guía de cada puntada de las bordadoras. Hoy en día, su legado patrimonial se calcula en miles de diseños. En la Escuela Insular de Artesanía de Villa de Mazo y en el Museo Municipal del Bordado de este mismo municipio, se guardan numerosos testimonios. La pátina del tiempo los envuelve. En la mayoría de los casos se desconoce a su artista dibujante y son objeto de estudio y inspiradores de nuevas interpretaciones o copias.        

Una vez realizado el dibujo (en papel muy fino), cada trazo del espacio que se bordaba había que perforarlo en diminutos y continuos agujeros, con una vieja y rudimentaria máquina manual; y, de aquí, al estampado sobre la tela. Para ello se espolvoreaba añil —sustancia tintórea que desaparece fácilmente en el lavado— sobre el papel. El polvo de añil se traspasa a la tela por los miles de agujeritos. Retirado el papel, aparece el llamado cisnado del borde.        

De viejo le viene a las palmeras la costumbre de enriquecer el ajuar doméstico e indumentaria con ricos y apreciados bordados. Ya a finales del siglo xvi, el viajero portugués Gaspar Frutuoso decía de las mujeres luso-palmeras que bordaban bien: «camisas, pespuntan jubones, bordan almohadas y hacen obras de red muy costosas».        

Fueron pasando los siglos y en el Ochocientos la guerra de Cuba frenó la producción de estas labores, tan preciadas en la isla caribeña, según recoge el periódico palmero El País, en un artículo titulado «La Bordadora» publicado en agosto de 1898, en el que se pone de manifiesto la necesidad de crear una asociación para proteger la industria del bordado, que daba mucho trabajo a las mujeres de la Isla y que se hallaba paralizada porque no podía exportarse a Cuba por causas de la guerra.        

Pasada la guerra, estas labores siguieron llegando a Cuba. Así lo confirma la escritora cubana Dulce María Loynaz (La Habana en 1902- 1997 y galardonada con el Premio Cervantes 1992) en su libro Un verano en Tenerife: «Recuerdo todavía aquellos cortes de vestido que, procedentes de Canarias, llevaban los buhoneros a las casas cuando yo era niña».

La escritora no se detiene únicamente en la memoria, sino que también describe y admira los trabajos de aguja de La Palma, piropeándolos en los siguientes términos:

“bordar se borda en todo el mundo, aunque en ningún lugar tal vez como en la isla de La Palma [...] ¡Qué finura de aguja en los relieves, qué igualdad de puntada en el contorno, qué realce en las hojas o en las flores, que parecen salirse de su trama!

Pañuelos tengo con cifras de laussí que, a menos que se observen con una lupa, nadie diría que están bordados, sino pintados; no es posible diferenciar un hilo de otro hilo, ni el hilo es hilo, sino antena de mariposas, hebra de telaraña”.

Incluso podríamos decir que no se entendería en La Palma una novia que no llevara en la dote sábanas y manteles bordados a mano, como tampoco un ajuar de recién nacido sin pañuelos y juego de cuna, encargados a bordar o elaborados en la propia casa familiar.

Por suerte para las tradiciones artesanas de la Isla, la aguja, con finos hilos, revolotea en certeras puntadas sobre la tela, mientras el dedil de cuero, como si fuera un escudo, protege el dedo de las posibles picadas de la aguja.

María Victoria Hernández, cronista oficial de la ciudad de Los Llanos de Aridane (2002), miembro de la Academia Canaria de la Lengua (2009) y de la Real Academia Canaria de Bellas Artes San Miguel Arcángel (2009)

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Publicado el
16 de octubre de 2020 - 11:46 h

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