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Federico de Arce: "La Guerra Civil la perdimos todos y estamos a punto de perder la transición democrática"

Federico de Arce, escritor. |

Federico de Arce (Cieza, Murcia, 1968) es licenciado en Filosofía y Letras y ejerce como profesor de Literatura en el Instituto Sefarad de Toledo. Vinculado por matrimonio con Cantabria, es el autor de un singularísimo libro 'Un mal español' (Mochuelo Libros, 2018), que este viernes 2 de agosto se presentará en Santander (La Vorágine, 19.00 horas). Singular porque es un ensayo sobre el ser español y su relación histórica con la violencia que adopta la forma de un largo poema. Y singular porque el libro es una edición artesanal. En 'Un mal español', De Arce se hermana en verso con el universo de Goya, de los ilustrados de artistas como Ramón Casas y Berlanga, buscando entender lo difícilmente comprensible.

Usted ha dicho que la poesía es la forma más elevada de conocimiento, dando cuenta de que está relacionada con la belleza, lo espiritual, lo sublime... Entonces, ¿por qué servirse de ella para hablar del carlismo, de Franco o de los políticos actuales?

Un poema no lo es por lo temas que trata. Puede usted escribir sobre el amor o la más hermosa de las flores y solo ser un cursi o un engolado. La poesía es un discurso irreductible, que solo atiende a sí misma. La poesía es un discurso que no vende. No vende porque no se vende a sí misma. Es irredenta y extraña. Extranjera. El poeta excava en su lengua como un topo y escribe siempre en una lengua extranjera. Es lo contrario de los nacionalismos o patriotismos. ¿Conoce usted la cita de Samuel Johnson? El nacionalismo es el último refugio de los canallas. Creo que tiene razón. Una ciudad la funda uno que viene de fuera. Un extranjero. Hasta que se hace nación, y parece que se ha fundado para odiar a los extranjeros. Amo demasiado a mi país para ser nacionalista, creo que dijo literalmente Albert Camus. Algo así le pasa al poeta. Es extranjero en su propia lengua, se desplaza sin saber muy bien a dónde va. Ese no saber sabiendo es la esencia del discurso poético, que no se fija nunca en dogmas ni en consignas ni en fórmulas. Y por eso digo que es la forma más alta de conocimiento.

En 'Un mal español' necesitaba una lengua nueva dentro de mi viejo román paladino para hilvanar textos -es decir, tejidos- que en principio, como usted ha dicho, no parecen de antemano poéticos. Como ocurría en las viejas tiradas de los juglares, donde todas la modalidades literarias de la época se mezclaban, la voz de 'Un mal español' entrevera pragmáticas y leyes con la crónica negra, con poemas y terribles testimonios, crítica de arte y ensayo, para que, si al final las palabras no hacen lo que no pueden hacer, el lector al menos cobre conciencia de ese fracaso que es la utopía a la que siempre debemos aspirar si habitamos poéticamente sobre la tierra.

'Un mal español' forma parte de la colección Écfrasis de Mochuelo Libros, basada en una escritura inspirada en ciertas obras de arte. El uso de los 'Desastres y Caprichos' de Goya en su libro parece natural...

Goya tomó partido por las víctimas. Mire usted los 'Desastres de la Guerra' y no podrá saber si los cuerpos salvajemente mutilados pertenecen a españoles o franceses. Lo mismo ocurrió en la Guerra del Rif, o en la Guerra Civil. Lo mismo ocurre en todas las guerras. Goya, como vio Susan Sontag, es el que mejor ilustra el dolor de los demás.

En España no se respeta a las víctimas, que antes que víctimas, son los que piensan distinto, los diferentes o los débiles: disidentes, discapacitados, homosexuales, mujeres, ancianos y niños, y, sobre todo, los extranjeros, y, en último caso, cualquiera que pasaba por allí cuando explotó una bomba. Quiero decir que todos podemos ser víctimas alguna vez. Pero en España no se respeta a las víctimas, sobre todo el Estado. Y no hace falta que haya una guerra o esté en medio la política. ¿Recuerda usted el accidente en Turquía del Yak-42 con militares españoles de grado a bordo?

En España tenemos un problema terrible con nuestras víctimas. Ni siquiera dejamos que los vivos entierren a sus muertos y cierren el duelo. Eso lo vivió Goya, y dijo "yo lo vi, y eso lo estoy viviendo yo" y, con toda mi reverencia a Goya, digo "yo lo veo".

En España, el mismo señor portavoz de un gobierno al tiempo que pedía respeto por las víctimas de ETA, insultaba a los hijos octogenarios y nonagenarios de las víctimas de la Guerra Civil porque quieren exhumar a sus muertos de las cunetas para despedirse de ellos al verlos por primera vez en muchos casos en sus huesos mondos. Y ese mismo señor, entre otros señores, insultaba a las víctimas de los atentados de Atocha al tiempo que se empecinaba en cargarle a ETA los muertos del terrorismo islámico.

Todas las víctimas son nuestras víctimas, pero tendemos a olvidarlo. Ese fue el mensaje de Goya, que yo suscribo. Y escribí el libro, con la complicidad de Mochuelo –Andrea y Tomás–, a sabiendas de que podíamos hacer algo hermoso con un material tan deleznable de antemano. Solo ellos podían editar un libro así.

Al leer 'Un mal español' se observa un extenso recorrido por la violencia en este país, signada por el cainismo. Pero, ¿cuánto de español tiene ese mal? ¿No se trata quizás de que la violencia escribe la historia de todos los países?

El mito es bíblico, o sea, universal, porque ya la Biblia heredó la vieja historia de los dos hermanos. Sin embargo, en España está tan enquistado que hace más de dos siglos que hablamos de dos Españas. Pero no creo que haya una España liberal y otra absolutista, otra carlista o independentista y otra españolista, o una España de izquierdas y otras de derechas. Hay una España, y unos españoles pagan ese viejo mito con impuestos y a veces con su vida. Y otros asesinan y se cobran la renta. A menudo, cambian de bando, y los que fueron carlistas, acaban fundando, por ejemplo, un partido nacionalista. Los ejemplos de nacionalismo español son igual de obscenos, y no hace falta citar los nombres de los primeros demócratas de derechas en nuestra transición.

En cualquier caso, la condena de la violencia es una constante en todos mis libros, y no es exclusiva de 'Un mal español'.

Su libro fue inspirado por la intención de Pedro Sánchez de sacar los restos de Franco del Valle de los Caídos, un símbolo de la dictadura. Sin embargo, sus ideas sobre la memoria histórica revisten una complejidad mayor que la presentada en los debates políticos. Entonces, ¿cómo definiría la memoria histórica? ¿Y qué considera prioritario para restituir la dignidad a las víctimas de la Guerra y de después?

En sus memorias dijo Manuel Azaña a propósito de los nacionalismos catalán y vasco: "Yo no he sido nunca lo que llaman nacionalista ni patriotero. Pero ante estas cosas me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco". Yo no. No tiene sentido, o es una indignidad de estado, en mi opinión exhumar a Franco sin haber desenterrado a la última de las víctimas de la Guerra Civil ultrajadas después de la muerte con un entierro indigno. Entre tanto, Franco estaba imperfectamente muerto en el Valle de los Caídos, y Machado muy vivo en la humilde tumba de su exilio en Colliure. Quizás al señor Pedro Sánchez no le vaya mal por el momento haber fracturado y enconado a la derecha española, pero no sé si en el futuro será bueno para los españoles. No lo sé. Si sé que Franco sigue en Cuelgamuros un año después, y que ahora está perfectamente vivo en el corazón confundido de muchos españoles.

En cuanto a la Ley de Memoria Histórica, me parece una ley con un nombre paradójico, por embustero, y que nunca tuvo presupuesto. Se trata de un oxímoron terrible entre un sustantivo, un complemento del nombre y un adjetivo. La memoria es individual, y ni siquiera la persona decide si recuerda u olvida. La memoria y el olvido en castellano suceden en el sujeto: me acuerdo o me olvido se conjugan en voz media porque la acción sucede en un sujeto que no la realiza. Si a su padre lo han matado los de un bando u otro, ni siquiera usted decide si recuerda u olvida.

Sí es cierto que para olvidar hay que haber recordado primero. Pero la memoria no es colectiva. Cierto es que la historia la escribe por un tiempo quien ha vencido. No lo conozco y no sé su edad, pero no hace falta que haya estudiado usted en escuela franquista para saber que en España no hemos sido capaces hasta ahora de narrar en nuestra democracia lo que ocurrió en la dictadura. Me refiero a la escuela o a la instrucción pública.

La memoria no puede ser colectiva porque es individual. Si a mis padres los mataron los republicanos, puede ser que yo los odie y no perdone. Y viceversa.

Sin embargo, la historia sí debe ser un relato en buena medida compartido. Ahora estamos en una democracia, y cualquier acto no solo que exalte, sino que no condene al dictador ya me está diciendo quién eres y de dónde vienes. Sin embargo, ya ve usted lo que está en parte ocurriendo: en virtud de nuestras leyes se puede procesar al hombre que se disfraza en carnaval de Virgen María, como si la Virgen fuera persona jurídica.

En fin, no puede haber una memoria histórica, y menos una ley que me induzca a recordar o a olvidar. Sí nos falta una Ley de Educación o de Instrucción Colectiva, y no hemos sido nunca ni muy ilustrados ni liberales para respetar al que piensa distinto.

Siendo un poeta muy avezado en la historia política y en la historia cultural de España, ¿cree que la izquierda ganó la batalla moral, a pesar de haber perdido la Guerra Civil? En ese sentido, hasta dónde nos vale la tendencia de separar a la sociedad en dos grandes masas que adscribirían a uno u otro 'bando ideológico'?

La Guerra Civil la perdimos todos. Incluso los que por entonces no habíamos nacido. Y estamos a punto de perder la transición democrática, que, como se ve, todavía no ha concluido. Ni la izquierda ni la derecha han ganado o perdido nunca nada. Victoria moral es una paradoja todavía peor que la de la memoria histórica. Suena a impotencia, frustración y resentimiento.

El problema de España es la falta de un pensamiento ilustrado y liberal. No me refiero, por supuesto, al económico, sino al que respeta las ideas del otro. En España todo está entreverado, y eso resulta muy difícil para la convivencia. El caso más evidente es la teocracia española, el poder de la Iglesia, por ejemplo, y cómo se liga a las ideologías de algunos partidos. No sé qué pinta un sacerdote en la escuela, pero eso hay que preguntárselo sobre todo a cierto partido constitucionalista de izquierdas. En el caso contrario, ocurre lo mismo: ser feminista, animalista, o desfilar el día del Orgullo no es patrimonio de partido alguno. Pero si desfilas y te abuchean, deberías preguntarte por qué, y ya sabe lo que pasa si en los toros te pones la minifalda. A la hora de ir a votar, estas cosas polarizan muchísimo a los españoles, y los políticos hacen mucha demagogia con esto. Y daño.

Sabemos que usted tiene ascendencia cántabra, y que su esposa es de que aquí. Y que, a su vez, usted nació en Murcia y vive en Toledo. Y que su literatura puede abrevar de fuentes artísticas nacidas en Cataluña o en las Alpujarras, celebrando la riqueza cultural... ¿Qué le genera ver la misma bandera en lugares tan distintos y hermanados al mismo tiempo? El debate sobre la unidad o desunión de España, ¿le parece necesario o es una evasión de los problemas acuciantes de nuestra sociedad?

No me molesta la bandera rojo y amarillo gualda. Tampoco la ikurriña, ni la senyera. Ni la republicana. Ni siquiera prefiero esta última. Detrás de los símbolos, lo real de España se nos escapa. ¿Qué es España? No lo sé. Si sé que hay realidades en la península que a los españoles nos unen más que nos separan. Creo que el problema es político, quiero decir, de nuestra clase política. En cualquier caso, la Constitución española emana del pueblo y no de un resplandor divino más allá de la ley. Se puede y se debe modificar para mejorar la convivencia. Y los pueblos deben poder decidir lo que quieran ser libremente, si republicanos o monárquicos, si catalanes o españoles. No veo que haya evasión en hablar de ello, al contrario. Se lo digo como español e internacionalista.

De otro lado, escribo en mi nombre y en el de mis heterónimos. Abraham Abravanel escribe midrash, y el poeta chino Hu Zi capítulos interiores. La voz de 'El Shaddai' es un libro de literatura hebrea escrito en castellano. 'Aguas arriba de mi madre' una epopeya china escrita en el mismo román paladino de Gonzalo de Berceo. Y sí, nací en Murcia, Fuensanta en Santander y nuestra hija Carmen en Toledo. En mi familia no somos de ningún sitio, y nos sentimos en casa cuando viajamos. Sobre todo en Portugal. Va a resultar que soy iberiquista, como Saramago.

¿Es usted un buen o un mal español?

Ni bueno ni malo. Soy español, en palabras de Cernuda, a la manera de aquellos que no pueden ser otra cosa. Soy español como Teresa de Jesús era española y Juan de la Cruz. A la manera de Fray Luis de León y Cervantes. Me siento español cuando leo a Machado. Soy español, como Lorca, Cernuda y Miguel Hernández fueron españoles. Soy español como Larra vivió y murió en español. Como todos nuestros ilustrados. Se da cuenta de lo larga que es nuestra cuerda de presos. Todos los españoles anteriormente citados sufrieron persecución por españoles, valga el doble sentido de la palabra españoles, el bueno y el malo. ¿Ha visitado usted el pabellón español de hombres ilustres en Madrid? Dígame a quién conoce entre los que están enterrados allí, aparte de algún militar.

Soy español, ni bueno ni malo, y no soy patriota. Pessoa dijo que la lengua portuguesa era su patria. Yo el español lo aprendí de mi madre. Soy español y matriota, disculpe este último neologismo.

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Publicado el
1 de agosto de 2019 - 17:51 h

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