Vanessa Cabuérniga, ingeniera forestal: “Si viéramos los beneficios económicos que nos reporta un bosque, cuántos ansiolíticos nos evitaríamos”
Vanessa Cabuérniga (Reinosa, 1982) se dio cuenta de que era una ingeniera forestal que tenía un fuerte vínculo con los montes, pero trabajaba “mucho en la mente”. Le faltaba algo. Y lo dice así: “Algo”. Su empleo implicaba planificar y gestionar los bosques y los recursos naturales de forma sostenible, incluyendo la repoblación de zonas verdes, la prevención de incendios, el control de plagas, entre otras cosas: “Me faltaba el corazón”. En 2015, empezó a ser más consciente del agotamiento de los recursos naturales al volver a Cantabria, después de trabajar varios años en una multinacional en Chile, donde cartografiaba el volumen de la madera extraída por las grandes empresas forestales. Pero para 2023, cuando ya llevaba años trabajando en educación ambiental, el vacío seguía presente, los proyectos de eólicos en el sur de Cantabria, le marcaron, admite esta ingeniera que regresó a su pueblo, Villaescusa (Campoo de Enmedio), donde sigue hoy.
Entonces, descubrió una metodología con la que trabaja en los municipios rurales de Cantabria: la Pedagogía del paisaje, con su proyecto 'Bosque Raíz' y en talleres que da en el sur de Cantabria con el nombre 'Habitar el Paisaje'. “Hemos creado una coraza ante los grandes problemas ambientales, como la pérdida de agua, los grandes incendios, que trae consigo una desesperanza, como una inacción, como una imposibilidad”.
¿Qué es la Pedagogía del paisaje?
La Pedagogía del paisaje es un sistema de enseñanza y aprendizaje orientado a activar el papel regenerador del ser humano en su entorno. Dado que el paisaje es subjetivo, el enfoque no es solo la intervención directa en el terreno, sino actuar sobre la mirada de las personas para que sean ellas quienes lo cuiden. Se basa en tres dimensiones fundamentales: la interioridad por medio del sentir, la comunidad mediante la escucha y el entorno a través de la regeneración. Esta visión busca que la mente esté al servicio del corazón para superar la inacción y las perspectivas puramente utilitarias del territorio. El método incluye fases como honrar el dolor por la degradación de la tierra para poder ver con ojos nuevos y comprometerse con acciones concretas basadas en una esperanza activa
¿Cómo sería esa mirada apreciativa del paisaje?
La pedagogía del paisaje se fundamenta en tres dimensiones: la interioridad, que se explora a través del sentir; la comunidad, que se construye mediante la escucha; y el entorno, que se aborda a través de la regeneración. La visión regenerativa surge cuando se logra integrar estas tres esferas: la relación con uno mismo, con los demás y con el territorio. Esta metodología, desarrollada por la Fundación Paisaje, nació de la observación directa con agricultores y ganaderos, donde se percibió que el desafío principal no era solo técnico, sino la dificultad de cambiar la mirada. Aunque existen métodos para implementar una agricultura más regenerativa que proteja el suelo y el agua —pilares fundamentales del paisaje—, el cambio real ocurre al transformar la manera de sentir y transmitir ese vínculo con la tierra. Por ello, la red de educadores en paisaje incluye perfiles diversos como arquitectos, ingenieros, agricultores y profesores, reconociendo que todos, de forma directa o indirecta, tienen un papel en la construcción y cuidado del paisaje.
Entonces, ¿cómo se aplica con la gente que reside en el campo?
Con agricultores directamente no he tenido un trabajo directo, pues este proyecto se basa más en población general y toca todos los ámbitos porque está abierto. La manera en la que se trabaja es volver a crear momentos significativos en la naturaleza y volver a reconectar con el sentir. Como ingeniera forestal, me di cuenta de que estaba mucho en la mente y me faltaba el corazón; por eso, la mente tiene que estar al servicio del corazón. Si ponemos la mente a dirigir nos encontramos en escenarios caóticos y capitalistas, siguiendo un sistema donde los recursos finitos de la Tierra se agotan cada vez antes, llegando al límite del consumo anual quizás en junio. Esta metodología trata de validar el sentir porque hemos creado una coraza ante problemáticas ambientales gigantes que parecen escaparse a nuestra acción, como la pérdida de agua, los grandes incendios o el cambio climático. Todo esto trae consigo una desesperanza o inacción que hace sentir muy chiquitito al ser humano, dividiendo a la sociedad en tres caminos: esperar una solución en nombre del progreso, creer que ya nada tiene arreglo o seguir desde la frustración sabiendo que nada cambiará. Dentro de este discurso, trabajo mucho con la ecología profunda.
¿Qué es la ecología profunda?
La ecología profunda es un término que se acuñó en los años 80 por un filósofo del norte de Europa que trataba de volver a hacernos conscientes de que formamos parte de la naturaleza y no estamos separadas de ella. A partir de ahí, Joana Mey desarrolló la metodología del trabajo que reconecta, buscando ese vínculo con el paisaje porque, aunque ya se conocían las problemáticas, nadie hacía nada; siempre estábamos en la mente con datos, justificándonos en que alguien lo arreglaría o en el progreso económico. Ella trajo el concepto de la esperanza activa para poder cambiar y ser un agente regenerador del entorno, siendo primero un agente regenerador de la propia mirada. Este trabajo tiene cuatro fases e incluye algo que me faltaba en la educación ambiental tradicional, que era muy mental: la conexión con el sentir. La metodología introduce el concepto de honrar el dolor por el mundo. Primero agradecemos y después honramos ese dolor, permitiéndonos sentir la rabia o la tristeza que solemos bloquear ante la pérdida de un paisaje de referencia o la tala de un árbol vinculado a nosotros. Al reconocer ese dolor desbloqueamos también el amor y pasamos a la fase de ver con ojos nuevos. Desde ahí somos capaces de mostrar una mirada apreciativa, ver el potencial de regeneración, la belleza en las cosas pequeñas y la importancia de cuidar la casa de todos. Finalmente, con esa nueva visión, nos ponemos en marcha.
¿Cómo?
Es la parte que te lleva a la regeneración, con esa esperanza activa y habiendo reconocido el dolor. Hacemos pequeños compromisos, ante la comunidad. No es que vaya a cambiar la temperatura de la Tierra, no son cosas que se escapan, pero quizás cada vez que visite un lugar voy a dejar lo mejor de lo que lo encuentro. Voy a darme mis espacios de regeneración para yo poder regenerar.
¿Cómo recibe la gente la información? Pregunto porque es gente que, a priori, conoce su territorio, ¿no es violento para ellos que les digan cómo cuidarlo?
La Pedagogía del paisaje no es algo que se desarrolla teóricamente, sino que es vivencial. Al ser vivencial, me estoy encontrando con gente que piensa que lo que vamos a hacer es un paseo, una ruta, siempre con un objetivo. Entonces, cuando llegan, se sorprenden mucho. El otro día un señor jubilado ya me decía que no esperaba haber estado viendo las nubes pasar durante un tiempo. Para él ha sido como una fuerza que le ha permitido pensar que su entorno hay que cuidarlo, para que lo vean sus hijos, sus nietos, para que puedan disfrutar de la sombra de un árbol, porque quiere que pasen por el mismo parque, por el mismo campo, por el mismo bosque que pasa él.
Personas de 70, 80 años, me dicen: 'Esta planta yo sé que mis padres la cogían, pero no sé para qué
Hay una mirada general que puede ser distante o puramente utilitaria del entorno, difícil de encajar con su método.
Dentro de Bosque Raíz, mi proyecto, también se trata de recuperar mucho las tradiciones ligadas al campo, a la naturaleza de las plantas, etnobotánica, y en estos proyectos que llevo desarrollando, sobre todo con población, mayoritariamente mujeres, me he dado cuenta de que es fácil involucrar a mujeres en proyectos sociales y a los hombres hay que encontrarles mucho lo que les toca. Y los remedios naturales, el conocimiento de las plantas, el trabajo de la madera, todas estas cosas que se han perdido, les toca mucho y ahí se ha visto porque he trabajado mucho con el programa Viernes, que es para prevenir la soledad no deseada en el sur de Cantabria, y ellos tratan de hacer talleres y ofrecer cosas a la población que demande. Entonces, el conocimiento de las plantas, del campo, es algo que están demandando; personas de 70, 80 años incluso. Me dicen: 'Esta planta yo sé que mis padres la cogían, pero no sé para qué'.
Es un poco extraño que formamos parte de la naturaleza, pero tenemos que volver a conectar con ella
¿Ni cómo se llama?
Ni cómo se llama. Lo que estamos tratando es de recuperar esa sabiduría del campo, esa sabiduría que nunca se ha valorado porque, en el momento del desarrollo industrial y de las ciudades, todo el mundo abandonó el campo. Esa información no se transmitía de padres a hijos porque, al venir de vidas duras, se prefería para ellos todo lo nuevo. Ahora se está recuperando esa información y estamos elaborando ungüentos y jarabes, recogiendo las plantas más sencillas. La gente se va quedando con esa información y ve que lo que tiene al lado de casa, esas plantas que consideraban malas hierbas, tienen propiedades para un picor, una quemadura o fortalecer el cabello. Esta mirada evita la visión de que vengan y desbrocen todo para dejarlo limpio; ahora se prefiere que dejen espacios para recolectar plantas o frutos buenos para el sistema inmune. Actualmente, tenemos una visión de utilidad distante del campo, como si solo estuviera ahí para traernos recursos a la ciudad o a casa. Fortalecemos de nuevo ese vínculo recordando que hace cien o doscientos años no había farmacias y la gente conocía qué planta quitaba la hinchazón, el dolor de barriga o la tos. Recuperar toda esa sabiduría fortalece el vínculo con la tierra y el hecho de salir a reconectar. Es un poco extraño que formamos parte de la naturaleza, pero resulta que tenemos que volver a conectar con ella. Es muy curioso, hay muchos talleres ahora de meditación, de respiración y respirar sabemos todos, pero tenemos que volver a aprender cuál es la mejor manera de respirar porque vamos en un ritmo en el que se nos ha olvidado lo más básico. Y también hay incluso, pues cómo relacionarnos, cómo vincularnos, cómo beneficiarnos de la naturaleza.
¿De qué plantas nos hemos olvidado en Cantabria?
En realidad, en general todas las plantas están olvidadas. Con unas mujeres en el sur de Cantabria estamos elaborando un proyecto porque en San Juan, durante el solsticio de verano, es cuando el sol está más alto y las plantas tienen la mayor concentración de principios activos. Antiguamente, antes de la romería, el pueblo se reunía y recogía la planta que necesitaba para tener recursos y remedios para el invierno. Lo que hacemos ahora son paseos etnobotánicos en junio e identificamos las plantas cerca de cada pueblo; hemos hecho 16 ubicaciones distintas en el sur de Cantabria y cada mujer se encarga de recoger una. Cada mujer trae una planta y con eso hacemos el ungüento entre todas y nos lo repartimos. Es muy bonito porque lo hacemos con 28 plantas, ya que el ungüento de San Juan estaba muy relacionado con la mujer; este número me gusta especialmente por el ciclo de la luna. La gente lo demanda porque el remedio es maravilloso y funciona. Meses después te cuentan que les fue fenomenal o que lo aplicaron a su familia. Es un remedio muy sencillo y no hace falta hacerlo con 28 plantas; nosotros lo hacemos así para dar más información y hacer un taller más completo, pero se puede hacer con tres, cuatro o cinco plantas que se conozcan mejor. En general se ha perdido incluso la toponimia. Antes, cuando vivía en un pueblo y mis padres tenían ganado, venía un vecino y avisaba de que una vaca estaba pariendo en el muro o donde los robles, y se sabía exactamente a dónde ir. Ahora nos manejamos por ubicaciones. Esa toponimia de los lugares que estaba vinculada totalmente con la vida del campo y la utilidad que tenía se está perdiendo. Es curioso, pero lo he descubierto a raíz de empezar con esta metodología, porque yo venía de mi visión forestal puramente de ingeniería.
¿En qué momento hizo usted, como ingeniera, la conexión emocional con su entorno?
Yo estudié Forestales porque mi vínculo con el monte era muy fuerte y pensé que, si eso era lo que más me movía, mi camino sería por ahí. Después te dejas llevar por lo que te marca la carrera y terminé trabajando en una multinacional en Chile. Era muy curioso porque regaban las plantaciones de pinos mientras la región de los lagos se estaba secando; Chile exporta el agua que esas especies de crecimiento rápido absorben y, cuando las cortas a los quince o veinte años, lo que estás haciendo es sacar el suelo. Me di cuenta de que ese trabajo no me llenaba y decidí volver al sur de Cantabria, asentándome en Villa Escusa, mi pueblo natal de sesenta habitantes. Al volver empecé con la educación ambiental para dar un giro y ahora trabajo de forma institucional y paralela con mi proyecto. En el sur de Cantabria trabajo sobre todo con la gente local porque es gratificante ver su cambio de mirada. Cuando hablamos de recoger plantas, ya no se trata de llevarse todo lo que se pueda por una mentalidad de escasez, sino de recoger solo lo que se necesita, que suele ser poco. Se trata de cambiar pequeñas prácticas para dejar una cantidad de especies que permita la regeneración al año siguiente. Hay muchas plantas en riesgo por exceso de recolección, incluyendo especies protegidas y otras comunes que no valoramos, como la manzanilla. La idea es fomentar buenas prácticas; en lugar de imponer una prohibición sin que se entienda, la educación explica por qué se toma una medida. Al dar información, la gente comprende los ciclos biológicos y los ritmos de la tierra, entendiendo que si evitamos ciertos excesos, tendremos la especie disponible durante mucho tiempo. Educar es lograr que se comprenda la regeneración y lo que el entorno necesita
Para los talleres trabaja con ayuntamientos, ¿cómo reciben las instituciones de Cantabria este método?
El proyecto 'Habitar el Paisaje' está subvencionado por la Consejería de Medio Ambiente y el promotor es la Asociación de Desarrollo Territorial de Campoo Los Valles. Ha sido muy bonito porque, con este proyecto que trata de unir más el sentir, nos unimos institucionalmente con Bosque Raíz para crear una propuesta diferente y siento que ha gustado porque obtuvo muy buena puntuación en el concurso. Sin estar yo tan vinculada a la institución, este resultado es un dato que indica que, si presento algo basado en el sentir, y se valora positivamente, es que la mirada está cambiando. Existe una apertura hacia esta nueva realidad en la que debemos poner la mente al servicio del corazón.
Decía que hay que revisar las prácticas forestales, ¿y en Cantabria?
En el sector forestal de ingeniería en Cantabria nunca he trabajado, pero quizá esas prácticas únicamente necesitan un cambio de mirada. Tiene que haber un equilibrio, no solamente en lo que yo creo, porque a lo mejor creo que esta flor es muy bonita y es una especie invasora. Tienen que ir de la mano la ciencia y el corazón y esa para mí es el camino. Una dinámica que hacemos en los talleres de 'Habitar el paisaje' es pensar en la séptima generación: pensar en qué voy a dejar a una persona que habite mi territorio dentro de 200 años, ¿qué va a encontrar? ¿Qué me gustaría a mí? Hemos perdido esa visión tan a largo plazo, pero 200 años no es nada. Mi proyecto de fin de carrera de Forestales fue una repoblación forestal con pino. En ese momento, lo único que me planteaba eran las condiciones, la climatología y la edafología que necesitaba esa especie de crecimiento rápido para obtener producción. Esa parte está bien porque todos necesitamos muebles en casa o papel; la naturaleza nos da alimento y cobijo, siempre obtenemos de ella lo que necesitamos. Sin embargo, en ese proyecto no había ninguna mirada social ni de vínculo; y, en ese momento, no me di cuenta, simplemente seguí todas las pautas que correspondían. Tras trabajar fuera en grandes multinacionales, donde se habla de sellos de certificación que resultan lejanos para la población y no fortalecen el vínculo, regresé a Cantabria. Ahí me di cuenta de que un bosque no es una repoblación. En un bosque, encuentras rebrotes jóvenes, árboles maduros y árboles caídos que alimentan el suelo, además de distintas especies. En cambio, en una repoblación, todos los árboles suelen ser de la misma especie y tienen la misma edad, por lo que la biodiversidad se reduce drásticamente. Es fundamental diferenciar entre bosque y plantación; las plantaciones son necesarias, al igual que las de cultivo, pero debemos revisar el uso que hacemos de todos estos recursos naturales.
¿Por los datos de sequía y las olas de calor en Cantabria?
Sí, tenemos que darnos cuenta de las prácticas que tenemos. Los bosques atraen humedad. Para mí, el vínculo con las nieblas en verano es muy fuerte porque el bosque de mi pueblo es un robledal; ves la nube ahí y eso atrae esa agua. Si yo corto todas esas especies y dejo una montaña que no tiene arbolado, esa nube ya no va a volver y esa agua se va a perder.
El Gobierno de Cantabria ha hecho una adaptación de un reglamento europeo contra la deforestación que ha sido muy cuestionada por científicos, que recomiendan potenciar la regeneración natural de los bosques en la región, hablaba antes de que una repoblación no es un bosque...
Estamos volviendo a buscar refugios climáticos que nos brindan los árboles, el bosque, la niebla y las zonas de arbolado que dan sombra en los pueblos. Aunque hemos talado árboles para asfaltar parques, es vital regenerar el paisaje con especies autóctonas para preservar la esencia de Cantabria. Al recuperar lo que tenemos, volverán diversas especies animales y aves en un ciclo donde actualmente les retiramos demasiado espacio. El declive del gorrión común es un ejemplo de la necesidad urgente de recuperar una mirada holística sobre todo lo que representa un bosque. Todavía quedan en los pueblos zonas boscosas amuralladas, similares a pequeñas huertas, donde antiguamente se podía cortar leña. En las dehesas cercanas a los pueblos, con árboles muy espaciados, se realizaba un manejo forestal tradicional para aclarar el bosque. Este aclarado permitía que los árboles crecieran más rectos, obteniendo fustes de calidad destinados a la construcción de viviendas. El vecino que necesitaba madera la solicitaba al pueblo, cortaba los ejemplares reservados para ese fin y se los llevaba para construir su casa. A cambio, este vecino se encargaba de cuidar un vivero forestal comunitario en el bosque para trasplantar nuevas especies a otros lugares. Lamentablemente, se ha perdido la conciencia de devolver al bosque lo que extraemos de él. Hoy en día solo extraemos recursos o, si replantamos, lo hacemos con especies de crecimiento rápido. Debemos recuperar ese manejo consciente del monte, recordando que aquellas personas sabían que, sin regeneración, no habría recursos para el futuro.
En Cantabria, en las comunidades que habitan zonas más rurales, ¿se ha perdido la conexión con el paisaje?
Siento que sí se ha perdido la conexión. Sigue habiendo un vínculo mucho más fuerte que en las ciudades, obviamente, pero se ha perdido la relación que había en el sur de Cantabria, en los pueblos donde antes siempre había mucha ganadería. En esos pueblos hemos pasado de tener veinte vecinos con ganado a tener solo uno o dos; el uso de las tierras se ha concentrado en muy pocas manos. Esto significa que actividades como salir al campo a recoger la hierba o vigilar las zonas de pasto han desaparecido, y con ellas se ha roto ese vínculo. Aunque fuera un trabajo duro y físico, al quitar la actividad hemos quitado también la relación con el entorno. Ahora toca buscar un nuevo equilibrio, porque el anterior lo hemos cortado.
He ido pasando desde la ingeniería pura y dura, a la educación ambiental, hasta ir encontrando mi camino que es éste que lleva más al sentir
¿Es una rara avis dentro de los ingenieros forestales?
Me rodeo de gente que tiene la misma visión y de gente que va cambiando hacia esta visión. No tengo tanta relación con ingenieros forestales. Al final para mí el camino ha sido muy orgánico, ha sido ir pasando desde el lado más de la ingeniería pura y dura, a la educación ambiental ,y dentro de la educación ambiental ir encontrando mi camino que es este que lleva más al sentir, porque me di cuenta de qué era lo que me faltaba y que necesitaba yo expresar ese dolor que yo tenía por la tierra porque también lo había bloqueado.
¿Qué dolor concreto tenía usted bloqueado?
Uno de los dolores que más he sentido ha sido el tema de los polígonos industriales eólicos. El sur de Cantabria se definió como zona de sacrificio para la construcción de estos parques eólicos y aquí también yo veo una trampa. Porque estamos a favor de las energías renovables, sí, pero vamos a ver cómo lo hacemos. No vamos a hacerlo en una zona donde está pasando el oso pardo, donde hay un robledal y un hayedo. Vamos a buscar el sitio ideal, quizás más cerca de una ciudad donde haya ese consumo de electricidad. Entonces, hubo un momento, en 2020, que en Cantabria había más de 30 proyectos abiertos que estaban dispuestos a salir. Fue muy abrumador porque veía abierta la posibilidad de que el bosque de mi pueblo se convirtiera en un polígono eólico.
¿Cómo era el proyecto?
Ese ya lo han rechazado, pero mi pueblo está muy cerquita de Olea, es la otra ladera. Desde la cima de del monte de Villaescusa, que es mi pueblo, con todos los proyectos que estaban proyectados, que algunos ya se han ido cayendo, pero se hubieran visto 500 aerogeneradores. Entonces, para mí pasar de no ver ninguno y de y de tener unas vistas de un paisaje, de montañas preciosas, a subir y ver una zona industrial, me causó mucho dolor y lo tuve que gestionar a través de este tipo de herramientas, este tipo de prácticas me ayudaron a ponerme en acción. Decidí no quedarme abrumada por todo esto, sino reconocer el dolor que me paraliza y ponerme en acción. Yo estudié en Palencia, esa carretera la he hecho mucho. Cuando ahora voy y me veo esos campos de cultivo que son todo placas eólicas, pues también me duelen mucho. Entonces, hay que ver cómo hacemos esa transición a unas energías renovables, pero manteniendo un equilibrio con lo que ya es natural. A lo mejor esas placas eólicas las podríamos poner en tejados de naves, de zonas industriales, y no de repente en medio de un campo que ya simplemente el impacto sobre la biodiversidad, el impacto visual, el impacto del vínculo con ese terreno, se va a ir degenerando. Entonces, es muy difícil meter ahí esa mirada apreciativa, la población se va a ir se va a ir desvinculando de ese territorio.
Ahora mismo en Cantabria son 18 proyectos, ¿cómo describirías el sentido de estos proyectos en eólicos en Cantabria?
Hay algo que es objetivo: las alegaciones que se han hecho, no se han tenido en cuenta en el momento de determinar si ese es el lugar adecuado o no. Por los motivos que fuera, no se ha dado respuesta inmediata ni en plazos; aquí entran los tiempos y todo lo que tiene que ver con la burocracia. Todos los colectivos y todas las miradas tienen que poder expresarse —teniendo en cuenta esa expresión desde un lugar científico, con datos, y también desde un lugar emocional—. Si viéramos los beneficios económicos que nos reporta un bosque, la cosa cambiaría, cuántos ansiolíticos nos evitaríamos. La repercusión económica, a veces indirecta, es muy fuerte. Perder un paisaje de referencia también hay que tenerlo en cuenta.
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