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Memorias sobre la feminización de la represión franquista en Castilla-La Mancha

Cartel de las actividades programadas por 'Feministas de Pueblo' para este mes de enero

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¿Cuántas veces nos hemos planteado qué tipo de vida tuvieron nuestras abuelas y abuelos? ¿A cuántos de nosotros nos han interesado realmente los relatos biográficos que nos fueron transmitidos? ¿Es la memoria un hecho puramente individual o biológico, o se encuentra mediada por las condiciones históricas y culturales que nos rodean? Estas preguntas son necesarias si queremos conocer la realidad vivida por nuestras antecesoras y antecesores, porque para hablar de la feminización de la represión franquista, es preciso hablar de memoria y desmemoria, de víctimas y verdugos, de vergüenza y de honor, pero sobre todo, es preciso hacerlo de silencios. De sus silencios y también de los nuestros.

Hace tan sólo tres años y medio desconocía que en Herencia, mi pueblo, y por extensión en todo el territorio español y en parte del europeo de la posguerra, muchas mujeres fueron rapadas y  obligadas a tomar aceite de ricino. La finalidad, no era otra que incrementar la humillación pública de los vencidos, utilizando para ello el cuerpo de las mujeres de su familia.

En Herencia, durante casi una década, se violó y se rapó a un número indeterminado de mujeres, dejándoles únicamente un minúsculo mechón de pelo recogido con una cinta roja. Con un cartel colgado del cuello, todos aquellos, que por entonces sabían hacerlo, pudieron leer: “peladas por putas”.

Desfilaban defecando por el efecto del aceite de ricino, detrás de la banda de música y delante de sus vecinos. De vez en cuando, una voz las interpelaba: ¿por qué vais rapadas?; a lo que ellas debían responder: por putas. Los hombres, las mujeres y también algunos niños y niñas, las insultaban y les tiraban piedras. Muchos de ellos lo hicieron como lo hiciera en el film de José Luis Cuerda: La lengua de las mariposas, aquél pequeño alumno que le lanzaba piedras a su querido maestro recién detenido. Lo hicieron por miedo a ser ellos mismos también represaliados.

Si bien a mediados de la década de los 50, estas humillaciones públicas pasaron a ser simplemente un vestigio, en parte debido a la resolución que incorporaba a España al sistema de las Naciones Unidas, continuaron las violaciones y también la prostitución forzada para sortear el hambre, y más concretamente, para sortear la muerte por hambre. Una forma habitual de morir, que se prolongó hasta la firma de los Acuerdos de Defensa Militar con los Estados Unidos y con la puesta en marcha del denominado Plan Marshall. Un hambre, hay que recordar, irregularmente distribuida, al afectar mayoritariamente a las familias de los vencidos y a las personas más pobres del pueblo. Al final de la década de los 50 y comienzos de la de los 60, el hambre seguía dando lugar a la prostitución forzada y las violaciones no dejaron de producirse.

Debajo de la alfombra de la historia, se encontraban ocultos unos acontecimientos que yo desconocía, pero que me habían determinado psíquicamente sin yo saberlo. La misoginia en la que crecí y el blanco y negro de la atmósfera social en la que me crie, fueron fruto también de estos crímenes. Unos crímenes cuyo rastro fue deliberadamente borrado de la historia local. Parecía que ellas nunca hubieran existido, que no hubieran nacido en el pueblo. Era como si 'aquello' no hubiera sucedido nunca.

Estas torturas, diseñadas específicamente contra las mujeres, pretendieron y lo consiguieron, castigarlas por su condición política, pero sobre todo, humillarlas también por su condición femenina. Todas ellas se vieron obligadas a guardar silencio en relación a las agresiones que sufrieron. A ello contribuyó, en parte, que los crímenes sexuales tuvieran implicaciones en el honor de la familia, uno de los motivos por el que se protegió a los criminales, mientras que a ellas se les usurpó la condición de víctimas.

Otros están relacionados con los mecanismos represores de la dictadura y con sus secuelas posteriores en relación con la memoria de las víctimas. Unas víctimas que se vieron obligadas a convivir con el dolor, sin que nadie las reparara o las dignificara. Para que se comprenda mejor lo que afirmo, es preciso volver la mirada a la plaza del pueblo; a la de cualquiera que se quiera imaginar, y después de sentarse en uno de sus bancos, pensar que esto pudo haberle sucedido a alguna de nuestras bisabuelas, abuelas, y quién sabe si también a nuestra propia madre; porque esto pasó. Y pasó durante más de una década en el pueblo de Herencia, en Alcázar de San Juan, en Camuñas, en Campo de Criptana, en Alhambra, en Villafranca de los Caballeros, en Puerto Lápice, en Arenas de San Juan, en Madridejos, en Consuegra, en La Solana, en Lillo, en La Guardia, en Tembleque, y en muchos otros pueblos de la geografía española.

En las entrevistas realizadas he podido comprobar, que este sufrimiento silenciado provocó en las víctimas un intenso impacto emocional que dificultó la elaboración del dolor psíquico. Dificultades que se han manifestado de diferente forma a lo largo de sus vidas. Estos secretos y fantasmas familiares, sí tienen que ver con todos nosotros. En realidad afectan a toda la sociedad. Estas experiencias traumáticas, imposibles de metabolizar al no poder ser transformadas en dolor hablado y reconocido, se consolidaron en heridas crónicas que dieron lugar a enfermedades físicas y psicológicas, expresadas principalmente en forma de ansiedad y depresión. Estas palabras que no pudieron ser dichas y estas lágrimas furtivas de nuestras antecesoras, afectaron a la historia familiar de varias generaciones, haciendo que los descendientes, que la sociedad entera, nos hayamos visto obligados a cargar con una historia de dolor que nos ha influido y determinado psíquicamente (Valverde Cl, 2014). Efectivamente, este grito silenciado de nuestras antecesoras está influyendo en la salud mental intrafamiliar de varias generaciones, porque al producirse una cronificación del shock post-traumático, se ha producido a su vez, una transmisión transgeneracional del trauma.

Después de haberlas escuchado, decidí dejar las líneas de investigación por las que estaba transitando en ese momento y dedicarme, inicialmente con la financiación del Instituto de la Mujer, a recuperar sus memorias. Lo hice porque no podía convertirme en cómplice añadiendo más silencio al silencio. Por ello fue que las escuché, recogí su palabra y la difundí.

El resultado ha sido el corto: Levántate el mandil y el documental: Sacar a la luz. Memoria de las rapadas. Con independencia de los proyectos audiovisuales, se han dado conferencias sobre el tema en el Centro de Estudios Humanos y Sociales del CSIC, y en numerosas universidades de la geografía española; además, se han impartido cursos y establecido redes de colaboración, tanto con universidades nacionales, como internacionales. Nunca es tarde para escuchar sus memorias.

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25 de enero de 2021 - 10:28 h

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