Monstruos eficientes
La etología, rama de la ciencia que estudia el comportamiento de los animales, nos enseña que nuestros vecinos y compañeros de planeta poseen un claro instinto de conservación no solo de ellos mismos como individuos, sino también del resto de miembros de su misma especie. Cuando dos lobos se disputan la posición de líder de la manada, saben que su lucha no será mortal. Principalmente porque conocen el valor de la vida de su rival. Rival, pero también parte de la misma comunidad a la que aspiran a proteger como líderes. Quizá el lobo no se reconozca a sí mismo en el reflejo del agua del río. Pero se reconoce en su rival. Los dos saben que el otro es su igual.
El ser humano, en cambio, no se reconoce a sí mismo en todos los demás seres humanos; perdón, queríamos decir inmigrantes, refugiados, desplazados, ilegales…y cualquier otra palabra que elijamos emplear para evitar el espinoso tema de que son personas quienes mueren en lejanos países o bien esperan clemencia y amparo en otros países no tan lejanos. Ciertamente, la televisión, esa ventana por la que nos asomamos al mundo, no es como un espejo o como el agua del río. Convierte la realidad en un espectáculo lejano, irreal, que no mancha, que contemplamos a gran distancia, no solo física sino también, y muy especialmente, emocional. Es la distancia que media entre la catástrofe que sufren nuestros iguales y las imágenes de lo que bien podría ser un tráiler de una película. Ante la que tenemos que compungirnos durante cuarenta segundos. Justamente lo que duran las imágenes. Tan duras como irreales.
Pero no solo nos separan las imágenes, sino también los relatos. Relatos televisivos y no televisivos, oficiales y oficiosos; mediáticos todos, porque nos mediatizan: ¿acaso hay una mediatización mayor que la deshumanización, que la desconexión que sufrimos respecto a otros miembros de la comunidad humana? Lamentablemente, nunca nos hablan de iguales en estas noticias. Como decíamos antes, el foco siempre es otro: son inmigrantes, son refugiados, son ilegales, son desplazados: no son personas, sino problemas. No son como tú y como yo, pero su presencia, la de ellos, es muy perjudicial para nosotros. Ellos y nosotros. Siempre la distancia.
Distancia que los relatores oficiales de los “miedos” de comunicación argumentan de manera tan eficiente como razonable. Porque claramente hay problemas geopolíticos y geoestratégicos que dificultan la resolución de estos conflictos; cuestiones estructurales y económicas de fondo que deben ser analizadas antes de tomar cualquier decisión. Complicaciones legales que atañen a la clarificación de figuras como los estatus de persona refugiada o desplazada. Debates todos ellos muy sesudos, o quizá no tanto si consideramos que son construidos por las mismas autorizadas voces que o bien callan, o bien legitiman las guerras, las intervenciones armadas, los latrocinios y los expolios que están en el origen de estos dramas esencialmente humanos. Repetimos, esencialmente humanos, no geopolíticos ni económicos.
Decía Goya que el sueño de la razón produce monstruos. Añadimos que una civilización tan racional pero tan inhumana como la nuestra solo puede producir monstruos. Pero monstruos altamente racionales y eficientes. Eficiencia especialmente destacable en todo lo relacionado con el sufrimiento de individuos de nuestra propia especie. El problema es que el monstruo no puede sentir empatía con sus iguales porque no los reconoce como tal. Precisamente por ello, su perspectiva de futuro más plausible es la extinción. Quizá sea esa la única esperanza de salvación de la humanidad. De los seres humanos que todavía son capaces de reconocerse entre semejantes.