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CATALUNYA

El uso perverso de las tradiciones culturales y los derechos humanos de las mujeres

Las tradiciones culturales y religiosas son muchas veces utilizadas para que determinadas prácticas sociales sean aceptadas socialmente y se mantengan inamovibles. De este modo muchos gobiernos dan alas a la violencia machista que se perpetra en sus respectivos países. Puesto que la religión jamás ha jugado papel alguno en la emancipación del sexo femenino, no es sorprendente encontrar en estos países movimientos religiosos neopatriarcales a la vanguardia de una generalizada reacción antimujeres. Movimientos fundamentalistas que están ejerciendo presión sobre los gobiernos con el objetivo de revertir los logros del género femenino, hasta el punto de que en diferentes partes del planeta han quedado aniquilados o están gravemente amenazados. Así se ve en los debates internacionales, donde hay gobiernos que intentan impugnar leyes y defienden prácticas atentatorias contra los derechos humanos de las mujeres en nombre del hoy en día cuestionado relativismo cultural, cuando, además, las tradiciones también pueden ser creadas.

Claro que también hay muchas personas que se enfrentan a las situaciones de injusticia social y, desafiando las normas culturales, anteponen los derechos humanos. Es por ello que debemos celebrar aun más que el pasado 27 de noviembre de 2013, dos días antes del Día Internacional de las Defensoras de los Derechos Humanos, la ONU aprobase la primera resolución de la historia a favor de la protección de las defensoras. Es decir, a favor de todas aquellas mujeres que, individual o colectivamente, son activas defensoras de los derechos de las personas, incluyendo los derechos de las mujeres y las niñas. Una resolución que me parece de lo más necesaria teniendo en cuenta que el activismo de las mujeres defensoras de los derechos humanos es una grave amenaza para el poder fundamentalista y machista, y por este motivo hay que vigilar por ellas.

En democracia muy lejos estamos (o deberíamos estar) de la decimonónica perspectiva que aun hoy en día proclama que la cultura de los países es un conjunto de creencias y prácticas fijas y prescriptivas. Por suerte estamos insertos en una visión democrática del mundo que postula que lo que pensamos que deberíamos o no deberíamos conservar varía en el tiempo. Este enfoque entiende la cultura y las tradiciones de un país como un pósito cambiante de discursos, relaciones de poder y procesos sociales, económicos y políticos. Es decir, defiende que los valores y las tradiciones culturales no son bienes intocables ni inmutables sino todo lo contrario. Sin embargo, si bien para muchos Estados esto es incuestionablemente así, para muchos otros las tradiciones culturales pueden ser, según les convenga, o bien activos inmutables o bien susceptibles de evolución. El cinismo es apabullante. Así me lo parece cuando, por ejemplo, los gobernantes integran y potencian con sumo orgullo tecnologías que afectan masivamente a la cultura y las prácticas tradicionales de sus países; en cambio, no solo mantienen inamovible sino que incentivan la condición de inferioridad de las mujeres utilizando como excusa las tradiciones y prácticas culturales. Pero claro, los panegiristas de la tradición cultural para con las mujeres suelen ser las autoridades y líderes políticos, y no las mujeres cuyos derechos se ultrajan, no las mujeres que son golpeadas, violadas, prostituidas o asesinadas.

Es la fluidez de la cultura lo que nos permite desafiar las normas culturales que conllevan atrocidades hacia las personas y articular valores que respeten los derechos humanos. Sin embargo, en demasiados lugares y para demasiadas personas los derechos humanos y la promulgación de leyes para protegerlos no pasan de ser quimeras. La lucha contra la vulneración de los derechos humanos de las mujeres y las niñas, en particular el derecho a una vida libre de violencia machista, es quizás uno de los desafíos más difíciles, teniendo en cuenta, además, los gravísimos retrocesos registrados en el mundo actual. Porque, efectivamente, la violencia de género es una realidad in crescendo que pone los pelos de punta. Estamos hablando de millones de mujeres agredidas violentamente en el mundo (incluyo aquí a las menores de 18 años); me refiero a cifras que solamente son la punta del iceberg ya que, desgraciadamente, son ingentes las agresiones que no se denuncian por miedo a las represalias. ¿Qué ocurre? ¿Cómo es que se tolera esta vergonzante situación? Ni que decir tiene que estamos ante un genocidio mundial y un lastre para el desarrollo de los países. Se llega a la conclusión de que, por parte de algunos Estados, las perversas manifestaciones del machismo reciben poca o ninguna atención; como si tales cosas no merecieran ser abordadas, o al menos, tratadas con la seriedad que tanto urge.

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