Toby Muse, periodista: “La DEA y los carteles son los grandes interesados en que las drogas sigan prohibidas”
El periodista Toby Muse (Chichester, Reino Unido, 50 años) frecuentó casi todos los eslabones de los cárteles colombianos durante más de 15 años. Estuvo en las fiestas interminables en las que sicarios y narcos, puestos hasta las cejas, presumían de su poder y dinero. Entró en los laboratorios controlados por la guerrilla en los que la hoja de coca se convertía en polvo. Se emborrachó con incontables asesinos y temió por su vida en más de una ocasión.
El resultado fue Kilo: el mundo secreto de los cárteles de la cocaína (Capitán Swing, 2026), una celebrada y trepidante investigación sobre los personajes y la idiosincrasia del narco, explicada siguiendo el rastro de un kilo de cocaína desde la selva hasta que sale de un puerto sudamericano rumbo a una ciudad europea.
El periodista atendió el pasado mayo desde Bogotá a elDiario.es a través de una videoconferencia. La conversación ha sido editada y recortada para facilitar su lectura.
¿Cómo consiguió un acceso tan profundo a este submundo?
Todo empezó en el ambiente de las fiestas, algo enorme en esa cultura. Tenía un amigo metido en el circuito de fiestas de los cárteles, donde los narcos presumen de todo: la novia actriz, el coche...
¿Iba a esas fiestas?
Sí. Mi periodismo es de inmersión, es parte del trabajo. Hay dilemas éticos, claro, pero en el fondo mi ética es no mentir y conseguir la historia, sin que sufra gente inocente. Nadie acabó en la cárcel por participar en mi libro. Así que si me emborracho con gente de los cárteles, no le veo el problema.
Yo tampoco.
Si llego con mi libreta, un narco no me va a contar nada. Esas fiestas duraban dos o tres días, una locura total: bebías ron y cerveza, luego te subías al coche de alguien que conducía a toda velocidad esnifando “tusi” y pensabas: “Así es como mi madre se va a enterar de que he muerto”. Menuda forma de palmarla para un corresponsal extranjero... nada de Siria ni Afganistán, simplemente una estupidez. Pero era la forma de verlos en su hábitat, y también era emocionante: quería escribir un libro de aventuras.
Quince años rodeado de esta gente no son pocos.
Hubo que ganarse su confianza. Al principio me presentaban a un sicario de 17 años, totalmente prescindible para ellos. Con el tiempo fui ganando acceso hasta codearme, entrevistar, comer y cenar con los capos. Fue un proceso que duró años. Y siempre había alguien que no se fiaba y me lanzaba miradas asesinas.
¿Temió por su vida?
En Colombia, cuando algo se tuerce, sucede muy rápido y muy a fondo. Una noche en la zona de cultivos de coca de Catatumbo, bebíamos cervezas en medio de la nada con agricultores, recolectores, guerrilleros... De repente uno dijo: “Estoy harto de este puto gringo. Lo voy a matar”. No puedes hacer nada: son las nueve de la noche, está todo oscuro. Agachas la cabeza y piensas: “Que no me mate”. No hay segundo paracaídas. Solo tienes tus instintos y esperas que todo salga bien.
¿De dónde sale la idea de contar el narco siguiendo el rastro de un kilo de cocaína?
Quería mostrar a toda esa gente distinta que participa en la cadena, con esa imagen del kilo pasando de mano en mano. Quería enseñar la locura de los cárteles: todo el mundo ha perdido la cabeza. Hay brujas, sicarios que rezan a sus propias vírgenes, gente que se vuelve majara encerrada en submarinos que trasladan alijos. Escribí el libro en presente para transmitir que esto está pasando hoy, pasó ayer y pasará mañana.
Es lo que usted llama “el torbellino de violencia y codicia” del narco. ¿Cómo lo ha llevado a nivel personal?
Ha habido momentos de todo. En Colombia, cada familia ha sufrido algún acto de violencia. Es omnipresente y, desgraciadamente, se ha normalizado. Tienes amigos que mueren por las razones más absurdas. Cultivar amistades en ese submundo tiene un precio: sabes que la mayoría van a morir. Es una vida al límite y, a veces, viviendo al límite, te caes.
Había leído muchas metáforas sobre el fracaso de la guerra contra las drogas, pero me pareció interesante la que describe en el libro: es como andar en una bici estática, se hace mucho esfuerzo pero nada se mueve.
Es del presidente [de Colombia, Gustavo Petro], pero es que es cierta. Los grandes interesados en que continúe la guerra son los agentes de la DEA y los narcos. Los demás estamos atrapados en medio. A mayor riesgo, mayor recompensa: este negocio les viene como anillo al dedo. Muchos pasan diez o veinte años acumulando dinero a base de arriesgarse y, al llegar a los cuarenta o cincuenta, quieren negociar, salir, conservar su dinero, cumplir poco o nada de cárcel a cambio de colaborar.
El ritmo de vida que refleja el libro parece inasumible durante mucho tiempo.
Todo el mundo se arrepiente de haberse metido en la cocaína, pero cuando se dan cuenta ya es tarde: están atrapados. Y, volviendo a la guerra contra las drogas, estamos en una situación en la que no sabemos qué hacer. Todo el mundo sabe que ha fracasado, pero no sabemos qué viene después. Vivimos en un círculo vicioso y violento que no tiene fin.
¿No cree que ya es tarde para despenalizar las drogas? A veces da la sensación de que el monstruo del narco se ha hecho demasiado grande para acabar con él.
Yo no tengo la solución, solo soy periodista: voy a un sitio, vuelvo y digo que lo que estamos haciendo no funciona. Muchos académicos dicen que la legalización es la solución. Puede ser, no digo que no. Pero ningún sitio está preparado, porque la ciudadanía no lo apoya.
Pero cada vez hay más gente consciente de que la guerra contra las drogas ha fracasado…
Tienes razón, pero me sorprendería que en España una mayoría quisiera legalizar la cocaína para que cualquier joven de 18 años pudiera comprarla en una farmacia. Puede que no sea mala idea, pero nadie ha hecho el trabajo político para que ocurra. Mira cuánto ha durado en Estados Unidos el proceso con la marihuana: casi cincuenta años.
La persona que compra cocaína para tomarla en Barcelona no es responsable de la violencia de esta industria
¿Qué se necesita?
Que alguien dé el paso y diga “yo seré el primero”. Dime un actor que diga “cuánto me gusta la cocaína”. O un cantante que diga “la heroína me ha ido de maravilla”. Nadie lo dice. Y está bien, pero ¿cómo esperamos que empiece la conversación si nadie da el primer paso?
El libro trata de alejar de la academia el debate sobre las drogas. ¿Por qué?
Cuando lo escribí, los académicos dominaban ese debate y yo quería arrebatarles la conversación. Aprender sobre la cocaína a través de ellos es como aprender sobre el sexo en un libro de biología: está ahí, pero eso no es el sexo. La cocaína es lujuria, es asesinato, es traición. Son las emociones humanas más oscuras, pero muy humanas al fin y al cabo. Tiene un corazón oscuro, pero tiene corazón.
Visitando las zonas de cultivo de coca constató la gran oportunidad perdida del proceso de paz de 2016 con las FARC: el Gobierno no llenó el vacío dejado por la guerrilla y eso dio espacio a las milicias del narco y a los cárteles para quedarse con las tierras de cultivo. ¿Qué podría haber pasado si se hubieran hecho las cosas bien?
El fracaso de ese proceso es una de las grandes tragedias de mi vida. En 2016 volvíamos de una plantación de coca en Antioquia, una zona marcada por guerrilla, paramilitares y masacres. Dos viejos del lugar conducían la camioneta y hablaban entre ellos: “¿Te acuerdas? Ahí dejaban los cuerpos”. Antes, cuando mataban a alguien, lo dejaban en la carretera y quien pasaba debía avisar a las familias. Entonces uno dijo: “Llevo dos años sin ver un cuerpo”. Y el otro: “Yo tampoco”.
Fue un espejismo que duró muy poco, apenas dos o tres años.
Eso es lo que Colombia podría haber sido. Una paz real que nunca habían conocido, durante dos o tres años. Había tanto optimismo... Todo era posible con ese país tan hermoso, con todos sus recursos y su gente talentosa: literatura, cine, música. Se sentía que empezaba una Colombia nueva. Pero la ventana se cerró de golpe.
La situación parece haber vuelto al punto de partida...
Colombia tuvo la oportunidad de hacer algo distinto, pero no pudo soltar las viejas costumbres. La coca siguió. Ahora tenemos unas elecciones presidenciales que pueden ser las más violentas en veinte años. La base de todo es la pobreza, el poder político, la desigualdad, pero la droga sigue siendo determinante: la mayoría de estos grupos se financian de una u otra forma a través del narcotráfico.
En el libro habla de los raspachines, quienes cultivan y deshojan las plantas de coca, y los pescadores, el eslabón más débil y reemplazable de la cadena. ¿Qué responsabilidad tiene alguien que este fin de semana compre cocaína en Barcelona o París sobre la miseria de estas personas?
Es una buena pregunta. Colombia produce cocaína porque los países ricos la consumen: ese es el motor de todo. Pero ¿por qué es un mundo tan violento? Porque hay un mercado negro. Al Capone se convirtió en quién era por la prohibición de la ley seca: era un matón callejero que se convirtió en gánster. Es la prohibición la que crea estos monstruos. Así que la persona que compra cocaína para tomarla en Barcelona no es responsable de la violencia de esta industria. Si acaso, es responsable de no presionar a los políticos para que busquen una solución distinta.
Los perjudicados, en todo caso, son siempre los mismos.
Tenemos que exigir a nuestros políticos una solución mejor, que no cargue todos los problemas sobre países como México, Colombia o Ecuador diciéndoles “buena suerte, apañaos”. No podemos seguir haciéndoles esto. Es totalmente inmoral.
En Europa nos espera una oleada de violencia para la que no estamos preparados.
El libro habla de Róterdam como centro neurálgico del narco en Europa, pero también asegura que estos grupos podrían corromper instituciones incluso en Madrid o Barcelona, como han hecho en América Latina.
No creo que lleguemos a los niveles de Ecuador, del Cali de los ochenta o el Medellín de los noventa, pero nos espera una oleada de violencia para la que no estamos preparados. El dinero de la cocaína tiene un poder enorme para corromper a policías, jueces y fiscales, especialmente en las aduanas.
En Barcelona y Catalunya la violencia vinculada al tráfico de drogas no deja de aumentar...
Me preocupa una fractura de la sociedad europea. Veo en esa fragmentación una oportunidad de ganar dinero. Y temo que ya sea demasiado tarde, porque la cocaína ha vivido un boom durante años. Las mafias locales de Londres, España o Portugal llevan tiempo ganando una fortuna, y la han reinvertido en la organización: mejores armas, mejores sicarios, más reclutas.
La guerra aún no ha empezado, pero siempre llega, porque no puedes tener cuatro mafias en Róterdam para siempre. No me extrañaría que viéramos asesinatos graves en Europa que nos hagan decir: “Vaya, no sabíamos lo poderosos que eran”. Vamos por mal camino.
Esta nueva generación de narcos que describe, más discreta, ¿es más peligrosa que la anterior, más extravagante y visible?
Sí, porque son mucho más difíciles de detectar. La nueva generación es invisible. Viven en Barcelona, Nueva York, Miami, y nunca llegan a tocar un gramo. Al ser más difíciles de detectar, son mejores canalizando el dinero hacia la economía legal. Eso es algo que tenemos que resolver antes de que sea tarde: si el blanqueo de capitales se convierte en un factor relevante en Países Bajos, Londres o Barcelona, los políticos locales pueden llegar a preguntarse si de verdad quieren perseguir a esas organizaciones y hundir sus economías.
Un tema interesante que recorre su texto es la particular relación con la muerte que tienen los narcos.
En un momento dado le pregunté a un amigo que había vivido de cerca toda la guerra entre cárteles: “¿Tú podrías haber hecho algo así?”. Me dijo que no, jamás, y comparó a los sicarios con una tostadora rota: “Esta gente nace con algo que les falta. Son defectuosos. Les falta una pieza que los haría plenamente humanos”. Y creo que es verdad.
Pero usted, de alguna manera, intenta comprender qué y quién hay detrás de tanta violencia.
Porque quería escribir algo interesante. Mi trabajo no es señalar y decir “esto es muy malo”: eso es aburrido. Quería intentar comprender, y me encontré dedicando demasiado tiempo a explicar a los sicarios.
¿Le generó contradicciones?
En algún momento tienes que trazar una línea y decir: lo que haces es inexcusable, el mundo es peor porque tú estás en él, eres un enemigo de la sociedad. Lo que entendí es que el criminal siempre busca echarle la culpa a otro. Pocos dicen “lo hice yo, soy el responsable”. Siempre hay una lista de culpables, excepto ellos mismos.
Encima muchos aseguran ser creyentes.
Le pregunté a un sicario cómo rezaba a la Virgen cuando lo que hacía contradecía claramente la Biblia. Me dijo que la culpa era de Dios: “Si Dios no quisiera que lo hiciera, me detendría”. Un chaval de veintisiete años de los barrios de Medellín convertido en el ejecutor sagrado de Dios. Todo el mundo ha perdido la cabeza.
Resulta duro leer hasta qué punto hay chavales de 14 años cometiendo asesinatos por órdenes de los cárteles.
La primera vez que matan siempre son adolescentes, porque son lo más prescindible que existe. Un chaval de catorce años de un barrio marginal de Medellín es lo más desechable del mundo. Si lo hace, bien; si no, no importa.
¿Qué le contaron los sicarios sobre el acto de matar?
Siempre hablan de los vómitos, el estrés, el horror, cierta culpa la primera vez. Pero todos siguen. Luego la muerte se normaliza y se convierte en su trabajo.
Esa normalización de la muerte e impunidad que denuncia el libro…
A un grupo de sicarios se le llama “la oficina”, y todas las ciudades importantes de Colombia tienen la suya. Si tú y yo somos socios en Londres y discutimos, nos demandamos en los tribunales. En Colombia, a veces es: “Tengo un problema, llamo a la oficina”. Esa es la terrible influencia que los cárteles y la cocaína han tenido en muchas sociedades de Latinoamérica. Su relación con la muerte es laboral. Y eso es todo.
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