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La despoblación rural y la fauna silvestre

Un mundo rural adaptado a la geografía y al clima no es un obstáculo para la fauna silvestre. Nunca lo fue

El censo de grullas en España arroja un cifra récord con 255.000 ejemplares

Grullas EFE

Durante las últimas semanas, ha habido manifestaciones en Madrid organizadas por varios colectivos del mundo rural para protestar por el aparentemente imparable proceso de despoblación, por la falta de trabajo, de infraestructuras… En definitiva, por la falta de futuro para nuestro agro.

Es un proceso que viene de lejos, por lo menos desde 1812 cuando se inició en España el ciclo de desamortizaciones que empezaron a dar el golpe de gracia a un mundo rural que hasta ese momento tenía medios de vida y sostén. Fue un proceso liderado por el Estado liberal y, hoy día, por la empresa capitalista. No me corresponde a mí en este artículo vislumbrar qué sucederá con este proceso en el futuro. Quiero enfocarlo desde otro punto de vista, el de la fauna silvestre que es mi especialidad. La pregunta es: el proceso de despoblación rural, ¿favorece o perjudica a nuestra fauna silvestre?

No hay una respuesta tipo “Sí” o “No”. Hay determinados tipos de fauna a los que les favorece la desaparición del ser humano del medio rural. Se ha puesto como ejemplo muchas veces al lobo ibérico. Arrinconado en 1970 en el ángulo noroeste de la Península, desde entonces ha conocido un proceso de expansión geográfica, uno de cuyos factores ha sido la desaparición de su archienemigo humano de amplios sectores de nuestro territorio. Pero no sólo eso. La propia expansión del jabalí y del corzo, dos de las principales presas del lobo ibérico, han supuesto también un “tirón” para la expansión del lobo.

Ejemplares del lobo ibérico / Ana Retamero EA.

Lobo ibérico Ana Retamero EA

Por otro lado, hay otra fauna que se ve perjudicada por el abandono rural. Me refiero a las aves que dependen de cultivos humanos, como los de secano fundamentalmente, bien adaptados a nuestra geografía y nuestro clima. Las aves esteparias son un buen ejemplo, muy extendidas por las estepas cerealistas. Estos cultivos de secano están en retroceso por el propio abandono rural y porque los agricultores buscan una mayor rentabilidad en cultivos de regadío, más inadecuados para nuestro clima, y para los cuales las aves esteparias (entre otras) no están adaptadas, no pueden realizar ningún tipo de aprovechamiento en ellos.

Cuando llega el invierno y, con él, las grullas del norte, en muchas regiones de la Península Ibérica ellas se alimentan en los campos de secano de sus áreas de descanso. Estos agricultores son compensados económicamente por los daños causados. Si estos cultivos desaparecen, víctimas del abandono rural, ¿de qué se alimentarán estas magníficas aves?

No todas las interacciones del ser humano con la naturaleza son, pues, negativas. Un mundo rural adaptado a la geografía y al clima no es un obstáculo para la fauna silvestre, nunca lo fue. Por ejemplo, en la montaña asturiana existen unas construcciones tradicionales para albergar a los pastores en las jornadas veraniegas en las que el ganado pasta en altura, son los teitos. Pues bien, se ha reportado que muchos animales llegan a hibernar en ellos mientras están desocupados por los humanos, como los tejones por ejemplo.

El hombre, un elemento más en la cadena de la vida

Por último, existe un grupo de animales, muy generalistas y oportunistas, para los cuales es indiferente que haya o no haya humanos: van a prosperar igualmente, como puede ser el zorro, la gineta o los córvidos.

En definitiva, el ser humano es un elemento más en la cadena de la vida. Influye en otros seres vivos, y a su vez es influido por ellos. Al menos, eso era antes de que el mono desnudo se saliera del ciclo de la vida presa de su ignorancia, su arrogancia y su soberbia.

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