Explicar la muerte en la infancia

Cuando tú eres, tu muerte todavía no es;

y cuando tu muerte sea, tú ya no serás.

Epicuro

Con esta conocida frase de Epicuro, que no por cierta quita a muchos el desasosiego, el filósofo griego nos indicaba también que para no temer a la muerte y ser feliz hay que vivir el momento deseoso, prescindir del tiempo, como quizás hagan los animales sin proponérselo. Pero el hecho es que no existe nada más real, más inminente, más universal que el hecho de morir. Por lo tanto cualquier niño, antes o después, puede preguntar por ella. Es entonces cuando en nuestra sociedad -hedonista, tecnológica, consumista y ensalzadora de la eterna juventud- muchos padres caen en la cuenta que la muerte siempre parece ajena y lejana y aún tiene un halo de tabú: molesta, perturba, confunde, desagrada tanto que es mejor no hablar de ella. En estos días de confinamiento por la pandemia del coronavirus COVID-19, con la persistente información por todos los medios de comunicación del número de contagiados y muertos, muchos niños se habrán preguntado por qué se muere y qué pasa cuando se muere. Algunos padres se darán entonces cuenta de lo mal preparados que están para enfrentarse a explicar la muerte a sus hijos e hijas pequeños. También, por desgracia, habrá habido casos en que por primera vez un niño ha sufrido la muerte de un familiar muy querido. ¿Cómo manejar esta situación los padres?

Desde todo punto de vista es conveniente que los niños crezcan viendo la muerte como un fenómeno natural propio de los seres vivos. Por ello debe hablarse de ella sin dramatizarla, aprovechando las ocasiones que se presten a ello para reflexionar sobre cada pérdida, su porqué y lo que significa. En el entorno de cada familia mueren animales de compañía, plantas, y, por supuesto, personas más o menos allegadas; también la televisión presenta la muerte a todas horas, aunque muchas veces rodeada de una gran distorsión, frivolizada, manipulada o con crueldad. Aprovechar alguna de estas circunstancias para preguntar por la opinión que tiene el niño al respecto, para conocer sus ideas y sentimientos acerca de la muerte y compartir los nuestros de una manera llana y sencilla –recurriendo si hace falta a ejemplos de la naturaleza- será una excelente forma de fortalecer vínculos y de posicionar el concepto de la muerte en el lugar que le corresponde, pero sin traumas. Cuando los niños comienzan a preguntar cosas sobre la muerte, y todos lo hacen en algún momento, sus preguntas suelen ser directas y a ras de tierra por lo que las respuestas deben ser iguales. Obviamente no todas las cuestiones tienen respuesta posible o conocida por el adulto, así es que más vale ser honesto y declarar los propios límites: los niños también agradecen un “no lo sé, pero lo averiguaré y te lo diré”. Por el contrario nunca hay que ponerse en guardia contra las preguntas de un niño, ni reñirle o responderle con desgana o ironía.

Cuando se produce la muerte de un ser querido, los adultos responsables del menor deben evitar ocultar o falsear la realidad del hecho so pena de incurrir en errores de consecuencias más o menos graves. Debe tenerse en cuenta que la situación no cambia por muchas metáforas que se empleen. La persona fallecida ha desaparecido y no regresa, y si al niño se le cuenta que se ha ido a “un viaje muy largo”, que “está en el cielo”, o que “se ha convertido en un ángel” no acaba de comprender y lo vive como un abandono que, a corta edad, suele desencadenar un proceso de culpabilización que producirá secuelas, además de sentirlo como una fuente permanente de dolorosa frustración: la persona no regresa jamás a pesar de las promesas de los adultos. Se impide así el proceso de duelo, amén de que se puede poner en riesgo la vida de algún menor deseoso de irse al cielo para reencontrarse con la persona fallecida. Hablar de la muerte a propósito de una pérdida concreta no le añade dolor al vacío que experimenta, antes al contrario le da una explicación y le alivia, permitiéndole elaborar el duelo con menor dificultad.

Valga decir que en los niños el miedo a la muerte no les es innato, sino que lo elaboran a partir de los pensamientos y emociones que les transmiten sus padres de manera consciente o inconsciente. Eludir el tema cuando por él nos pregunten no calma su deseo de saber, muy al contrario captan la incomodidad que sus preguntas generan con lo que perciben nuestra intranquilidad o angustia. Debemos responder pues lo desconocido genera más ansiedad y temor. De hecho se nace solo con dos miedos inherentes: el de oír de repente ruidos fuertes y el de caer desde lo alto. Al tiempo tendrán también temor a ser abandonados, a la oscuridad, a insectos, a seres sobrenaturales… pero no a la muerte como tal.

A los 2 años los niños no comprenden lo que significa la muerte: es una palabra más; lo que sí que son conscientes es de la “no presencia”. De los 3 a los 4 años ven la muerte como algo temporal y reversible como el dormir, por lo que creen que la persona fallecida despertará. De los 5 a los 7 años distinguen ya que es la realidad y qué es la fantasía; a esta edad ya han adquirido el sentido de la irreversibilidad de la muerte, pero no el de universalidad por lo que no son conscientes de que les pueda ocurrir a ellos mismos en algún momento. Es por lo general de los 8 a los 10 años cuando comprenden que la muerte nos acontecerá a todos, incluido uno mismo. Entonces acepta la irremediabilidad y concibe la existencia de razones internas biológicas. Es cuando ya especulan objetivamente sobre la muerte.

El miedo a la muerte comienza entre los 6 y los 11 años de edad aproximadamente. Su aparición e intensidad va a depender de las influencias culturales y del tratamiento que los padres –o la escuela- den a este tema (horror educativo el causado por la Iglesia católica planteándoles la existencia del infierno). De media son los 8 años cuando entienden la muerte plenamente, con todo lo que implica de irreversibilidad y universalidad, lo que supone su primera crisis existencial.

Para que los niños asuman la muerte con naturalidad es útil desde pequeños hablar de ella gradualmente con juegos, con dibujos, con cuentos… Hay que hablar de la muerte antes que el niño se vea involucrado en una situación de duelo. Aprovechar oportunidades como pasar frente a un cementerio, la flor que se marchita o la muerte de un canario. Debemos favorecer la expresión de las emociones y la comunicación empática, con un lenguaje adecuado a su edad y sus experiencias. Según la edad y su desarrollo cognitivo mediremos lo que necesita saber y lo que puede asimilar. Pero no debemos mentirles, llevándoles a la confusión, por duro que nos parezca a los adultos. Tampoco hay que ligar la muerte con un sueño ya que de allí pueden derivar trastornos para dormir; o con un viaje, que encierra una sensación de abandono; ni con una contrariedad pues el niño tiende a ver la muerte de un ser querido como un castigo. Hay que reforzar la irreversibilidad de la muerte y no dar pie a falsas expectativas de retorno: la muerte debe ser un fin natural y no una fuente de angustias. Es importante que no haya contradicciones entre lo que le explican los padres y otros familiares. No debe haber tampoco tabúes en la familia, sino que los niños sientan que sus preguntas son tomadas en serio, se vean arropados con confianza y apoyo. Nunca decir algo de lo cual tenga que retractarse más tarde.

Los niños que viven la muerte de cerca a través de la defunción de un padre o madre, de un familiar, de un amigo, de una mascota… experimentan la pérdida con sensaciones intensas y dolorosas, la sienten como injusta y lloran, aunque las variables de edad y temperamento hace que las respuestas sean distintas. La muerte hay que comunicarla de la manera más sencilla, sin ocultar la propia tristeza y los sentimientos y recuerdos que acarrea envolviendo al niño de cariño. Si lloran o están tristes no podemos impedir que lo expresen y se desahoguen. No hay que engañarles con comentarios como “volverá”, “pronto podrás verlo”, “se ha ido de viaje” y otras explicaciones fantásticas. Para ayudar a superar el estado de aflicción que siente el niño los padres deben mostrarse cercanos a él, pero sin suspender las actividades habituales; no salir de casa sin anunciarles la hora de regreso; permitirle dormir en la misma cama o habitación paterna mientras se encuentre vulnerable. Los niños también pasan un duelo por lo que debe permitírseles el tiempo necesario para que procesen sus recuerdos y su tristeza. En ese sentido necesitan un tiempo para recuperarse y debemos permitirle que no vaya durante unos días al colegio. Aunque pueda parecer paradójico, si queremos que los niños sufran menos es importante no apartarles de la realidad, propiciando que el niño se implique con la persona enferma y le lleve dibujos o cualquier regalo personal ya que los buenos recuerdos contribuyen a suavizar el dolor de la pérdida.

Estoy convencido de que sin promesas de trascendencia los niños asumen la muerte sin miedos, como un maravilloso tránsito entre dos nadas, agradeciendo la dicha de estar vivos, y la promesa de contribuir a mejorar el mundo. Escribió Pitágoras: “El hombre es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos”.

Carles Marco es pedagogo y psicólogo.

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Publicado el
6 de abril de 2020 - 22:48 h

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