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Sobre este blog

No sabemos muy bien adónde vamos, nunca lo hemos sabido, aunque a veces hemos creído que sí. Pero hasta aquí hemos llegado y desde aquí partimos cada día para intentar llegar a algún otro sitio, procurando no perder la memoria y utilizando el sentido crítico a modo de brújula. La historia —es decir, los que se apropien de ella— ya dirá la suya, pero mientras tanto nos negamos a cerrar los ojos y a dejar de usar la palabra para decir la nuestra. En legítima defensa.

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No sabem ben bé a on anem, mai no ho hem sabut, encara que de vegades hem cregut que sí. Però fins ací hem arribat i des d’ací partim cada dia per a intentar arribar a algun altre lloc, procurant no perdre la memòria i utilitzant el sentit crític a tall de brúixola. La història —és a dir, els que se n’apropiaran—ja dirà la seua, però mentrestant ens neguem a tancar els ulls i a deixar de fer servir la paraula per a dir la nostra. En legítima defensa.

Os llegó la hora, abuelos

La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999)

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Con frecuencia nos quejamos de que lo urgente no nos deja tiempo para ocuparnos de lo importante. Pero, a poco que nos fijemos, veremos que, realmente, en lo que solemos estar ocupados es en resolver memeces, falsos dilemas o angustias identitarias, en protegernos de amenazas inexistentes, desenredar teorías conspirativas o tomar postura ante escándalos magnificados que nos son tan ajenos como intrascendentes. Nada que pueda ser considerado urgente. Y, curiosamente, todo implica un grado mayor o menor de enfrentamiento con aquellos con los que compartimos problemas reales, urgentes e importantes. Los dioses nos quieren fragmentados, enfrentados, belicosos y lo más alineados posible dentro de grupos bien definidos. Y la principal idea divisiva es la de que los avances de un determinado grupo causan perjuicios a aquel en el que creemos estar. Unos ponen en marcha los discursos emponzoñadores y otros los normalizan. Nos hacen creer que quienes nos saquean son los que, objetivamente, están en nuestro mismo bando. Nos peleamos por unos recursos escasos en lugar de exigir que se amplíen las inversiones y se gestionen equitativamente. Los medios de comunicación, cuando no escriben directamente al dictado, priorizan el conflicto que genera audiencia, y los algoritmos ahondan las fracturas existentes acuartelando a los grupos en sus respectivas cámaras de eco para que oigan y vean solo aquello que confirma sus prejuicios y aumenta su hostilidad. Nos quieren hacer creer que las élites también están divididas, pero nadie de los que pertenecen a ellas quiere que haya cambios sistémicos, se cuidan muy mucho de que nadie altere las reglas de un juego en el que ellos son siempre los ganadores, y para evitarlo fragmentan a la población en trozos cada vez más pequeños y distantes, excepto cuando toca pegarse.

Llegado el caso, se hacen concesiones a las políticas sociales; ya se encargarán de recuperar por otro lado los recursos que se ponen en juego. Pero los privilegios de las clases dominantes no los toca nadie. Todas las medidas que se toman son temporales o parciales; medidas estructurales, ni una. Si hay que hacer recortes de derechos, también se hacen, pero ninguno que mengüe el poder de la minoría elitista. Lo de «divide y vencerás» es de primero de estrategia guerrera desde Alejandro Magno por lo menos. Y también de estrategia política, por si alguien todavía cree que son cosas diferentes. Maquiavelo lo dejó dicho en el capítulo V de El Príncipe«Quien se convierta en señor de una ciudad acostumbrada a vivir en libertad, y no la destruya, que espere ser destruido por ella […] si no divide ni dispersa a sus habitantes». En Valencia es bien conocido el mecanismo. Durante la Transición aplicaron aquí intensivamente ese principio para convertir el enfrentamiento histórico con el poder central en un enfrentamiento con «los catalanes», así, en abstracto. Todavía les funciona. Valencia fue un laboratorio muy fructífero para los intereses del establishment franquista, que consiguió sobrevivir a su caudillo. De lo que se trata es de transferir la máxima «divide y vencerás» a las propias víctimas de la operación, de manera que la perciban como un paranoide «dividíos y venceréis». Al menos, eso es en lo que está derivando en los últimos tiempos, tan implacables como los que le tocaron a Maquiavelo a pesar de una aparente sutileza proporcionada por una tecnologización que ha penetrado hasta en los ámbitos más miserables de la cotidianidad. Con ese mecanismo están consiguiendo llenar el mundo de racistas racializados, de pobres aporofobos y de pelanas que braman contra desgraciados que no tienen dónde caerse muertos. Y ahora también están consiguiendo que unos jóvenes que no tienen futuro vean al enemigo en unos viejos que no se lo podrían quitar ni aunque quisieran.

De un tiempo a esta parte, desde la pandemia sobre todo, durante la que se acabaron de freír muchos cerebros delante de las pantallas, en los foros de opinión se leen cosas como que los viejos «cobran una pensión superior al salario mínimo sin dar palo al agua», que «el estado de bienestar es pagar 1200 euros de alquiler a un viejo decrépito por un piso que compró por cuatro perras en 1972», o que «hoy día, los “abuelos” recién jubilados son los que más patrimonio tienen, lo han corrido todo, han copado los mejores puestos, y encima los mileuristas precarizados, cuarenta años más jóvenes, tienen que pagarles viajecitos (ahora también con sus mascotas) a todos los puebluchos de turismo de España». Son citas literales de internautas anónimos, comillas y paréntesis incluidos. Hay también quien empieza a quejarse en voz alta de que ahora los viejos no se mueren ni a tiros, y de que tanta longevidad es perjudicial para el conjunto de la sociedad, porque ellos no emprenden nada y porque así no hay manera de cobrar una herencia a una edad razonable. O sea, que hay demasiado capital acumulado en manos muertas (o moribundas). No se refieren a ociosos potentados, sino a los viejos que están siendo devorados por las escaras en las residencias, esas lujosas mansiones a las que van a hacer el calamar. Pero mantenerse al pie del cañón laboral tampoco redime a los yayos en edad de retirarse, porque empleo que no sueltan, dicen, es empleo que le quitan a algún joven (sin especificar escala social). Por no mencionar la cantidad de recursos que gasta la sanidad pública cronificando sus enfermedades de manera absurda, o lo mal que suelen votar los putos carcamales. Por todo eso hay quien habla ya de instaurar la eutanasia forzosa a una edad determinada. Si al lector no le ha llegado toda esa onda, que no se confunda: nadie está haciendo un monólogo pretendidamente jocoso; van en serio. 

Acabar con los viejos, reducir su número o sus expectativas de vida es para esos linces la solución a su precariedad. A ninguno se le ocurre decir que el problema no es demográfico, sino de reparto de la riqueza; nadie pone el foco en la injusta, por insuficiente, carga fiscal de las grandes fortunas, en los rescates bancarios, en la política de subvenciones a las grandes empresas, en la alta tasa de temporalidad del empleo o los salarios raquíticos. El argumento es que «los jóvenes» (de nuevo la generalización abusiva como premisa) son los que pagan las pensiones de los jubilados, mientras que ellos no podrán jubilarse porque se da por hecho que no hay alternativa a la financiación de las pensiones por la vía del pay-as-you-go, el sistema de contribución y reparto que tenemos en España. Nos podemos gastar 1700 millones en chatarra militar, de golpe y sin trámites, como se acaba de hacer recientemente, pero las pensiones dependen de si hay o no dinero en una hucha. Nos parece lógico, y señalarlo, demagógico. El mantra goebbelsiano «el sistema de pensiones no es sostenible» se ha convertido en una verdad incuestionable. Cualquiera que quiera discutir sobre el tema ha de saltar primero ese muro mental. En ciertos sectores de la población joven va calando el alarmismo que esparcen los bancos y fondos de inversión que impulsan sistemas eufemísticamente llamados «de capitalización individual», esos mismos buitres que los están dejando sin vivienda. Y no es que sean tan ingenuos (algunos sí) como para pensar que si les bajan las pensiones a los moribundos, ese dinero irá a incrementar automáticamente sus nóminas; es peor. En todos esos cerebros achicharrados se ha instalado la envidia ascendente, y eso hace que busquen el consiguiente alivio descendente en el hecho que otros, que no están en mucho mejor situación que ellos, empeoren. Están experimentando la perversa satisfacción que le produce al miserable el reparto de la miseria. Es el mismo mecanismo que activa la xenofobia, la aporofobia, la transfobia y, ahora, la gerontofobia. Se puede llegar a entender que alguien crea que nunca se levantará un día convertido en el moro Samsa, que acabará durmiendo entre cartones o se cambiará de sexo, pero arremeter contra los viejos que ellos mismos serán si tienen suerte es el colmo de la enajenación. Y mientras tanto, los que disfrutan del poder y la abundancia, sea cual sea su edad, se frotan las manos allá donde quiera que se rasquen los huevos. Cuando por una u otra razón deciden que sobramos, en lugar de matarnos hacen que nos matemos unos a otros. Y no porque sea más limpio, más barato o menos cansado, que lo es, sino porque les conviene que sea así. Por mucho que inviertan en IA, tardarán en poder discriminarnos tan bien como lo hacemos nosotros mismos, y saben que si nos matamos entre nosotros, quedarán los peores. De eso se trata.

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No sabemos muy bien adónde vamos, nunca lo hemos sabido, aunque a veces hemos creído que sí. Pero hasta aquí hemos llegado y desde aquí partimos cada día para intentar llegar a algún otro sitio, procurando no perder la memoria y utilizando el sentido crítico a modo de brújula. La historia —es decir, los que se apropien de ella— ya dirá la suya, pero mientras tanto nos negamos a cerrar los ojos y a dejar de usar la palabra para decir la nuestra. En legítima defensa.

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No sabem ben bé a on anem, mai no ho hem sabut, encara que de vegades hem cregut que sí. Però fins ací hem arribat i des d’ací partim cada dia per a intentar arribar a algun altre lloc, procurant no perdre la memòria i utilitzant el sentit crític a tall de brúixola. La història —és a dir, els que se n’apropiaran—ja dirà la seua, però mentrestant ens neguem a tancar els ulls i a deixar de fer servir la paraula per a dir la nostra. En legítima defensa.

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