Confusión
El que no se confunde es porque no quiere, porque hay un contubernio general para abonar la confusión, y ya se sabe, a río confuso ganancia de “confusores”.
Parece que todo el mundo, o casi todo, está coaligado para generar nuestro ofuscamiento. Ya verán. Los líderes de la izquierda, que ponen sus principios en una balanza imaginada y se miran sin recato en los espejos sordos; los opinionistas, que se inventan realidades arrimando cualquier ascua a la sardina de los suyos; los jueces, con supuesta imparcialidad, haciendo lo que no pueden hacer; los líderes de la super derecha, soñando con el super capitalismo que les enriquecerá todavía más. Recuerden cuando el Perich decía: Hijo mío, tenemos dos manos, la derecha y la extrema derecha. O sea, que somos mancos.
Solo hay alguien que no genera confusión, y está en la calle. La calle es transparente porque rezuma realidad y sonroja a los que parlotean en su nombre. Con frecuencia una pancarta aclara más que miles de noticias publicadas en tabloides contaminados.
Entonces solo hay una solución: que los gritos de la calle, sin dejar de sonar, se conviertan en votos. Que la necesidad de frenar la barbarie amenazante se convierta en un parlamento sensato y escuchador. Un parlamento capaz de demostrar que toda la confusión sembrada ha sido en vano, porque en realidad ha despertado la necesidad de abrazar el progreso común, la solidaridad, el diálogo.
Por eso, la confusión, en lugar de ser un río revuelto, ha de ser un río rebelde capaz de desembocar en el acuerdo que supone el mar de la Democracia. Abandonemos el desánimo para recuperar la cordura.
Tal vez haya dos Españas desparramadas en 350 asientos (sin contar los que ocupan los jueces, que no se ven, pero están), tal vez sea difícil el equilibrio entre las dos manos izquierdas, pero necesitamos la mayoría en los escaños y las voces en las acampadas. Ambas son imprescindibles para que las consignas se conviertan en debates, y los debates en leyes, y las leyes en progreso. No somos mancos.
Eso nos toca ahora, sacar fuerzas de la confusión y descubrir que nuestro peor enemigo es la desidia que supone no acudir a la cita de las urnas. No me gusta confundir aritmética con democracia, prefiero el acuerdo, por eso necesito reconocerme en el hemiciclo. Cuando estoy solo, siempre gano por mayoría absoluta.
Pero prefiero mayorías sin absolutismo. Mayorías heterogéneas, plurales, con el común denominador del progreso colectivo, de la defensa de los más vulnerables. Una mayoría acogedora, generosa, que escuche, que genere debate y diluya la confusión.
Eso, lo da la calle, y los votos. Eso lo dan los votos, y la calle.
Que nadie abandone.
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