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Los cinco peligros que comporta lavarnos las manos en exceso

Lavarse las manos es fundamental después o antes de realizar determinadas actividades, pero establecerlo como norma compulsiva puede ir en contra de nuestra salud 

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Foto: Arlington County

Foto: Arlington County

El descubrimiento de las propiedades del jabón es uno de avances más importantes en la historia de la humanidad; cuando que se popularizó su uso, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, las epidemias y muertes por infecciones e intoxicaciones cayeron en picado, y la población mundial comenzó a crecer. Así que cuando nos lavamos las manos con jabón, uno de los principales vectores de infecciones junto con la boca y los genitales, nos protegemos.

Al hacerlo, eliminamos toda suerte bacterias, hongos, parásitos y rastros contaminantes de nuestra piel, y así evitamos que, al llevarlas a la boca, a las aperturas genitales o bien al tocar heridas, se propaguen las infecciones. Ahora bien, el lavado debe limitarse a determinados momentos a lo largo del día: antes de comer o manipular alimentos, si hemos estado haciendo actividades que impliquen que las manos se ensucien -jardinería, reparaciones, etc.- o bien después de entrar en contacto con heces fecales.

"Cuando el lavado se vuelve excesivo y compulsivo", explica la dermatóloga Maria Rosa Martí, "comporta cierto peligro de que se vuelva en nuestra contra y en lugar de protegernos, nos deje la dermis de las manos más desprotegida que en el caso de alguien que no se las lava con asiduidad". La doctora Martí sentencia que "puede llegar a ser tan contraproducente no lavárselas como lavárselas demasiado", y cita el caso del personal sanitario, que "por lógica obligación profesional debe lavárselas con mucha frecuencia" pero que sufre a causa de ello muchos problemas dermatológicos.

A continuación te relatamos los cinco mayores peligros que implica el lavado compulsivo de las manos:

1. Eliminación los aceites naturales de la piel

"La piel exuda grasas aceitosas desde la capa situada debajo la epidermis y que conocemos como dermis", explica la doctora. Estos aceites son los mismos que se secretan en el cuero cabelludo y tienen una función protectora y de aislante térmico. También son la matriz de las bacterias y pueden acumular suciedad. Además, cuando pasa un tiempo se enrancian por oxidación y huelen mal.

"Al lavarnos las manos eliminamos la capa aceitosa junto con todas las bacterias, hongos y componentes químicos que puedan tener, y al cabo de un tiempo corto, las células dérmicas vuelven a exudar nuevos aceites", expone Martí. Este ciclo es sostenible y recomendable, y se ciñe a los lavados de rigor. Ahora bien, si nos lavamos compulsivamente, no damos tiempo a que la capa aceitosa se regenere completamente y dejamos la epidermis al descubierto.

De este modo, es más susceptible a la proliferación de patógenos que puedan colarse por pequeñas fisuras o heridas, que además se favorecen porque la piel se deshidratará con mayor rapidez y se resquebrajará. "El personal sanitario solventa este problema aplicándose crema hidratante con mucha frecuencia", apostilla la médica. 

Foto: Horia Varlan

Foto: Horia Varlan

2. Empobrecimiento de la flora bacteriana cutánea

La flora cutánea es el conjunto de bacterias, hongos, ácaros y otros parásitos que habitan nuestra piel, que son miles de millones, de modo que vivimos forrados por ellas. No son malas en sí mismas y en muchas ocasiones son buenas al defendernos de otros patógenos extraños y agresivos, y se cree que incluso fabrican sustancias químicas que nos protegen. Es decir que estamos en simbiosis con ellas.

Si nos lavamos con mucha frecuencia nos prevenimos contra los patógenos, pero también arrasamos con la flora cutánea, a la que no damos tiempo a regenerarse a pesar de que es más resistente al jabón. De este modo perdemos los beneficios de esta simbiosis y debilitamos la defensa de nuestra piel, aumentando el riesgo de infecciones.

3. Afeamiento de la piel

"Una consecuencia del jabón es que desprotege las manos ante la evaporación del agua que se encuentra en la epidermis de forma matricial", añade Martí. Si desaparecen los aceites aislantes, el sol, el aire seco, etc., evaporarán el agua y la dermis se volverá un montón de células muertas resecas, perdiendo turgencia y rompiéndose con mayor frecuencia. "La consecuencia es una pérdida de la elasticidad del tejido que puede ser permanente en forma de arrugas", apostilla la doctora, que recomienda aplicarse crema siempre después de lavarse.

4. Problemas con la flora intestinal

En Ventajas de comerte la comida que se te cae al suelo, nuestro compañero de Tu Mejor Yo Darío Pescador explicaba muy claramente el motivo por el que es importante que exista un aporte neto de bacterias, hongos y parásitos hacia nuestro intestino vía la boca y, por supuesto, las manos. La flora intestinal  necesita ser regenerada constantemente y la excesiva asepsia la epidermis hace que el aporte neto de microorganismos simbiontes hacia intestino sea muy bajo y la flora se empobrezca. Las consecuencias de ello se explican en Nueve razones por las que amarás a tu flora intestinal por encima de todas las cosas

5. Posibilidad de sufrir alergias de contacto

Fruto tanto de la pérdida de la capa grasa como de la deshidratación, pero sobre todo del empobrecimiento de la flora cutánea, son las dermatitis irritativas y de contacto, que son procesos a veces alérgicos y autoinmunes en los que nos aparecen sarpullidos por tocar determinados materiales. "Se cree que la flora cutánea tiene mucho que ver en el control de la respuesta autoinmune del cuerpo, al igual que la flora intestinal", finaliza la doctora Martí. 

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