Roscos de Todos los Santos: cómo preparar en casa el dulce tradicional con anís y limón
Cada año, con la llegada del 1 de noviembre, muchas familias españolas recuperan una receta asociada a la memoria de quienes ya no están. Este alimento son los roscos de Todos los Santos, una masa que suele aromatizarse con anís y freírse en aceite y que forma parte de los dulces tradicionales del otoño. No son los más conocidos de estas fechas, ya que los huesos de santo y los buñuelos acaparan casi toda la atención, pero siguen presentes, año tras año, en las pastelerías del barrio y en las cocinas domésticas.
Los roscos de Todos los Santos son un dulce sencillo, elaborado con ingredientes habituales en cualquier despensa y con una receta que se ha transmitido de generación en generación.
Se preparan en torno al 1 de noviembre, una fecha que en España está asociada al recuerdo de los familiares fallecidos y a las visitas al cementerio. Con el tiempo, esa conmemoración se fue mezclando con la cultura popular y con la costumbre de celebrar panes y dulces para estas fechas, que han llegado hasta hoy como parte de la tradición familiar más que de la religiosa.
De hecho, estos roscos cumplen una función muy terrenal: reunir a la familia. El día de Todos los Santos sigue siendo una fecha en la que la gente se sienta alrededor de una mesa con los dulces típicos: roscos de huevo, pestiños, huesos de santo o buñuelos; para recordar a sus difuntos. No se trata solo de comer, sino de repetir un gesto año tras año y que, de alguna manera, mantiene presente a quienes ya no están sentados a la mesa.
Y no es algo que se quede en un solo sitio. De norte a sur, hermandades y cofradías siguen vendiendo estos dulces como parte de sus actividades tradicionales en torno a la festividad. Es decir, el rosco no es un producto de fábrica ni de grandes campañas, ya que se mueve en pastelerías artesanales, en obradores de barrio y en las propias hermandades, atado a la economía local y a la vida de cada pueblo.
Y aunque los roscos de Todos los Santos no han tenido la misma repercusión mediática de los huesos de santo o los buñuelos de viento. Pero ahí siguen, en los hogares y en las pastelerías de barrio durante la primera semana de noviembre, sin modas ni grandes anuncios.
La receta de siempre
A continuación, te explicamos paso a paso cómo se preparan los roscos de Todos los Santos.
Ingredientes para ocho personas:
- Tres huevos
- 175 gramos de azúcar (usaremos 75 gramos para la preparación de la masa y 100 gramos para rebozar los roscos)
- 500 gramos de harina de trigo
- 750 mililitros de aceite de girasol para freír los roscos
- 90 mililitros de aceite de oliva virgen extra
- 50 mililitros de zumo de naranja
- 50 mililitros de anís dulce
- Ocho gramos de levadura química
- La ralladura de un limón
Empezaremos batiendo los huevos junto con los 75 gramos de azúcar durante dos o tres minutos, hasta que la mezcla espume ligeramente. Después, añadiremos el aceite de oliva, el zumo de naranja, el anís dulce y la ralladura de limón, mezclándolo bien para que los ingredientes se integren. La harina, tamizada junto a la levadura química, la incorporaremos poco a poco, primero con espátula y luego con las manos, solo hasta que no queden zonas secas, ya que la masa debe quedar blanda y algo pegajosa, y no conviene añadir más harina para secarla. En este punto taparemos la masa y la dejaremos reposar 15 minutos.
Para crear los roscos, lo mejor es untarse las manos de aceite, tomar cantidades de masa de unos 35 o 40 gramos y hacer bolas sin apretarlas demasiado. A cada bola le haremos un agujero grande en el centro con los dedos y lo giraremos suavemente; más vale que el hueco sea amplio, ya que la masa crece al freírse y un agujero pequeño podría terminar cerrándose.
Calentaremos el aceite de girasol en una sartén honda hasta unos 160 °C y mantendremos esa temperatura de forma estable. Freiremos los roscos en tandas para que tengan espacio de crecer, girándolos múltiples veces durante unos tres o cuatro minutos, hasta que queden dorados.
Tras sacar la primera tanda lo recomendable es comprobar si está bien hecho por dentro. Los sacaremos del fuego con una espumadera, y los dejaremos unos segundos sobre papel de cocina, sin apilarlos, y cuando estén más templados los pasaremos por el azúcar para rebozarlos. Después, los dejaremos enfriar.
Si al comprobar la primera tanda quedan dorados por fuera y crudos en el interior es porque la temperatura estaba más alta o porque realizamos particiones de masa muy gruesas. Una vez fríos lo mejor es guardarlos en un táper, y guardarlos lejos de cualquier fuente de humedad y calor.
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