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Opinión - ¡Busquen al hombre!, por Elisa Beni

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Contrapoder es una iniciativa que agrupa activistas, juristas críticos y especialistas de varias disciplinas comprometidos con los derechos humanos y la democracia radical. Escriben Gonzalo Boye (editor), Isabel Elbal y Sebastián Martín entre otros.

¿Hacia una confluencia de corto alcance?

El curso ha comenzado con una rectificación notoria por parte de la dirección de Podemos. Lo que hasta hace pocas semanas parecía un error estratégico abominable, la formación de un Frente de Izquierdas, o una iniciativa despreciable, por Ahora en Común, ha pasado a convertirse en una receta aceptable, lo primero, y en una plataforma imprescindible, la segunda. Los seguidores más incondicionales y acríticos del joven partido, y los que irrumpieron enérgicamente con vivas pretensiones de convertirse en sus intelectuales orgánicos, deben de andar algo extraviados ante este último bandazo, por no hablar de aquellos que dejaron de sentir la llama del «frente amplio» en su interior nada más abandonar Izquierda Unida.

No se conocen los motivos concretos de la rectificación, pues los portavoces de Podemos han vuelto a decantarse por la nociva disociación entre la vida real y la imagen oficial del partido, presentando su estrategia electoral como si no se hubiese alejado un palmo de los planes originarios. El lector de prensa supone, sin embargo, que, ante el descenso sostenido en las encuestas y el endurecimiento de las críticas, el candidato a la Moncloa, al fin y al cabo quien va a poner la cara el 20 de diciembre, ha debido de dar un golpe en la mesa, tomar las riendas y advertir al sector errejonista que esta vez las cosas se van a hacer a su manera. Una manera que todos los que hemos abogado en los últimos meses por la confluencia celebramos, pero que, por lo que van difundiendo los medios, continúa siendo a todas luces insuficiente.

Tal y como van ordenándose los acontecimientos, la fórmula resultante podría ser más o menos esta: Podemos ya tiene elegidos a sus sesenta primeros candidatos para todas las listas; en algunas comunidades, como Cataluña, Valencia o Galicia, la distribución final se acordará con los partidos y movimientos de izquierdas allí arraigados, y en las restantes, como Andalucía, se convergerá con plataformas –posiblemente Ahora en Común–, que deberán designar a sus respectivos candidatos a través de un procedimiento de primarias, para integrarlos después en una lista previamente ocupada por los candidatos de Podemos. Los electores podrán encontrar así, en estos territorios, el día de las elecciones, una papeleta, con el nombre aproximado de «Podemos en Común», que unifique todas las propuestas y sensibilidades por el cambio.

Aunque a la desembocadura de todo el proceso podríamos contar con un final feliz, el procedimiento para alcanzarlo habría desechado en el camino demasiadas oportunidades como para poder conseguirse el resultado electoral apetecido.

Lo primero que se encuentra en disputa desde el comienzo de la gran contestación a la directiva de Podemos es su método de designación de candidatos. La confluencia actual no debería refrendar, a posteriori, esta metodología ni sus resultados. Solo forzando los términos puede denominarse al procedimiento utilizado en julio como primarias. Se trató, en realidad, de un plebiscito, donde los inscritos en el partido debían decidir entre ratificar al líder y a sus elegidos o rechazarlos, acogiéndose a una lista marginal, desconocida, irrelevante. Las primarias, como ahora diremos, implican otra cosa. Se empleó, además, una forma centralizada y personalista de nominación, alejada de todas las realidades locales y, peor, a despecho de las propias instancias provinciales del partido. Como ha recordado Rafael Escudero en estas páginas, se resucitó con ello la tan poco honorable figura del «cunero». Y, por último, el índice de participación fue tan escuálido, que su celebración oficial volvió a restar credibilidad al partido y la legitimidad conferida a los ganadores no pudo sino resultar notoriamente débil.

La confluencia, para ser plena, debería garantizar que las listas finales se eligiesen en su totalidad –incluidos los candidatos de Podemos– a través de unas primarias reales, abiertas y disputadas, tanto de ámbito provincial, para las listas de circunscripción, como de distrito estatal, para la candidatura a la presidencia del Gobierno. Esto implicaría dualidad o pluralidad de aspirantes a encabezarlas, debate entre proyectos diferenciados y contraste entre propuestas concretas para la provincia y para el país, elaboración abierta de censos y jornada presencial de elección. Quienes desprecian estos métodos participativos en nombre de la eficacia electoral olvidan que su pertinencia no se debe solo a razones de pureza democrática, sino también a motivos de eficiencia electoralista. Un proceso de este género despertaría gran relevancia mediática a través de debates, entrevistas y artículos en los medios locales y estatales; pondría en contacto a personas políticamente afines; serviría para tejer y reforzar redes; sustentaría, en fin, una presencia pública sumamente valiosa en tiempo de precampaña.

Según se ha insinuado, son, además, motivos de esta índole los que desaconsejan el destierro de Alberto Garzón a Málaga para garantizar la candidatura a la presidencia de Pablo Iglesias. Basta imaginar la trascendencia política de unas primarias con ambos líderes como aspirantes para percatarse de sus beneficiosos efectos electorales. Siendo simultánea la designación por primarias de las listas provinciales y la nominación estatal del candidato a la presidencia, la participación en las primeras se intensificaría muy probablemente. El foco de atención se centraría en esas semanas en este proceso electivo, jalonado por debates televisados y sondeos en portadas. La expectación generada bien podría reanimar el pulso de las fuerzas del cambio y volver a colocarlas en un nivel de resultados equiparable al del PSOE, que no contaría, ni de lejos, con semejante apertura pública en vísperas de las elecciones.

Para lograr estos propósitos, habría que colmar todavía otro requisito, evidenciado por las candidaturas municipalistas: el carácter preponderantemente ciudadano de los aspirantes a integrar las listas. Con la vista puesta en los comicios, el marco discursivo más favorable para las iniciativas transformadoras es el que opone, por un lado, a la vieja partidocracia turnista, responsable directa de la crisis, la corrupción y el secuestro institucional que padecemos, y por otro, a los miembros activos de la sociedad civil que aspiran a reapropiarse de las instituciones para depurarlas de inercias clientelares y volver a colocarlas en beneficio del común. Pero ese marco no puede ser exclusivamente retórico ni lingüístico. Debe encarnarse en la propia trayectoria de los miembros de las listas unitarias.

Es aquí donde Podemos satisface las exigencias, pues sus candidatos eran, hasta hace dos días, ciudadanos rasos comprometidos contra los recortes y la merma de derechos. No sucede lo mismo con otro de los actores de la confluencia, Izquierda Unida, que arrastra un considerable lastre de burócratas de aparato que proyectan con nitidez al público los males de la partidocracia. Unas hipotéticas primarias en Ahora en Común sin la presencia de Podemos darían un peso específico aplastante a los cuadros del PCE, permitirían su desembarco sistemático y tornarían demasiado previsibles los resultados. De este modo, a la postre, el tortuoso proceso de la confluencia habría recurrido a los métodos participativos solo como recursos molestos, cuyo riesgo e incertidumbre hay que minimizar, y de función exclusivamente cosmética, para disfrazar lo que en sustancia sería un pacto entre las direcciones de Podemos e IU.

Esto, naturalmente, no pasaría desapercibido a nadie. La credibilidad de la dirigencia de Podemos, que ha sido implacable en su ataque a esta posibilidad, continuaría resintiéndose, y todo el caudal humano procedente de los movimientos sociales, solo capitalizable con fórmulas abiertas y ciudadanas, podría terminar desechado. Una confluencia de este género podría asegurar mayor presencia parlamentaria, vale, pero sería todavía una apuesta perdedora. Y es que con la receta de un Podemos-IU más o menos encubierto, confluyendo desde arriba, se perderían muchos de los bienes procurados por unas primarias completas y reales, con los ciudadanos como protagonistas y la lealtad a unos pocos y consensuados principios programáticos como argamasa de la formación resultante.

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9 de septiembre de 2015 - 20:30 h

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