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Cultura

Ismael Serrano: “Cuando pase todo esto y nos pregunten a los músicos dónde hemos estado, me gustaría saber qué vamos a decir”

Dos décadas sobre los escenarios de medio mundo no le han hecho perder un ápice de pasión

El cantautor madrileño, en plena gira de 'Todo empieza y todo acaba en ti', habla del papel de la cultura y la música en tiempos convulsos

Ismael Serrano habla del papel de la cultura y la música en tiempos convulsos

Ismael Serrano habla del papel de la cultura y la música en tiempos convulsos

Asegura no temerle al compromiso y defiende a capa y espada la canción de autor como vehículo imprescindible no solo para la transmisión de ideas sino también, como lo fue en otro tiempo, de vínculo de unión de la ciudadanía. Inmerso en su larguísima gira española tras la publicación de su octavo disco de estudio, Todo empieza y todo acaba en ti, el cantautor Ismael Serrano (Madrid, 1974) analiza la actual situación política, social y cultural en nuestro país y otras realidades que le son próximas como la de Palestina o Latinoamérica, donde ya es el tercer artista más admirado del continente.

¿Es la canción de autor un género denostado?

Creo que sí. Existe el cliché del cantautor como algo aburrido, anacrónico, una etapa superada y que no tiene visos de ser masivo porque es una música para élites, muy reducido... Y no es verdad. Creo que tiene que ver con el desprecio a todo lo que suene a cultural. No le pasa solo al cantautor, hay una palabra que define muy bien ese desprecio y es cultureta. En España, lo intelectual, lo que conlleve un exceso de profundización es algo que hay que rechazar porque es aburrido... Aunque es curioso porque parece que solo ocurre con la canción de autor local. Se da como una doble vara de medir según sea su nacionalidad.

¿Preferimos lo de fuera?

Claramente. Si tú dices que tus referencias son Paco Ibáñez, Luis Eduardo Aute, Joan Manuel Serrat, Pablo Guerrero puedes resultar anacrónico, demodé...Sin embargo, si tus referencias son Bob Dylan, Leonard Cohen, Joni Mitchell, Neil Young, que son de la misma generación pero norteamericanos, entonces eres un tipo cool, un tipo que está en la onda...

¿Por qué cree que ocurre eso?

En la canción de autor pagaron justos por pecadores, precisamente por ese pacto de silencio y de miedo que se impuso con la Transición y que conllevaba que cualquier expresión artística que tuviera un mínimo contenido político y que se comprometiera de forma explícita fuera denostada, dada de lado y mirada con recelo.

Sin embargo, aquellos cantautores jugaron un papel muy importante como vínculo de unión de la ciudadanía.

Totalmente. Es que yo creo que para eso sirve la música, para generar espacios de encuentro.

¿Y por qué no funciona ahora?

Pienso que desde la Transición hasta ahora, la ciudadanía ha perdido conciencia en lo que respecta a su capacidad para influir, ha perdido protagonismo político que en tiempo de los cantautores de nuestros padres sí tenía. Se sentían protagonistas de la Historia, sabían de su capacidad para influir y por eso salían a la calle o la ocupaban. Sabían de su poder como trabajadores organizados, por ejemplo, y del poder de influencia que tenía una huelga, una marcha, cosa que ahora se ha diluido totalmente.

Pero la gente está todos los días en la calle.

Ahora sí. En Madrid desde luego, los médicos, los abogados... Ha habido una huelga general... Pero luego ves las intenciones de voto y te quedas igualmente patidifuso y dices ¿pero qué está pasando aquí?

En su último disco, dedicó la canción Despierta al movimiento 15-M. ¿Nos hacía falta despertar?

La verdad es que Despierta la escribí antes del 15-M, era una llamada. Una de las cosas que me llamaba la atención entonces era el hecho de que la sociedad vivía en un letargo, que el estallido social no hubiera ocurrido antes. Estaban pasando cosas gravísimas y me daba la sensación de que la gente miraba con una resignación los acontecimientos que me dejaba pasmado. Aún hoy, después de haber pasado el 15-M, me pasma un poco la resignación con la que vivimos todos la marea de acontecimientos. Es terrible.

¿Y en qué momento cree que se encuentra el 15-M?

Yo creo que en el 15-M estamos mucha gente, que nos podemos sentir integrados todos aquellos que cuestionamos el sistema y que somos exigentes. Somos muchos los que estamos indignados con el sistema y queremos cambiarlo, pero también muchos los que están indignados porque el sistema no les ha hecho su sitio, les ha desplazado y lo único que quieren es entrar, no cambiarlo. Una vez que les integre de nuevo dejarán sus movilizaciones. Son posturas bastante diferentes y habría que ver qué peso tiene cada una de ellas.

¿El movimiento es influyente?

El 15-M ha aportado muchísimas cosas que aún hoy tienen huella. Esa vocación horizontalista, asamblearia...Yo creo que eso ha generado un hábito en las mismas estructuras que los propios partidos convencionales van a tener que incluir. Muchas de las propuestas se están incluyendo ya en las agendas políticas, así que su capacidad de influencia es incuestionable. El hecho de que mucha gente joven que veía el debate político desde lejos se haya acercado a él, participando en las asambleas, es sumamente positivo. Ahora bien yo, que quizá me equivoque pero es mi forma de pensar, creo que hemos pecado de un cierto infantilismo.

¿Infantilismo?

Sí, el que nos ha hecho desechar cualquier tipo de estructura organizativa, huyendo del verticalismo. Huir del verticalismo no quiere decir dejar de lado estructuras que permitan articular el funcionamiento de un movimiento, porque de otra forma creo que se va a diluir. Y me temo que el hecho de que el 15-M no necesite de portavoces o de líderes no responde solamente a una cuestión de opción ideológica, sino también a un cierto desamparo. Estamos huérfanos de liderazgo, y no digo solo desde el punto de vista político, sino desde un punto de vista ético. Un liderazgo intelectual no vendría mal, como lo tuvieron otro tipo de movimientos.

¿Faltan referentes?

Exacto. Faltan referentes de estructuras porque hay un cierto desconcierto. Yo no puedo aceptar el "no somos ni de izquierdas ni de derechas". No puedo coincidir en los planteamientos ideológicos de la ultraderecha que son exactamente esos: el desprestigiar a la política, el desechar el debate político. No existen dos formas, existen muchas formas de entender el Estado y eso es política. Puedes creer en un Estado que articule o creer en la ausencia de Estado. Son dos posiciones ideológicas que definen una izquierda, una derecha... Luego se puede matizar o no pero eso está ahí y no está superado. El hecho de eludir el debate ideológico hace que la derecha tome siempre la iniciativa en ese debate. No tienen ningún tipo de complejo mientras que la izquierda sí, a la hora de definirse ideológicamente, de adoctrinar y de proclamar su doctrina.

¿Y en la música? Resulta curioso volver a escuchar en las movilizaciones del 15-M las viejas canciones de Paco Ibáñez, por ejemplo.

Yo creo que eso tiene que ver también con esa falta de liderazgo, de referentes. Es como los chavales que llevan la camiseta del Che porque no hay muchos rostros a los que uno pueda incorporar a una iconografía, por así decir, de rebeldes y de luchadores. De ahí que se recuperen canciones de Paco Ibáñez que siguen teniendo vigencia.

¿Es, también, una manera de reivindicarlos, de hacerles justicia?

Desde luego. Es que esa gente se jugó el tipo por nosotros. Es que esa gente ha estado en la cárcel, la metían en la Dirección General de Seguridad y salían apaleados. ¡Que Elisa Serna, el propio Paco Ibáñez o incluso Serrat se tuvieron que ir de este país! ¿Cómo no podemos ser capaces de hacer un reconocimiento a toda esa gente? Su labor como altavoz fue clave, amplificaban un sentir general y con ello hacían sentir menos sola a la gente, sabían que no estaban solos en el cuestionamiento de la realidad. Lo que pasa es que, desde los años setenta hasta ahora, ha habido un proceso de atomización de la sociedad que nos ha hecho perder vínculos entre unos y otros a todos los niveles, desde el punto de vista laboral e incluso vecinal. Los barrios eran otra cosa y las relaciones entre los trabajadores también. La precarización y el miedo se ha instalado de tal forma en nuestras vidas que ha ido diluyendo esas antiguas relaciones.

¿La precariedad laboral influye en nuestra manera de relacionarnos?

Creo que sí. Antes tu compañero de trabajo era parte de tu familia, se compartían los eventos familiares, se veraneaba en el mismo sitio... Ahora somos totalmente desconocidos porque la precariedad y la movilidad laboral, la flexibilidad es tal que apenas te vinculas al trabajador. Tener un trabajo es tal privilegio que te olvidas de los derechos y de las condiciones en las que trabajas. Eso es accesorio cuando lo importante es tener trabajo. Y a nivel vecinal ocurre lo mismo.

¿Un individualismo excesivo?

Sí. Yo me crié en un barrio como Vallecas con una comunidad vecinal muy estrecha, muy participativa. Se estaba muy pendiente los unos de los otros, casi de manera familiar. Cuando mi madre tenía que ir a algún sitio, me dejaba en casa de los vecinos. Para mí eran como mis tíos, unas relaciones familiares que se han perdido absolutamente a todos los niveles. Por eso pienso que el cantautor ha perdido capacidad para influir, porque en una sociedad atomizada volver a establecer esos vínculos es casi un clamor en el desierto en muchos aspectos.

Sin embargo, en Islandia fue precisamente un cantautor, Hördur Torfason, quien prendió la cerilla que logró el cambio.

Claro, la música tiene esa capacidad e Islandia, que es una comunidad muy pequeña, fue receptiva a ello. Aquí, además de una sociedad atomizada, tenemos otro problema: cuando pase todo esto y nos pregunten a los músicos dónde hemos estado, me gustaría saber qué vamos a decir. Y ni siquiera hablo de canciones más combativas, que también -me sorprende que se mire a la realidad y que no inspire como para agarrar la guitarra-, sino a la hora de adherirse públicamente, de estar ahí con la gente. Porque a los actores les ves siempre en primera línea de combate, toman el Teatro Español... Pero los músicos...

¿Dónde están los músicos?

Eso es: ¿dónde están los músicos? Al final te da la sensación de que los músicos hemos sido unos niños pijos hasta ahora, consentidos, que hemos vivido muy bien hasta que las cosas han venido mal dadas y ahora no queremos movernos, tan pendientes de nuestras propias carreras, de nuestras propias proyecciones que nos ha hecho desvincularnos de la sociedad de la que somos fruto. Quizá por eso, hoy por hoy, cuando les preguntan a los jóvenes si son cantautores ponen un gesto raro. No quieren reconocerse como tales por las puertas que se puedan cerrar.

¿Quizá la reflexión que propone la canción de autor no encaja en el mercado de la música actual?

Es cierto. Una de las cosas que impone la llegada de la democracia es que la cultura tiene que ser puro entretenimiento y la música, como muchas otras expresiones artísticas, es tratada como objeto de consumo de usar y tirar.

Precisamente, no hace mucho que el Ministerio de Hacienda, ratificado por el de Cultura, ha considerado un gran número de actividades culturales como "entretenimiento" para justificar su subida del IVA del 8 al 21 %.

Es que esto define completamente el asunto. Ahora se trata de cultivar el acriticismo en la gente y la cultura, por eso tiene que ser una evasión permanente, sin reflexión. Para no ahondar sobre el mundo en el que vivimos, para no caer en la cuenta de que existen alternativas.

¿Alternativas a los recortes?

Rajoy dice que hace lo que tiene que hacer porque no hay otra alternativa, como si este tipo de políticas y ajustes tuvieran un carácter científico ineludible. Se habla de los ajustes con un fatalismo que lo que intenta es quitar contenido ideológico, porque estos ajustes responden a una ideología. Se debe tener a la gente contenta y alienada en esa disposición de que hay que eludir el debate político, el debate de las ideas. Pan y circo. Es el fin de la Historia de Fukuyama.

¿Miente, entonces, Rajoy?

Lo que me llama la atención es que un político se atreva a decir que no hay alternativas a estos recortes y no caiga en la cuenta de que eso es asumir un fracaso. No ofrecer alternativas a ajustes terribles que va a padecer la mayoría de la población y la gente más desprotegida supone un fracaso de la política. El ejercicio de la política es ser capaz de presentar alternativas que resuelvan los problemas de la gente, no que los agraven. Por eso me sorprende que haya que asumir las tasas de paro o la pérdida de derechos como realidades ineludibles... Eso es un gran fracaso.

El argumentario dice que "hemos vivido por encimas de nuestras posibilidades". ¿Qué opina?

Ese relato ficticio de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades no es otra cosa que decir que esos derechos no nos lo merecíamos, que no nos pertenecían. Es un ataque, un torpedo en la línea de flotación a los derechos adquiridos casi en tiempos de la Ilustración. Hay un ejercicio de dar marcha atrás en la Historia que me parece preocupante. Y lo peor de todo es que nos puede llevar a una situación tan insostenible que solo pueda desembocar en violencia, con el rostro más violento del conflicto social.

¿Ve algún tipo de contradicción entre ser reivindicativo con el sistema y trabajar con una multinacional que forma parte de ese sistema?

Bueno, yo no soy propietario de la multinacional. Soy un trabajador privilegiado que no recibe una nómina sino un mínimo porcentaje de los discos que se venden. Pero no dejo de ser un trabajador, no desarrollo sus políticas, ni siquiera participo en el orden de sus prioridades. Mi relación tanto con el mercado como con la compañía es mínima. En cierta forma es como si responsabilizaras a un trabajador de Iberia de las decisiones que está tomando el Comité Ejecutivo. Mi relación con las compañías es de negociación permanente, como las que pueda tener cualquier trabajador.

¿A qué se refiere?

Yo tengo capacidad de decisión en lo artístico. En el momento en el que en ese aspecto hubiera cualquier tipo de injerencia rompería mi relación. Lo saben y lo respetan. Pero sí hay una negociación en tanto en cuanto tengo que exigir que se cumplan unos compromisos promocionales, de producción, presupuestarios a la hora de hacer mis discos. Esa es una eterna lucha en la que, por lo general, salgo perdiendo. Mi relación, supongo, ha ido bien con mi discográfica mientras les he sido rentable. En el momento en que dejara de serlo, de una forma o de otra, me daría una patada.

¿Pero este modelo de consumo del que participa la industria discográfica no es responsable del mundo en el que vivimos, con el que usted es tan crítico?

Es cierto. Se ha fomentado el consumo inmediato y se responsabiliza a la industria. Pero nos equivocamos desde el punto de vista del término. Que haya un tejido industrial no es un problema. La industria lo que permite, por ejemplo, es que los músicos, entre muchos otros, nos profesionalicemos. El problema es el modelo de industria. Podríamos hablar de marxismo-leninismo: de a quién pertenecen los medios de producción, de cómo se desarrollan las carreras, de los manejos que se hacen en una estructura capitalista de mercado como la que vivimos. La industria musical no es el problema, el problema es cómo se ha gestionado, el modelo de consumo voraz que ha maltratado al músico y al oyente y que ha impuesto unas condiciones leoninas de mercado feroz, de darwinismo puro y duro como en muchas otras industrias.

Existe un oligopolio con tres grandes empresas, Universal, Warner y Sony BMG, que controlan el 80% del mercado mundial discográfico.

Ese es el gran problema. Y sí, en este punto yo tengo contradicciones precisamente porque mis discos los distribuyen una de esas multinacionales. La alternativa sería trabajar de forma independiente, pero mi carrera se desarrolla también en gran parte en Latinoamérica y pienso que para mí sería totalmente imposible. Conllevaría que yo no solamente me dedicase a la música, a componer y cantar, sino que tendría que entrar en unas parcelas de negocio y a ocupar mi mente en otras cosas que me desprofesionalizarían, me llevarían a algún punto en el que yo creo que el músico no debería estar.

¿Imposible no participar del sistema entonces?

No participar del sistema es imposible a no ser que seas alguien que viva al margen. Y creo que eso debe ser bastante difícil. Así que, en ese sentido, todos tenemos nuestras luchas y contradicciones. Es que desde el momento en el que me veo consumiendo cosas que no necesito al cien por cien, me siento en contradicción conmigo mismo. Digamos que como todo ser humano convivo con ellas como buenamente puedo. Pero no solamente por el lugar en el que trabajo sino también con el día a día en el que uno se tiene que enfrentar con esas contradicciones de participar en un sistema que quiere cambiar. Creo que lo natural es ser consciente y debatir con uno mismo sobre ello. No soy ningún santo, pero trato de hacer mi trabajo de forma honesta y de contribuir en la medida que pueda a cambiar las cosas con mi trabajo, pero también con mi militancia, mi activismo en unas y otras causas, como manejan muchos otros trabajadores probablemente sus mismas contradicciones.

¿El sistema fagocita lo que le es incómodo para desactivarlo?

Es un hecho. Es el viejo ejemplo de la camiseta del Che como si se tratase de una moda y vaciando de contenido la figura reivindicativa. Efectivamente, es uno de los mecanismos que tiene el sistema para desarticular cualquier tipo de llamada a la rebelión.

¿A usted le ha ocurrido con su música? ¿Cree que ha podido ser utilizado?

Una vez que fui a Crónicas Marcianas, tratando de desprenderme de prejuicios, pero al final te das cuenta de que todo se vacía de contenido. Recuerdo que empecé a cantar y empezaron a bailar a mi alrededor, se desvirtuó totalmente y me sentí incómodo. Eso me enseñó que yo ahí no pintaba nada, que no siempre tu mensaje va a llegar porque es capaz de desvirtuarse. Debe de haber una permanente lucha precisamente para que eso no ocurra y darle credibilidad a lo que dices, porque crees en ello y crees que puede influir, con honestidad, con tus actos, con tu día a día.

Ha cedido íntegramente los derechos de su canción Luces errantes al Comité Español de la UNRWA (Agencia de la ONU para los refugiados en Palestina). ¿Cuál es su relación con la agencia?

La UNRWA es un verdadero estado dentro del estado palestino, en el sentido de que ofrece servicios propios de un estado para millones de refugiados en los campos. Este tipo de agencias se nutre con las donaciones de los estados. Al entrar en crisis, las donaciones se redujeron con lo que las agencias se vieron en la circunstancia de tener que pedir ayuda a la ciudadanía directamente. En este contexto, participamos en un proyecto increíble y fuimos a grabar Luces errantes con un coro de niños del Conservatorio de Música Edward Said en Ramallah.

¿Cómo fue la experiencia?

Fue uno de los viajes más emocionantes que he hecho en toda mi vida, sin duda, para bien y para mal. Para mal por ver una realidad de hostigamiento diario y cotidiano. Y eso que no conocimos Gaza, que es mucho más duro. Pero sí estuvimos en Cisjordania y ya los problemas de movilidad con los que nos enfrentamos nosotros siendo extranjeros fueron muchos, con lo que se puede uno imaginar lo que será para un palestino para el que su movilidad está sumamente restringida y hay un hostigamiento permanente. Los derechos más elementales se ven vulnerados diariamente y los chavales palestinos crecen con eso y con el anhelo de querer regresar a sus casas.

¿Y para bien?

Lo positivo es ver a tanta gente en situaciones de conflicto límite que de forma tan desinteresada, desprendidos totalmente, colaboran y trabajan, en este caso con niños. Te emocionan. Te reconcilian. Por eso, cuando hay gente que cuestiona el relato que uno pueda hacer de lo que ocurrió allí, les pido que se acerquen a esa realidad como sea. Si no se puede ir viajando, solo con los datos que manejan organismos internacionales de probada independencia. Solo con esos datos uno no puede permanecer impasible y no darse cuenta de que la desproporcionalidad y los agravios entre unos y otros son históricos. Por eso es vergonzoso que la comunidad internacional no tome parte para frenar el hecho de que el estado israelí esté socavando los derechos más elementales de un pueblo que merece mucha más atención de la que tiene.

¿Cree que la incorporación de Palestina como estado observador de la ONU puede cambiar algo la situación?

Sí, de hecho ya la ha cambiado. Israel es consciente de esto y por eso está acelerando los nuevos asentamientos. Y ha cambiado desde el momento en el que Palestina puede acudir a la Corte Penal Internacional para presentar sus demandas.

¿Ve viable algún tipo de solución?

Tal y como está Cisjordania en ese contexto creo que la viabilidad de dos estados merece un debate serio. Lo ideal, y quizá la situación más improbable, sería un único estado en el que palestinos y judíos pudieran vivir. Aunque parezca lo contrario, son muchos los intelectuales palestinos que están diciendo que es la única solución o, al menos, más viable que la existencia de dos estados. Es una situación de tantos años y de tal complejidad que merece una solución urgente cualquiera que sea. No obstante, habrá que ver qué solución es viable con la tutela de la comunidad internacional en Palestina.

¿A qué se refiere?

Por ejemplo, los israelíes no van a dejar que cuatro millones de palestinos vuelvan. No todos están en Cisjordania o en Gaza, ni van a caber allí. El tema de los refugiados tiene que estar en la agenda de negociaciones. Israel no los quiere. Creo que la comunidad internacional tiene que ser contundente y hacer que se respeten los acuerdos. Que se derrumbe el muro, por supuesto. Que se respeten las fronteras que no se han respetado. Porque el muro tiene muchos más kilómetros que las fronteras. Que haya un reconocimiento del estado palestino y de los derechos de los palestinos a la autodeterminación.

¿No cree que los organismos internacionales han perdido credibilidad?

Totalmente. Europa es experta en hacer el ridículo en este tipo de asuntos por no tener ninguna capacidad para influir como potencia civil porque Estados Unidos es la potencia militar que presiona. La ONU ha perdido totalmente su credibilidad, no sé cuántas resoluciones de condena a Israel se han hecho...

¿Y no le parece que no han servido para mucho?

Sí, pero la Corte Penal Internacional es otra cosa. El hecho de que se juzguen por crímenes de guerra a ciertas personas que no puedan salir de Israel... Eso es otra cosa. De cualquier forma, creo que hay que fortalecer ese tipo de organismos por más que hayan perdido credibilidad. Y, desde luego, no se debe confundir lo que es la ONU, por ejemplo, con la multitud de agencias que está trabajando para ellos, que sí están haciendo un trabajo de campo muy eficaz. Hay que reivindicar el trabajo de la UNRWA que yo he visto y, por lo que respecta al Comité Español, es ejemplar.

Stevie Wonder ha cancelado su participación en la gala anual de la fundación Amigos de las Fuerzas de Defensa Israelíes. ¿Qué le parece?

¡Qué delicado! Bien, me parece bien... Hay una campaña de boicot internacional precisamente en lo que respecta a la Cultura...

El pasado verano hubo una gran polémica con el concierto de Serrat y Sabina en Tel Aviv.

Sí... Pero, claro, los boicots... A veces se está castigando de forma tan indiscriminada que a mí me pone ante un dilema moral. De la misma forma en la que los bloqueos o lo embargos comerciales castigan a la población, este tipo de embargos culturales también. Hacer responsable a toda la población de los desmanes del Estado... Es cierto que la mayor parte de la opinión pública israelí apoya de forma masiva las políticas de su gobierno, pero no sé hasta qué punto a los cientos o miles de personas que fueron a ver a Joan Manuel Serrat, probablemente la mayor parte de ellos inmigrantes argentinos, se les puede responsabilizar de todas esas cosas. De cualquier forma, este tipo de medidas puede servir como presión para que la ciudadanía tome conciencia de los excesos de su gobierno, para que llegue hasta ellos el rechazo internacional. Por eso tengo mi dilema.

¿Usted qué haría?

Yo, personalmente, no iría. No me sentiría cómodo.

Ismael Serrano es el tercer artista que más localidades vende en Latinoamérica. ¿Por qué cree que su trabajo tiene más reconocimiento allí que aquí?

Allí siempre ha habido un respeto muy grande por los cantautores que vienen de aquí. Yo creo que en Latinoamérica el debate siempre ha estado vivo y en ese sentido siempre ha habido un gran respeto por la música de la palabra, de la poesía. Lo cultural siempre se ha mirado desde otra perspectiva, no se da ese desprecio por lo intelectual como en España. Todo lo contrario, ha sido un valor añadido, algo a lo que mirar. Y siempre se le ha valorado mucho el compromiso por los procesos históricos que les ha tocado vivir con dictaduras muy terribles.

Se han hecho muchos paralelismos de nuestra situación actual con la crisis de 2001 en Argentina. ¿Se afronta igual?

Recuerdo que una de las cosas que supuso la crisis del 2001 fue una revalorización de la música nacional muy importante. La gente iba a los conciertos muy motivada, buscando esos vínculos de los que hablábamos y que te permitían levantar la mirada. Me sorprende que aquí no se viva de la misma forma.

Aute dice que Europa se ha convertido en "un gran museo de las ideas".

Sí, él dice que así como Latinoamérica es un continente vivo y efervescente, Europa es un gran museo donde el tiempo se ha estancado en un punto detenido. Es cierto.

¿También en su visión política?

Hay una nueva generación de políticos, con sus pros y con sus contras, que se han atrevido a proponer alternativas, modelos propios más allá de todas las injerencias con las que se tienen que enfrentar. Modelos propios, locales, que también respondan a su propia idiosincrasia y en los que se mezclan valores nacionalistas, indigenistas y sociales que me parecen muy interesantes. Creo que tiene que ver con la forma apasionada con que se vive todo: la cultura, la política, y todo en general en Latinoamérica.

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