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Cultura

La historia de Studio Ghibli a través de las películas que ya se pueden ver en Netflix

Repasamos lo que han significado para el estudio nipón y la animación de todo el mundo los siete títulos que la empresa de la gran 'N' roja ha añadido a su catálogo

Imágenes de algunas de las cintas del estudio nipón que llegan al catálogo de Netflix

Imágenes de algunas de las cintas del estudio nipón que llegan al catálogo de Netflix

Siendo honestos, en España no era tarea fácil ver las películas del Studio Ghibli. No ya porque el cine de animación japonés tenga sus propios vericuetos en cuanto a distribución cinematográfica se refiere, sino porque una vez exhibidas en salas era realmente complicado poder rescatarlas de forma legal.

En nuestro país, Vértigo Films cuenta con los derechos de ocho títulos que ha editado o editará en versión doméstica, amén de haber reestrenado Mi vecino Totoro cuando cumplió treinta años. Selecta Visión tenía otra licencia, mientras que eOne Spain ha editado cinco títulos más, también en formato doméstico. Una confusión de de derechos considerable.

El estudio, no obstante, cuenta con más de dos decenas de películas y solo una se podía ver en legalmente en streaming: La tumba de las luciérnagas estaba en Netflix y Filmin. El resto, nada: ni en HBO, ni en SKY, ni en ningunas de las dos mencionadas —aunque en Filmin sí están disponibles El castillo de Cagliostro y Los mejores casos de Sherlock Holmes, obras de Miyazaki previos a la fundación del estudio—.

Esto se debía a una política bastante conservadora por parte del estudio nipón, que se había negado durante años a ceder los derechos de exhibición online de sus películas. Al final ha sido cuestión de cheque: Netflix estrenará todas las películas de Studio Ghibli a tandas de siete títulos los próximos tres meses. Eso aquí: curiosamente en Estados Unidos y Canadá se les ha adelantado WarnerMedia, que los ha adquirido para HBO Max. Sea como fuere, los amantes de la animación están de enhorabuena, y para celebrarlo repasamos los siete títulos que están disponibles en la plataforma desde el 1 de febrero.

El castillo en el cielo (Hayao Miyazaki, 1986)

Al contrario de lo que se cree, Nausicaä del Valle del Viento no es una película de Studio Ghibli, sino del desaparecido Topcraft. Allí trabajó Hayao Miyazaki antes de que, junto con Isao Takahata y Toshio Suzuki, fundasen la empresa de Totoro. Su primera película oficial, la que presentaba en sociedad a la compañía, fue El castillo en el cielo.

Cuando aún era un adolescente, al que sería director de El viaje de Chihiro le fascinó la leyenda de Laputa, una ciudad que flotaba en el cielo. Siempre había querído abordar esa leyenda relacionada con un pasaje de Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift. Y así lo hizo en 1985 con El castillo en el cielo, una película de fuerte impronta a aventura clásica que, si bien no tuvo el éxito de Nausicaä, sí les permitió ponerse con la producción de un programa doble en cines formado por La tumba de las luciérnagas y Mi vecino Totoro

Mi vecino Totoro (Hayao Miyazaki, 1988)

Sin Mi vecino Totoro no hubiese habido Studio Ghibli, y sin la compañía, la figura de Hayao Miyazaki jamás hubiese alcanzado la relevancia mundial de la que goza actualmente. Hay quien considera, de hecho, que la animación contemporánea no se entiende sin la trascendencia que este film tuvo a finales de los ochenta. Se estrenó, como decíamos, junto con La tumba de las luciérnagas de Isao Takahata, un título que ya se podía ver en Netflix antes de la reciente adquisición de derechos.

Pero Mi vecino Totoro no fue un rotundo éxito de taquilla. El fenómeno vino después: cuando la compañía empezó a comercializar merchandising de la película, conviertiéndose en un absoluto fenómeno cultural que salvaría a la compañía saneando su economía, y creando un icono cultural equiparable en muchos sentidos al de Mickey Mouse en occidente. Totoro, de hecho, se convirtió entonces en el símbolo de la compañía. Pero ahí no quedó el asunto: sentó las bases de lo que sería Studio Ghibli, popularizó una forma de entender la animación nipona, y abrió nuevos caminos inexplorados a nivel estético y narrativo en el cine infantil a nivel mundial.

Nicky, la aprendiz de bruja (1989)

Con Nicky, la aprendiz de bruja, Studio Ghibli refundó su modelo de negocio. El haber producido y estrenado dos películas simultáneamente había agotado los recursos de la recién nacida compañía hasta dejarlos tiritando. En 1988, Toshio Suzuki, productor del estudio, dejó su trabajo en la prestigiosa revista Animage para dedicarse a pleno rendimiento a sus funciones en Ghibli. La situación requería su intervención: gran parte de la plantilla de La tumba de las luciérnagas y Mi vecino Totoro había hecho muchísimas horas de más sin cobrarlas para llegar a la fecha de estreno.

Los trabajadores no estaban contentos y además, no tenían alicientes para volver a trabajar para la compañía, que les había pagado por obra y servicio. "Miyazaki consideraba esta situación insostenible y se fijó dos objetivos: conseguir que sus trabajadores obtuvieran un salario digno, y que a su vez se integrara un sistema de formación para los nuevos trabajadores del staff", afirma Laura Montero Plata en su ensayoEl mundo invisible de Hayao Miyazaki. Así fue: Nicky, la aprendiz de bruja fue la primera película de Ghibli con la plantilla en nómina del mismo estudio, y la que haría virar el modelo de producción para seguir fichando nuevo talento. La película fue un auténtico éxito en Japón y se convirtió en la más taquillera del país en el 89.

Recuerdos del ayer (Isao Takahata, 1991)

Isao Takahata volvía a la dirección tres años después de La tumba de las luciérnagas, y lo hacía con una pequeña historia sin asomo de fantasía ni alarde formal: un relato sobre el Japón rural enfrentado las vicisitudes del mundo moderno. Una cinta que conectó muy bien con una generación que empezaba la década llena de dudas y, en ocasiones, volvía a sus raíces alejadas de las grandes ciudades. Al fin y al cabo, ese mismo año, el país empezaba a vislumbrar la salida del túnel de la crisis provocada por el estallido de la burbuja financiera e inmobiliaria del 86.

La contratación de los trabajadores que se había llevado a cabo con Nicky, la aprendiz de bruja, había encarecido sobremanera los costes de cada película del estudio, algo lógico si tenemos en cuenta que en realidad no se estaba pagando lo que se debía. Con todo: Recuerdos del ayer también se convirtió en un éxito en taquilla en su país de origen, recaudando casi dos billones de yenes, el equivalente a 16 millones de euros. No consiguió distribuirse internacionalmente, aunque a nuestro país llegó en formato doméstico, y ahora también en VOD.

Porco Rosso (Hayao Miyazaki, 1992)

Porco Rosso es una de las películas más personales de Hayao Miyazaki, con perdón de El viento se levanta. El mismo nombre de la empresa que hizo Mi vecino Totoro es un homenaje a una de las filias del realizador: la aviación. De ahí que 'Ghibli' provenga del areonave Caproni Ca.309 Ghibli, y la palabra árabe ghibli, que significa 'viento de sureste'. El mundo de la aviación era un fetiche que Miyazaki llevaba clavado como una espinita desde la fundación del estudio. Y en Porco Rosso se desquitó ampliamente, homenajeando no solo a aviadores a los que admiraba, sino también a diseñadores aeroespaciales que habían inspirado su trabajo.

También a una de sus mayores influencias: Antoine de Saint-Exupéry, padre de El principito, pero también de Vuelo nocturno, una novelette de la que la película de cerdo aviador extrae múltiples referencias. Sin olvidar meter el dedo en la llaga con una profunda reflexión sobre la condición humana en tiempos de la Guerra de los Balcanes, que sigue plenamente vigente debido al repunte de los crímenes de odio contra los que siempre ha combatido Miyazaki. Durante algunos años, Miyazaki se planteó realizar una secuela de Porco Rosso que no llegó nunca a cuajar. Sea como fuere, este es uno de los títulos más de culto del estudio, y cuenta con algunas de las mejores líneas de su creador como la memorable "Prefiero ser un cerdo a ser un fascista".

Puedo escuchar el mar (Tomomi Mochizuki, 1993)

Con Puedo escuchar el mar, Studio Ghibli se la jugó y perdió. El estudio andaba en la constante búsqueda de nuevos talentos para contrarrestar un problema que llevaba arrastrando desde su misma fundación: el estudio recaía por entero sobre los hombros de dos personas; Miyazaki y Takahata, que en algun momento sopesarían la jubilación.

Así, delegaron en Tomomi Mochizuki, uno de los realizadores con más tablas del estudio que había trabajado en series como Maison IkkokuRanma ½,  un filme en apariencia pequeño, hermanado en esencia con el planteamiento estético de Recuerdos del ayer. Mochizuki se había encargado de la formación de un equipo nuevo de animadores, pero no consiguió que las cosas funcionasen como esperaba: se pasaron de presupuesto y de fecha. Además, Puedo escuchar el mar no conectó con la audiencia como lo había hecho la de Takahata y resultó un fracaso financiero.

Cuentos de Terramar (Goro Miyazaki, 2006)

Más de una década después del estreno de Puedo escuchar el mar, el problema de la sucesión en las altas esferas de Ghibli seguía siendo exactamente el mismo. Después del fallecimiento de Yoshifumi Kondō, el director de Susurros del corazón, que sufrió una aneurisma tras largos periodos de trabajo continuado y sin descanso, eran pocos los nombres que destacasen en la cantera de Studio Ghibli con la suficiente fuerza como para dirigir su propia película.

Cuentos de Terramar se convirtió en la primera película de Gorō Miyazaki, hijo del director de El viaje de Chihiro, que hasta entonces se había encargado de dirigir el museo Ghibli de Mitaka pero no tenía demasiada experiencia en la animación. La decisión, tomada por Toshio Suzuki, se enfrentó a la negativa del propio Hayao Miyazaki, que criticó que no se hubiese ascendido a alguno de los animadores formados bajo su mandato. Con la guerra abierta en sus propias filas, Cuentos de Terramar, adaptación de las novelas de Ursula K. Le Guin, se estrenó sin pena ni gloria. No terminó de convencer ni a crítica ni a público, a pesar de ser una película de una belleza formal arrolladora.

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