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Cultura

Mercedes Cebrián: “La idea de lo cosmopolita también es muy paleta”

El genuino sabor reflexiona sobre la construcción de recuerdos, nuestra identidad como Marca España y nuestra provinciana costumbre de pensar que lo extranjero como lo mejor, todo a través de las experiencia de una gestora cultural en Londres

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La escritora Mercedes Cebrián// Foto: Daniel Mordzinski

La escritora Mercedes Cebrián// Foto: Daniel Mordzinski

La escritora Mercedes Cebrián (Madrid, 1971) tiene la habilidad de retratar un mundo que nos suena a todos, nutriéndolo de un lenguaje extraño que obliga a detenerse a pensar. Eso ocurría con los relatos El malestar al alcance de todos o en las dos nouvelles de La nueva taxidermia, y eso vuelve a suceder con su primera novela, El genuino sabor.

Recién publicada por Literatura Random House, la novela retrata la historia de Almudena, una ciudadana de mundo que se marcha a Londres para trabajar en gestión cultural y ‘vender España’, un universo que ella conoce bien. Sin ser un retrato de la precariedad en la que viven tantos jóvenes que han abandonado el país en los últimos meses, sí refleja -y critica- cómo lo extranjero no supone siempre una aventura excitante.

El genuino sabor recuerda que eso de ‘lo cosmopolita’ ni es cool, ni hipster, ni guay. Después de pasar unos meses en Filadelfia con un trabajo de investigación, Mercedes se siente más Almudena que nunca.

¿El genuino sabor es el jamón?

Lo del jamón es simplemente para dar un poco de toque de sabor, pero la novela no tiene mucho que ver con eso. Para mí, el genuino sabor es todo lo que uno rastrea, dónde está España, cuál es su genuino sabor, y no se acaba de saber. Y no solo lo culinario, sino lo identitario. Está en colgar una ristra de ajos, pero también en colgar un poster de Julio Medem. Esto demuestra que la identidad no es fácil estereotiparla y resumirla. Es compleja.

Tu anterior libro se titulaba La nueva taxidermia. Ahora vuelves con El genuino sabor. ¡Qué presente está el cuerpo en tus novelas! ¿Nos delimita tanto nuestra experiencia sensible?

Es un estar presente pero no desde el placer, sino como esclavos del cuerpo, un poco en plan místico español del siglo de Oro. Almudena [la protagonista], con toda esa historia de la comida, refleja ese tipo de esclavitud, porque tenemos que comer. Por otro lado, quería escribir una novela en la que no hubiera subtramas, romances. Hemos aprendido que la manera de desarrollar historias es añadiendo historias de amor y deseo, donde el cuerpo va a estar presente, pero me daba una pereza… No quería romance y por eso en esta novela no lo hay. Hay sexo, pero de gente que no puede evitarlo. Son franceses… (risas)

En tu prosa siempre hay un extrañamiento que se da por medio de un lenguaje poetizado, pero que se mezcla con una realidad muy palpable. ¿Cómo unes ambas cuestiones?

Para mí la obra literaria fallida es la que da por hecho que el lector sabe del mundo. Si todo se sobreentiende, no escribas porque no hay nada que decir. La idea para mí es extrañarse ante cualquier cosa. No que eso lleve a una historia de ciencia-ficción en la que hay un mundo paralelo, pero sí coquetear con eso.

¿Ahí está la diferencia entre literatura y reportaje periodístico?

Yo creo que sí, aunque hay periodismos y periodismos, géneros que te lo permiten más. El periodismo tiene que ser más atrevido en eso. Por eso me gustó mucho hacer una crónica larga para El Gatopardo porque ahí también había mucho coqueteo con el extrañamiento.

Y es algo que no se ha hecho mucho en España. La tradición es más latinoamericana.

Nos falta tanto por hacer… Por un lado está bien decir que todavía hay cosas por descubrir, pero por otro lado piensas, ¿dónde estábamos, en la parra? Otra cosa que no se ha leído mucho es el libro de recuerdos vitales. No las memorias, sino lo que en inglés es ‘memoir’ que es un fragmento de vida recordado. La no ficción también costaba mucho, pero eso ha cambiado un poco.

Centrándonos en la novela: En El genuino sabor una chica se marcha a trabajar a Londres. Se percibe el sentimiento de distancia, pero no nostalgia.

Europa es pequeña comparada con otros países, como por ejemplo Estados Unidos. El libro lidia con eso, cuál es la casa de uno, estas son mis raíces.... Lidia con la nostalgia, si uno se la genera artificialmente… Y también es lidiar con la pérdida. Para Almudena combatir la nostalgia o hacer un tributo a lo que recuerda es a base de objetos: la compra del souvenir, que es un poco el genuino sabor falso de los sitios. De ahí que su casa sea como la de Madrid: un hervidero de recuerdos materiales. Y al final es lo único que nos queda de los sitios. Eso es lo que me interesa: cuáles son los recuerdos, en qué forman vienen, con fotos y en tu cabeza, también, pero distorsionados. Todo eso está ahí, aunque sin resolverlo. 

Almudena tampoco es que se lo pase muy bien allí. Es más, está bastante sola y los amigos parecen de quita y pon. Vivir fuera no parece la experiencia más excitante de su vida.

No estoy retratando la precariedad de los jóvenes. No era mi intención. Lo que sí que veo es que la gente que va a países del Norte, que es donde uno suele ir, porque nadie se va a Grecia, es que hay una especie de soledad que entra a partir de las cuatro de la tarde en invierno. Uno mira el reloj y piensa que deben ser las ocho y sólo son las cuatro. Cuando yo estaba fuera pensaba, “¿y a nadie más le dará ese bajón?”. Porque el español se supone que es calle y fiesta. Una vez más el estereotipo. Pero cuando he dado con gente  que vivía fuera siempre les peguntaba y la sorpresa es que muchos estaban mucho tiempo en su casa porque no puedes estar todo el tiempo en la calle y en bares. Entonces, piensas, ah, pues estos también están en casa recogiditos, porque no hay otra.

Podrías haber titulado la novela El malestar al alcance de los que se van fuera.

Como la secuela, sí. Tenía otro título de trabajo que a mí me gustaba, pero la editorial pensaba que no era muy preciso. Se llamaba Las provincias de ultramar, porque era la manera en que cuando España tenía su imperio llamaba a las colonias de Latinoamérica, en el siglo XVIII. Como esas provincias que tenemos ahí al otro lado del océano. Como super desdeñoso. Y en este libro hay mucho de España intentando representarse fuera, y me parecía que tenía mucho que ver, pero quitaba la dimensión personal de Almudena.

Precisamente, ¿qué te parece la Marca España que exportamos?

Mi respuesta es de mera ciudadana, no por escritora. Yo he sido misma producto de marca España, invitada a un festival, y lo he visto de cerca. Entiendo que tienen que trabajar con una imagen muy similar porque si no es muy incoherente. He visto personajes que dirigían centros culturales de España fuera que tenían sus aficiones como “pongamos el fútbol con pantalla grande en la puerta de fuera del centro cultural porque eso es lo que va a traerá a gente”. Otros eran  muy zarzueleros. Y otros querían mostrar la nueva España. Es un lío reducir a un calendario de eventos lo que está pasando en un país y su tradición. Y no solo España sino lo hispánico. España a veces tiene poco que decir en comparación con escritores latinoamericanos por ejemplo.

¿Somos muy provincianos en España vendiendo cultura?

En el fondo hay una idealización muy cómoda de lo extranjero para no tener que pensar mucho más. Es eso de ‘fuera lo hacen mejor’. Bueno, vamos a estudiar al Instituto Francés o al Goethe, porque damos por hecho que es mejor. Y eso es lo que lo hace provinciano, el dar por hecho que lo de fuera es mejor. Es como lo de pensar que las universidades americanas son mejores. Bueno, pagan al año 50.000 dólares. Quizá habría que pensar que sale más a cuenta pagar 800 euros al año aunque la educación no sea excelente, porque así no te endeudas para el resto de tu vida. Lo provinciano por tanto es pensar que lo otro es mejor sin caer en ese pequeño detalle de que allí estudiar te cuesta como comprar un piso.

Habrá que ver cómo se consigue esa excelencia ahora con todos los recortes…

Hay que mirar a Latinoamérica. En Buenos Aires no hay subvenciones para cultura y la gente no está en su casa lloriqueando. Se hace teatro en las casas… Así que, a aprender de Latinoamérica, que ya tocaba.

Por cierto, a la protagonista parece molestarle mucho lo blandengue, lo que parece que nunca lleva a nada serio: ni a hablar bien el idioma, ni a comprometerse con nadie ni a nada. ¿Un reflejo de los tiempos líquidos?

Sí, pero lo blandengue ni siquiera es líquido. Es como las natillas o la crema catalana. No lo puedes ver, pero si agitas el cuenco cae como un líquido. Esa textura es muy molesta, y se da mucho en estos lugares. La idea de lo cosmopolita, tan idealizada, a la vez es muy paleta, porque es como un pastiche: “soy cosmopolita porque como comida india a mediodía y tengo una amiga polaca…” Esa autosatisfacción ante lo cosmopolita, como si eso fuera meritorio. Es como hace años que se decía, “yo tengo muchos amigos gays”, como si hubiera que decir, ah es usted una gran persona.  Lo cosmopolita es así, esa cosa blandengue. Y somos víctimas de narrativas como lo multicultural. No es que haya algo malo en eso, sino que, en este libro, quería hacer ver que no siempre es satisfactorio. Porque no estás en una posición cosmopolita, sino blandengue, porque no acabas de  conocer a nadie de esas culturas. Cuando estás fuera con gente de otros países todos intentamos hablar de “en mi país esto y lo otro”. Y te haces una idea superficial. Y eso es muy frustrante.

¿Y cómo endurecer lo blando?

Me gusta eso de endurecer, porque parece una palabra con connotaciones negativas, pero es que cuando algo está fofo hay que endurecerlo. Quizá como analogía de deporte sería positivo: hacer músculo de lo fofo. Yo creo que hay que estar más tiempo solo. Lo demás es un ruido polifónico. El ruido cosmopolita. Está muy bonito, pero calma: qué has obtenido de ahí, qué has ofrecido. Estar solo está denostado, pero hay que estarlo porque estar con gente te pone en la situación de estar actuando todo el tiempo, siendo un producto, que es lo que somos, porque yo cada vez me veo más así. Estar solo es descansar de eso, que no es poco, y haces descansar a los demás.

En la novela, Almudena “recicla” comida caducada y se la sirve a sus invitados. ¿Un acto revolucionario? ¿Venganza hacia ese cosmopolitismo?

A veces en la narrativa, incluso en poesía, hay cosas que una quiere tratar y no sabe bien por qué. Al final estas personas, que están muy solas, o quizá sean  los gajes de la vida contemporánea, porque quien se va fuera está más solo, se agarran a sus móviles, que es como la compañía máxima ahora mismo. La comida es un referente de tu cultura, nada más claro eso de “echo de menos el jamón”. Por otro lado, yo me siento muy vinculada a las manufacturas y me llaman la atención los envases monodosis, porque hay toda una evolución en ellos. Hay señores sacando petróleo para que luego se hagan monodosis. Y me apetecía que la protagonista tampoco se olvidara de esto. Hay varios movimientos que denuncian el exceso de producción y derroche. Con muebles y ropa la gente es más consciente, pero el tema de la comida es más peliagudo, porque no vas a coger un filete de la basura con moscas. Sin embargo, sí hay cosas envasadas en muy buen estado que los supermercados tiran porque van a caducar en tres días. Y no hay ninguna regulación sobre eso en España. Hay varios movimientos como ‘comida basura’ que están trabajando en eso. Estuve leyendo sobre esos temas y quería dejar verlo un poco en la novela.

Por cierto, ¿esta novela la hubieras escrito si no hubieras estado fuera?

Creo que no hubiera sido posible sin conocer el panorama de la gestión cultural, cómo es vender culturas.

Y además, es tu primera novela. ¿Era lo que te lo pedía el cuerpo?

Ahora reivindico la novela como el cajón desastre donde se puede experimentar con más cosas. El relato corto, el pobre, es más chispazo que ilumina algo y no puedes permitirte mucho más. Quizá lo abandone. En la novela tienen cabida muchas cosas.

¿Y seguirás con la poesía?

Sí, sí, seguro. Esa masa que espera mi poesía va a quedar colmada.

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