El año que un volcán dejó a Europa sin verano e inspiró dos de los mejores libros de terror

Glenn Strange y Boris Karloff en la película de 1944 'House of Frankenstein', de Erle C. Kenton

En 1815 tuvo lugar el mayor cataclismo volcánico jamás registrado por la humanidad: la erupción del monte de Tambora, al norte de la isla de Sumbawa (Indonesia). Provocó una serie de catástrofes naturales, como un tsunami que arrasó las costas de Bali o una nube de ceniza que cubrió la península de Indochina provocando una lluvia ácida. Según los datos oficiales, más de 70.000 personas murieron por el volcán y los efectos derivados de él, pero la cifra aumentó en los años siguientes por la hambruna consecuencia de la falta de cosechas y las enfermedades como el cólera.

Un año después las consecuencias se seguían notando, no solo en el sudeste asiático. 1816 fue conocido como “el año sin verano”, ya que las grandes cantidades de dióxido de azufre en las atmósfera provocaron que las temperaturas cayeran hasta 2,5 grados centígrados en toda Inglaterra y Europa. “Los anillos de los robles europeos apuntan a que fue el año más frío en el hemisferio norte desde 1400”, sostiene Brian Fagan, catedrático emérito de Antropología en la Universidad de California en Santa Bárbara. La catástrofe natural llegó poco después del fin de las Guerras Napoleónicas con la derrota del ejército francés en Waterloo. Europa estaba destrozada y, cuando empezaba la recuperación, acabó con un velo de polvo en el cielo.

Ese mismo verano un grupo de autores románticos británicos pensó que quizá era buena idea ir al sur de Europa para escapar del frío y la niebla de Londres. Estos eran Lord Byron, acompañado de su médico y asistente William Polidori; y la pareja conformada por Mary Godwin Wollstonecraft y el poeta Percy Shelley, a quienes acompañaba la hermanastra de la primera, Claire Clairmont. El grupo acabó en la Villa Diodati, una mansión en Ginebra a los pies del lago Lemán que servía de reunión para pensadores europeos. Sin embargo, la bienvenida no sería precisamente cálida. 

“El verano fue frío y lluvioso, y por la noche nos congregábamos al calor de la chimenea y nos entreteníamos contándonos historias de fantasmas de procedencia alemana que por casualidad habían caído en nuestras manos”, escribió la propia Godwin de aquel encuentro. Se refería a Fantasmagoriana, una recopilación de cuentos escritos por Friedrich August Schulze sobre apariciones y espectros. Aquel ambiente junto a los fenómenos climatológicos inusuales, como asombrosos atardeceres o fuertes tormentas, sirvieron de inspiración a una serie de autores precisamente criados en Inglaterra a finales del siglo XVIII, en pleno auge de la narrativa gótica. 

“Esas narraciones nos inspiraron, a modo de divertimento, el deseo de recrearlas. En compañía de dos amigos, acordamos que cada uno escribiría un relato basado en algún suceso sobrenatural”, narra Godwin. El juego, propuesto por Byron, consistía en que cada uno de los autores se retirara a una estancia de la mansión a escribir un relato de terror para ponerlos en común en los siguientes días. Existen diferentes teorías de lo que ocurrió entonces, como que el opio y el vino hicieron su aparición en algunas de las veladas, pero lo único claro es que las charlas entre el grupo de amigos fueron muy intensas. 

“En el curso de una de ellas se discutieron varias doctrinas filosóficas, y entre otras cosas la naturaleza del principio de la vida y si había alguna posibilidad de que se le descubriera y se le infundiera alguna vez; se habló de los experimentos del doctor Darwin”, relata Godwin. Se refiere a Erasmus Darwin (1731-1802), abuelo de Charles Darwin, quien entre otras cosas sorprendió a la autora por sus investigaciones con un microorganismo llamado vorticella que la autora confundió con un tipo de pasta llamado vermicelli. “Por algún medio empezó a moverse debido a un impulso voluntario”, continúa diciendo, creyendo que se trataba de “un fideo” que había cobrado vida. Una confusión muy afortunada para lo que llegaría poco después. 

Byron logró escribir solo un fragmento de un cuento titulado El entierro, en el que un aristócrata de sangre azul acompaña a un joven durante un viaje a Turquía que no acabó demasiado bien para el burgués: falleció en un cementerio, no sin antes prometer que volvería de entre los muertos. Pero quien completó el relato no fue el autor original del mismo, sino su doctor, Polidori. Así fue cómo nació El vampiro (1819), que aunque no convenció a Byron, acabó marcando un antes y un después en la simbología de este personaje fantástico. Se sustituyó entonces el vampiro folclórico de las epidemias, normalmente relacionado con la figura de un agricultor de aliento fétido y barba de tres días, por el vampiro aristócrata que además era literario y tenía voz seductora.

Desde entonces, se sucedieron varias obras sobre el chupasangre, pero la verdadera revolución del mito no llegaría hasta casi medio siglo después. Drácula (1897) de Bram Stoker sentó las bases del vampiro moderno: las estacas, los ajos, su debilidad a los símbolos religiosos... El escritor irlandés supo sintetizar varios temas vampíricos y crear todo un universo con significación propia dentro del género, mezclando además el vampiro del folclore con el byroniano.

Mientras tanto, y volviendo a la Villa Diodati, Mary Godwin seguía sin ideas. Pero, quizá influenciada por la charla sobre Darwin y sus experimentos, lo que parecía una pesadilla o una alucinación acabó convirtiéndose en su fuente de inspiración. “Al poner la cabeza en la almohada [...] vi desarrollarse el horroroso fantasma de un hombre, que luego, bajo la acción de cierta máquina poderosa, daba señales de vida y se agitaba con movimientos torpes semivitales”, cuenta la escritora. Todo ello lo plasmó en un relato corto que Percy Shelley, tras leerlo y comprobar su potencial, le animó a desarrollar. Lo que salió a la luz fue uno de los grandes hitos de la novela de terror: Frankenstein o el moderno Prometeo (1818).

Ya fuera por temor a la recepción o por sentir que se trataba de un libro menor, Mary Godwin (que adoptó el apellido de Shelley tras casarse con Percey) decidió publicar Frankenstein de forma anónima. La única pista era un prefacio escrito por su marido y una dedicatoria a su padre, el filósofo William Godwin. Aún así se rumoreaba que estaba escrito por una mujer, de ahí que críticas como las de British Critic: A New Review, llamaran a descartar la novela porque la autora olvidaba en ella “la dulzura de su sexo”. No sirvieron para mucho. La obra logró un rápido reconocimiento, llegando a tener incluso adaptaciones teatrales, y ya en la segunda edición en inglés, publicada el 11 de agosto de 1823, el nombre de Mary Shelley ocupaba la portada. 

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