Las claves de ‘Los testamentos’, la secuela de ‘El cuento de la criada’ que ahora se convierte en serie
Han pasado quince años desde el final de El cuento de la criada. A la incógnita sobre lo que le ocurrió a Defred, la protagonista, se suman nuevos interrogantes, como el futuro de las nuevas generaciones de mujeres, las primeras que no han conocido un sistema de organización gubernamental diferente al autocrático Gilead, o las tensiones subyacentes en el propio estado, que van en aumento y amenazan con reventar el orden en cualquier momento. Ese es el planteamiento de Los testamentos, la nueva serie de Disney+ que se estrena este 8 de abril y adapta la secuela homónima que Margaret Atwood publicó con gran éxito en 2019 y que le valió, entre otros, el Premio Booker, ex aequo con Niña, mujer, otras, de Bernardine Evaristo.
Si bien las adaptaciones audiovisuales suelen tomarse licencias con respecto a la novela original (con las sucesivas temporadas de El cuento de la criada esto quedó patente), de entrada se puede tomar la obra literaria como referencia para analizar qué cabe esperar o qué preguntas deberían afrontarse en esta segunda parte. Para empezar, hay que pensarla más como una secuela que como una continuación, puesto que han transcurrido los años y sus protagonistas no son, al menos en los primeros capítulos, los mismos que antes.
Un nuevo relato para una realidad distinta
Es bien sabido que la ficción especulativa, aunque se sitúe en un futuro hipotético, habla de conflictos ya existentes en el presente. Margaret Atwood (Ottawa, 1939) concibió El cuento de la criada (1985) en el contexto de los años ochenta, durante una estancia en la Alemania Oriental. Allí se respiraba aún una atmósfera de miedo, represión e inquietud, a lo que se sumaba la deriva neoliberal que había tomado Occidente con los liderazgos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Como cuenta la autora, la novela surgió de un convencimiento habitual entre quienes crecieron durante la Guerra Fría: que cualquier sistema político, en cualquier lugar, podía derrumbarse. Sí, incluso una gran potencia.
Nunca estuvo prevista una segunda parte, pero el fenómeno que supuso la adaptación televisiva, que recuperó la obra original en un momento, el del #MeToo, que conectó especialmente con la renovada conciencia feminista, inspiraron a la escritora. Eso sí, Los testamentos (2019) no se limita a continuar la acción siguiendo los parámetros del primero, sino que se erige en una obra con entidad propia, que explora personajes y espacios de Gilead que hasta ahora no existían o permanecían en un segundo plano.
Sobre todo, hay que entenderla como una historia que responde a una realidad distinta: la segunda década del siglo XXI, el mundo anterior a la pandemia, que quizá no era tan oscuro como el de hoy, pero que ya había vivido el primer triunfo de Donald Trump, el Brexit, la escalada terrorista del Estado Islámico en Europa y, por supuesto, el auge de las plataformas digitales, de las que se comenzaba a sospechar que no eran el invento fabuloso que parecían al principio. Tampoco Margaret Atwood era ya una escritora de cuarenta años en la mitad de su carrera, sino una veterana reconocida en todo el mundo a punto de cumplir los ochenta; sobre la que existía, además, la presión de saber que El cuento de la criada se había popularizado y había expectativas en torno a un nuevo libro situado en ese universo narrativo.
Las preguntas, por lo tanto (y toda obra artística es una formulación de interrogantes), no podían ser las mismas que antaño. Tampoco el público potencial iba a serlo: había unas generaciones jóvenes a la espera, que habían crecido bajo movimientos como el #MeToo y el #BlackLivesMatter. Lo que no cambió, no obstante, es el espíritu crítico de la autora, siempre comprometida con la igualdad y los derechos civiles; ni su astucia narrativa, que de nuevo consigue crear una atmósfera asfixiante llena de ambigüedades y no exenta de su mordaz sentido del humor, además de una trama tan intrigante como, a buen seguro, será la serie.
El protagonismo para otros colectivos
De acuerdo: en el despótico Gilead, ninguna mujer puede expresarse con libertad. Ahora bien, dentro de la jerarquía hay perfiles más invisibilizados que otros, que coinciden con las que más tienen que luchar en la sociedad contemporánea para defender sus derechos. Al fin y al cabo, Defred, aunque sometida, no dejaba de ser una mujer blanca en edad fértil, cultivada, sana y sin defectos visibles. Tenía sentido que fuera el centro de El cuento de la criada, porque las criadas como ella son el bien más codiciado de Gilead.
En Los testamentos, el protagonismo se traslada a otros dos colectivos. Por un lado, las chicas jóvenes, una generación que por primera vez ha crecido sin referentes del orden social precedente (algo que también se repite al hablar de los nativos digitales). Son dos: Agnes Jemima, que crece dentro de Gilead; y Nicole, criada de forma libre en Canadá, con el atractivo de ofrecer un punto de vista externo al país. Con ellas, que liderarán el movimiento de liberación, Atwood lanza un mensaje de confianza en los jóvenes como motor del cambio: no todo está perdido, siempre se puede construir una nueva realidad.
Las chicas no están solas al frente de Los testamentos: Tía Lydia, una secundaria en El cuento de la criada, adquiere peso en esta segunda parte. Ella encarna a las mujeres en la madurez, que ya no interesan por su cuerpo, pero resultan clave para sostener Gilead; unas ideas que resuenan, con otra dimensión práctica, en la sociedad occidental de hoy. Es una figura que se percibe, desde los ojos de sus discípulas –las tías se encargan de educar a las futuras criadas–, como una aliada del poder. En Los testamentos, se revela como un personaje más complejo y ambiguo, interesante tanto por su historia pasada como por la enorme inteligencia con la que actúa en el presente. Con ella, se pone de relieve esta etapa vital de las mujeres, tan invisibilizada, en la que la experiencia suma.
Un movimiento colectivo para la transformación
El cuento de la criada dejó patente la importancia de la colaboración para tener alguna posibilidad de liberarse, de escapar de las estructuras rígidas del régimen. La sororidad va un paso más allá en Los testamentos: además de su naturaleza coral, que da magnitud y voz a los diferentes grupos sociales de Gilead y alrededores, el grueso de la trama no se sustenta ya en un viaje personal individual, sino que apuesta en grande por la acción del movimiento colectivo, un intento de ruptura radical con la dictadura que los lleve a todos –y no solo a las protagonistas– hacia un nuevo orden social.
El mensaje es claro: solo a través de los vínculos, del tejido social colectivo, se puede aspirar a cambiar lo que no funciona, a derribar los sistemas opresivos desde dentro. Y esta responsabilidad no recae solo en un pequeño reducto de activistas, sino que implica a diferentes perfiles, de todas las edades, formación y procedencia, que de distinta forma contribuyen desde sus posiciones a boicotear el régimen. Aunque cada uno pueda tener sus preocupaciones particulares, actúan juntos por un objetivo común, porque lo que los une es más fuerte que las posibles discrepancias. Solo así se entiende la colaboración con personajes que, a priori, podían resultar antipáticos e incluso hostiles.
Es, a la vez, una llamada urgente a la acción: cuando se quiere algo, hay que moverse, implicarse, correr riesgos, sin esperar a que otro lo haga por ti. La autora recupera ese espíritu de rebeldía intrínseco de la juventud, ese cuestionamiento de la realidad que les hace soñar con cambiar el mundo. Incluso si no imaginan cómo podría ser el futuro, sí saben con seguridad que no quieren más de lo mismo, que lo que tienen es doloroso; y eso es un motivo más que suficiente para participar en la transformación, para ser parte de ella.
Y es que, por extraño que parezca y dados los tiempos que vivimos, Los testamentos es una novela más esperanzadora que su predecesora. Bien mirado, quizá por eso mismo se obliga de algún modo a mirar hacia delante. Las secuelas y segundas partes suelen despertar suspicacias por si no se estará alargando el chicle –ocurrió ya con el libro, que a pesar de los premios y de su repercusión global no recibió un aplauso tan unánime ni de la crítica ni de los lectores–, pero Los testamentos merece tanta atención como El cuento de la criada. Si Margaret Atwood nos recordó en los años ochenta que cualquier sistema democrático puede derrumbarse, quizá ha llegado el momento de dar la vuelta a esa idea: los sistemas fallidos, corrompidos, (des)gobernados por presidentes déspotas, también pueden, por qué no, revertirse. Eso sí: no será desde el sofá.
Lo que sí se disfrutará desde el sofá es la serie. Ojalá después impulse a ponerse en pie.
0