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Crítica

Pixies, entre la nostalgia y la sabiduría

Concierto de la banda estadounidense Pixies en Madrid, este 10 de marzo en el Wizink Center

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De todas las resurreciones musicales de los últimos años, la de los Pixies ha sido una de las más inesperadas y sorprendentes. Su último trabajo editado el año pasado, Doggerel (2022), es algo más que un buen disco de una banda veterana, apuntando muy buenas maneras, y recuperando cierto brío de épocas anteriores, algo que ya se venia barruntando desde Beneath The Eyrie (2019), el disco anterior, borrando poco a poco el tibio despegue de esta nueva etapa, inaugurada con el poco acertado Indie Cindy, del año 2014, cuya calidad está a la misma altura que el título escogido.

Quizá por eso, y porque caiga quien caiga el público madrileño está acudiendo en masa y como si no hubiera un mañana a todos los conciertos programados, los Pixies han reventado el templo más importante de la música en la capital (con las gradas cerradas para reducir el aforo), un avance cualitativo considerable si tenemos en cuenta que el antiguo grupo de la 4AD se presentó hace cuatro años en la más humilde sala la Riviera.

Posiblemente, Pixies sea uno de esos grupos bisagra tan importantes y pioneros que abrieron ya en los 80 lo que iba a venir en los 90, sobre todo en lo que respecta a la música independiente norteamericana y sobre todo al grunge. Muy famosas fueran esas declaraciones de Kurt Cobain al desvelar que en sus comienzos lo único que quería hacer era copiar a los Pixies. Desde 4AD, la discográfica de Ivo Watts, paradigma de la estilización y ambientación arty ochentera que de alguna manera exterminaron desde dentro, los Pixies crearon unos discos irrepetibles, dominados por el punk, la música surfera, el espacio exterior, el surrealismo y el amor a David Lynch. Hoy, 40 años después, todos somos hijos de su legado, y durante el concierto advierto que hay entre una mayoría de respetables señoras y señores indies, también algunos rockabillys escondidos, algunos góticos abiertos de mente y, sobre todo, muchos cincuentones con gafas de abundante pasta. Pero por primera vez apareció por allí ese tipo de público que solo va a conciertos de grupos que ya son leyenda, y Pixies parece haberse convertido ya en uno de esos grupos-evento a los que hay que ver sí o sí, porque han alcanzado ya ese estatus digno de un clásico, algo que parecía esquivo durante toda su carrera. No sería raro verles un día como futuros candidatos al Rock & Roll Hall of Fame.

Nadie parece acordarse en el ambiente general de la exbajista Kim Deal, exceptuando un servidor, y ante el mutismo generalizado aparecen los cuatro músicos, puntuales, a las nueve de la noche: el guitarrista Joey Santiago, el batería Dave Lovering, la bajista de origen argentino Paz Lenchatin y, por supuesto, el rey Charles Thompson IV, más conocido como Frank Black. Cómo siempre en ellos, afrontan el concierto con naturalidad y profesionalidad, sin interaccionar con el público, sin holas ni adioses, sin estridencias, afrontando la peligrosa misión de defender su nuevo disco y balancear su propuesta con los clásicos de siempre. Pocos grupos veteranos salen bien de esta clase de envite y en esta ocasión el extenso concierto, aderezado por más de 30 temas, tuvo dos partes bien diferenciadas, marcadas sobre todo por el tipo de guitarra que tenía Frank Black entre las manos, pues si esta era una acústica los temas resultaban mucho más tranquilos.

Y esto fue un problema porque las canciones de los últimos discos son mucho más suaves. De todos es sabido que ellos son unos grandes aficionados a la música de Neil Young, y durante largos periodos de tiempo cierta desgana se fue aposentando en el respetable, muy lejos del abrasivo punk y pop de sus primeros trabajos. Funcionaron, eso sí, alguno de los mejores temas de su último disco, como There´s A Moon On o Vault Of Heaven, dos de las mejores canciones de Doggerel, el último disco producido por Tom Dalgety, muy lejano en intenciones a aquel Steve Albini que les produjo el mítico Surfer Rosa (1988). De la crudeza del segundo a la estilización en los intrincados riffs del primero.

La segunda parte del concierto tuvo más canciones reconocibles de su primera etapa, a juzgar por la cantidad de móviles que surgían de la masa del público. Sonaron Debaser, Planet Of Sound, Wave Of Mutilation; esta última en dos partes muy diferenciadas, una acelerada y otra parte más tranquila y ralentizada. También se lanzaron a homenajear a Jesus And Mary Chain con su clásico Head On, un premio a otro grupo surfero y ruidista como ellos.

De los cuatro músicos en escena hay que subrayar la impecable actuación del guitarrista Joey Santiago, al que siempre se le ha puesto por detrás de Frank Black y Kim Deal pero que en directo la practica totalidad de las canciones descansa en su insturmento. Su energía y buen hacer fueron de lo mejor de la noche, con su gran momento incluido en Vamos, con la inclusión de varios efectos de pedal a su guitarra. El bajo de Lenchatin es incansable y el batería Lovering resulta convincente. La voz de Frank pierde fuelle cuando necesita más agresividad, pero en las partes más suaves gana bastante. Uno de los mejores momentos del concierto se posa en la garganta de Frank Black durante la interpretación de Caribou, melódica y rasgada a un mismo tiempo. La formación de Pixies es a día de hoy una garantía de buena música, de una interpretación sin estridencias, algo austera, pero muy efectiva.

No hay grandes espectáculos visuales alrededor de la puesta en escena, las luces del escenario son muy pobres y absolutamente ninguna pantalla aparece en el escenario. Ellos no visten de manera espectacular ni hay ningún elemento teatral ni nada que se le parezca. Simplemente son ellos en el escenario, casi desnudos, en una búsqueda de la esencia que les ha mantenido vivos desde el principio, muy concentrados en sí mismos, y realmente tienen que estarlo para ejecutar canciones tan intrincadas y con una construcción tan compleja como la de los Pixies.

A la salida, los fans estaban divididos. Para algunos había sido un espectáculo musical impresionante, una aria rockera ejecutada con perfección, para otros había sido una decepción tan solo salvada por la inclusión nostálgica de los éxitos de la banda. Al final hay varios tipos de fans. Algunos crecimos con ellos y nos sorprendieron con esos himnos surrealistas tan refrescantes en los años 80 y buscábamos revivir esa experiencial juvenil que nos reconciliara con esa energía tan misteriosa que tenía su música. Craso error. Ellos han madurado y han cambiado, hacen música diferente y de una manera muy sabia y autoconsciente no pretenden vivir de las rentas del pasado. De hecho hay una nueva base de fans que disfrutan más de esta segunda etapa de la banda, más rockera, más country y más influenciada por el pope Neil Young, del que interpretaron el tema Winterlong, que cerró el concierto.

Pixies pretende ser un grupo relevante en la actualidad, huye de los maniqueismos y posturas facilonas de las bandas veteranas, y busca su camino enseñando otra cosa con más serenidad y quizá más sabiduría. Es cierto que no reniegan de su pasado y lo integran a su nueva propuesta, huyendo de la autoparodia o del autohomenaje, y hasta ahí todo perfecto, pero oigo a una chica saliendo del concierto que me dice “Pixies ha estado muy bien pero no me he divertido, me gustó más Interpol”. Me adentro en la noche capitalina pensando en que es imposible gustar a todo el mundo, sobre todo cuando haces un concierto a dos bandas como este.

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