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Una guerra desde otra guerra: de un tren repleto de cadáveres a una clase de ballet entre drones shahed

Un hombre camina por las calles vacías de Oleksandrivska, en Donetsk (Ucrania)
12 de marzo de 2026 13:11 h

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Estábamos en Ucrania cuando otra guerra empezó. Cubríamos las consecuencias de cuatro años de invasión rusa cuando Estados Unidos atacó ilegalmente a Irán y la escalada bélica se extendió en Oriente Medio. Cuando una guerra parecía relevar a otra en los niveles de importancia impuestos por la agenda mediática. La inercia de la novedad de otro conflicto me empujaba a mirar el móvil en vez de seguir pendiente a mi alrededor. 

Pero levanté la vista y me encontré a Tatiana, de 78 años, en uno de los momentos más inciertos de su vida. La intensidad de los ataques nocturnos de los drones shahed, esos mismos que ahora atacan bases estadounidenses, la acababa de empujar a abandonar su casa. Sentada en un banco en un centro para evacuados, Tatiana no pensaba en todo lo que dejaba atrás sino en todo lo que tenía que hacer para poder dejarlo atrás. La carga del cuidado de toda su familia, con una hija dependiente y unos nietos que se desentienden, no le permitía huir del todo. Debía hacerlo por fascículos. Por eso, después de arriesgar su vida para salir de su localidad próxima al frente y enviar a su hija a un hospital psiquiátrico entre lágrimas, volvería a la misma casa de la que se fue, para recoger sus medicinas, documentos y algo de ropa. 

Hablar con ella, verla preocupada con algo que parecía mundano, frente a la intensidad de los ataques de los que había huido aquella mañana, me recordó en la importancia de reparar en los detalles, de huir de la historia única, porque contar la complejidad de cada instante humaniza. 

Tatiana en el centro de recepción de evacuados de Pavlohrad, en la región de Dnipropetrovsk (Ucrania)

Parecía que no importaba el horror que nos contaba nuestro alrededor mientras escuchamos el rugido de los drones sobrevolando Dnipro y las detonaciones de misiles hicieron temblar las paredes de un hospital subterráneo en el frente de Zaporiyia. Alli, médicos militares continuaban una cirujía bajo tierra pese al rugido de la artillería a su alrededor. 

Muchos pensarían qué hacíamos aún en esa guerra, cuando presencié una clase de ballet en Odesa. Allí estaba Margo, una niña de nueve años con la que coincidí en un hotel de Moldavia, donde estaba refugiada. Me la encontré haciendo pliés frente a una tablet, durante una clase de ballet a distancia que impartía su profesora y abuela desde su ciudad, Odesa. Desde entonces sigo su historia.

Y, ahora, de vuelta a su hogar pese a la guerra, la pequeña Margo ya no es tan pequeña y, con 13 años, tensaba sus musculos como lo hacía en 2022, pero su arabesque subía aún más alto que entonces. Mientras escucha la música, la belleza solapa el zumbido de los shahed que esa misma noche volvería a aterrorizarla. El dolor de su cuerpo sobre las puntas difumina la ansiedad ante el siguiente bombardeo nocturno.

Margo, junto a su compañera Bárbara, estirando tras la clase de ballet en Odesa.

Qué importante es contar esos momentos de luz entre las sombras, esa vida que sigue en medio de la guerra, esa belleza a la que se aferran quienes tratan de sobrevivir en un hogar que dejó de ser el que era. Esa belleza que yo misma busco ahora, ya fuera de Ucrania, en un intento de dejar atrás las imágenes y la intensidad de la cobertura. 

Su profesora refunfuñaba cada vez que comenta las restricciones que vive el Teatro de Odesa. Desea volver a ver a sus alumnas bailar El Cascanueces, pero no puede. Su música, obra del compositor ruso Tchaikovsky, está prohibida en Ucrania tras la invasión rusa. “Pero si ni ha vivido en este siglo, ¿qué culpa tiene Tchaikovsky de lo que ahora nos hace Rusia?”, se preguntaba la que un día fue primera bailarina del ballet de Odesa, cuando aún Ucrania formaba parte de la URSS. En guerra, decisiones que rozan el ridículo se disfrazan de racionales sin espacio para la réplica, hasta moldear durante años una realidad con gran carga de sinsentido. 

Lo que nunca debería ser

Parecía que una guerra se comía a otra, pero nos chocamos con montañas de cuerpos de soldados ucranianos repatriados por Rusia desde zona ocupada. Sus restos descompuestos acumulados en un tren refrigerador no cuentan nada de lo que fueron: en su mayoría hombres normales que hace algo más de cuatro años no podrían imaginar tener que luchar en la primera línea de un frente impuesto tras la invasión ilegal de su país. Pienso en que algunos de esos cadáveres, que ni parecían ya cadáveres, correspondían a jóvenes que nunca desearon combatir, que incluso se escondieron para evitarlo, pero fueron reclutados de forma forzosa.

Pienso que podrían haber sido Vlad o Oleg (nombres ficticios), de no haber decidido hace meses vivir recluidos en sus casas. Escondidos, sin salir ni para trabajar, por miedo a ser detenidos y enviados a un frente en el que no creen.

Hasta allí, en esa suerte de morgue gigante de Odesa, encontramos destellos de vida en medio, literalmente, de vagones repletos de cuerpos en estado de descomposición. Os lo contaremos pronto.

Pensaba que quizá contar esta guerra en este momento en que los ojos miraban a otro lado apenas tenía sentido, hasta que paro y recuerdo a todos estos ucranianos/as transformados tras cuatro años de guerra, y me encuentro con todas estas historias que aún no hemos publicado, pero pronto lo haremos. Y pienso en esos otros hombres, mujeres y niños cuya vida empieza a cambiar ahora, atravesada por la nueva escalada en Oriente Medio. Porque la guerra que fue y que es cuenta parte de la que viene, y recuerda todo lo que nunca debería ser.

Contemos las guerras, sin dejarse arrastrar por la adrenalina bélica, sin contagiarse por el sinsentido de la dinámica patriarcal del conflicto o la inmediatez avariciosa de la actualidad, que puede llegar a llevarse por delante el objetivo de cualquier periodista. Hay que contar las guerras mirando a los ojos de quienes las soportan. Porque lo relevante, desde el periodismo en el que creemos en Desalambre, es contar grandes hechos a través de las personas que los protagonizan, los sufren o tratan de cambiarlos. Mirar a donde no siempre se mira e ir un poquito más allá. No siempre se consigue, a veces la guerra te arrastra, te revuelca en sus maneras y emborrona lo narrado, pero intentemos observar desde ese lugar.  

Volver

El fotoperiodista Jairo Vargas y yo volvimos el pasado viernes. Y volver no es siempre fácil. Se siente como estar en una frecuencia que no es la propia. En estos días en que no estoy ni allí ni aquí del todo, además de recordar muchas de las conversaciones e imágenes de las últimas tres semanas, busco a todas esas compañeras periodistas que están o han estado en países en conflicto. Las busco, hablo con algunas de ellas, las escucho y aprendo de cada una de sus crónicas. En un mundo masculinizado, cada vez somos más, pero en esos contextos nosotras a menudo nos seguimos chocando con situaciones que entorpecen nuestro trabajo.

Con la resca del 8M y consciente de aquellos momentos en que el machismo ha obstaculizado esta y otras coberturas (menos mal que hay compañeros como Jairo que lo facilitan todo), mías y de otras compañeras, quiero despedirme recomendando que también sigáis los avances del conflicto a través de la mirada de las reporteras que ahora mismo están en el terreno. Son muchas, pero os doy algunos nombres. En Ucrania, María Senovilla o Lara Escudero. En Líbano, Ethel Bonet o Marta Maroto. Desde Irán, Catalina Gómez. En Israel, Trinidad Deiros o Laura de Chiclana. 

Una canción rusa en Ucrania

Os dejo una canción que nos acompañó en muchos de los kilómetros recorridos en Ucrania. Me la enseñó nuestro fixer (traductor y productor local que prefiere no mencionar su nombre) en el camino de Dnipro a Odesa, mientras criticaba las restricciones impuestas durante la guerra a los productos culturales rusos. El ucraniano, rusófono, la cantaba con entusiasmo pero, en cada check point, bajaba el volumen para “evitar problemas”. Sentirse “rebelde” por escuchar una canción denota, de nuevo, los lugares absurdos a los que empuja la guerra. 

Sí, la canción es rusa, del cantante Nikolai Noskov: “Es genial”, dice el titulo en español. En las oscuras y maltrechas carreteras ucranianas, su sintonía me conectaba con unas emociones en ocasiones bloqueadas en la intensidad de la cobertura. También a esa búsqueda de la belleza en la oscuridad. A la vuelta, cuando traduje la letra, su mensaje parecía hablarme aún más de todo aquello: siempre puede haber algo “agradable” que haga sentir que la vida, pese a la injusticia, la muerte, la incertidumbreo el cansancio, pueda ser “genial”, aunque sea por un ratito. 

Para Nikolai Noskov, ese “algo agradable” es el amor. Para Margo, el ballet. Para Svetlana, su profesora, la disciplina en sus clases. Para Vlad, uno de los hombres civiles escondidos, un brindis inesperado con unos desconocidos y los amigos que le avisan de cada redada militar. Para el guardia de seguridad del hospital subterráneo próximo al frente, sentirse parte de algo. Oleg logra escapar de la prisión de su casa cuando bucea en la música que intenta componer cada día. Y Yuri se sumerge en libros de historia.

Sabemos que ese punto de luz puede ser un privilegio. En la mirada de Tatiana apenas parecía haber esperanza. Aunque la forma en la que atendía a su bisnieta Lisa, el sacrificio ante todas las personas que la rodeaban y sus lágrimas por la hija que dejaba atrás en un hospital para salvarla, irradiaban dolor, pero también belleza . 

Sí, creo que en el caso de Tatiana, como en el de Nikolai Noskov, también es el amor. 

En los frentes de esa guerra invisible

entre el talento y la inutilidad

Hay principios de no intervención en todas partes

en lugar de oro funden estaño

pero hay un hecho agradable

Te amo: y eso es genial.  [...]

En el reino de la estupidez y la codicia

entre montañas de basura del Estado

Hay algo agradable: te amo y eso es genial

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