Una ONG dice que hasta 40 personas murieron en el salto a la valla de Melilla del 24 de junio

Decenas de personas intentan sortear el cordón policial tras superar la valla de Melilla el 24 de junio.

Lara Lema


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Hasta 40 personas murieron en el intento de salto a la valla de Melilla del pasado 24 de junio, según el último informe de la ONG Caminando Fronteras. El recuento oficial de víctimas contó 23 fallecidos y previamente esta ONG especializada en la región había estimado el número de muertos en 37.

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La organización dedicada a los derechos de los migrantes dice que el acuerdo entre España y Marruecos ha provocado “daños terribles” y que la violencia contra las personas migrantes ha aumentado desde el restablecimiento de las relaciones con Rabat. En los último seis meses, el acuerdo entre España y Marruecos ha supuesto “la represión” a cambio de reconocimientos de “intereses territoriales” (en referencia al Sáhara) y dotaciones económicas.

“He ido a la frontera unas cuantas veces pero nunca habían hecho algo con tanta violencia, los tiempos anteriores habían sido muy duros. Era una catástrofe, era como si lo tenían todo preparado, nos hacían ir hacia delante y cuando llegamos adelante, entonces llegaron por detrás. Estábamos rodeados”, dice un testigo entre los testimonios recogidos por la organización.

Según datos de Caminando Fronteras, 978 personas perdieron la vida en los primeros seis meses del año en las rutas de acceso a España, 41 de ellas menores. El mes más mortífero fue enero con 306 muertes y desapariciones, seguido de junio con 290. Y la ruta que concentra más víctimas es la canaria, 800 en total.

“Espacio de guerra”

El informe publicado este miércoles por la ONG, que analiza el primer semestre de 2022, señala que, antes de la tragedia del 24 de junio, desde mayo los asentamientos en el bosque marroquí cercano a Melilla se habían convertido en un “espacio de guerra”. La organización denuncia que las incursiones militares se repetían dos o tres veces por semana, “usando cada vez estrategias más agresivas y empleando más materiales bélicos que aumentaban el daño que se producía durante las redadas”.

Según los testimonios recopilados por la ONG, las intervenciones de las fuerzas de seguridad duraban horas, apareciendo de madrugada en los campamente donde vivían las personas migrantes. El resultado tras ellas era “un campo quemado, una zona que quedaba totalmente arrasada”, según el informe, y los migrantes perdían sus pocas pertenencias materiales, además de sufrir un deterioro de la salud física y mental.

“Perdíamos todo, incluso la ropa, los zapatos y todo el tiempo se repetía lo mismo. Tras dos meses en esa situación no había nada más que perder porque nos habían despojado incluso de nuestra salud. Pero nunca perdimos la esperanza de salir de esta situación porque para nosotros no es posible volver a atrás”, dice una de las víctimas entrevistadas.

Días previos a la tragedia

La situación se volvió “cada vez más insostenible” entre finales de mayo y principios de junio, según Caminando Fronteras: el lunes previo al 24 de junio, unos 500 efectivos militares cercaron el asentamiento de los refugiados y los atacaron con gases, dejando decenas de heridos, y el día anterior, el 23 de junio, se produjo fuego en el bosque durante otra redada. Según la organización “ese día hubo un mensaje muy claro: tenían 24 horas para desalojar el lugar o la violencia aumentaría en la próxima redada”.

Así, el día 24 unas 1.800 personas establecidas en ese asentamiento decidieron dirigirse hacia la valla de Melilla en la zona de Beni Enzarlas, por el este de la valla. “Esta vez no tenían ni ganchos ni escaleras para subir la valla, era un sálvese quien pueda”, dice el informe, que añade que los militares habían comenzado de nuevo otra redada de madrugada y los estaban persiguiendo.

“No todas [las personas] llevaban palos, algunos, como yo, solo las piernas para correr. Pero entiendo que después de este tiempo tal vez un palo te pueda salvar la vida. Creo que éramos conscientes de que nos matarían, habíamos sentido que pasarían ese límite durante la semana, que ya no estábamos seguros en ningún lugar. Morir o vivir porque no había otra salida”, dice un testigo.

Tras la llegada del primer grupo a la valla, los militares hicieron un cerco por detrás y los que no habían logrado llegar al otro lado quedaron rodeados, dice el informe. “Estaban atrapados, la gente caía al suelo una encima de otra pero no era auxiliada”, señala la ONG, que denuncia que no se desplegó ninguna forma de ayuda coordinada entre España y Marruecos para las personas que estaban justo en la frontera sufriendo los efectos de un tapón y estampida. Según su descripción, las fuerzas marroquíes pasaban con sus botas por encima de los cuerpos caídos en el suelo y los que ya no podían moverse eran arrastrados y abandonados al sol sin valorar la dimensión de las heridas. Si se movían eran apaleados hasta que cesaran de hacerlo.

Cadáveres y heridos en la misma ambulancia

Tras el intento de salto a la valla de Melilla, la ONG se desplazó para atender a los heridos en lo que califican una “crisis humanitaria”: el 80% de las personas atendidas sufrían heridas “de diversa gravedad y consideración” y la mayoría se habían producido por golpes y violencia, como fracturas en piernas, brazos y cabeza. La organización denuncia que no se permitió la entrada a los hospitales a las organizaciones sociales ni a familiares en los días posteriores, “lo que produjo que se agrave la situación de emergencia humanitaria”. La ONG menciona el caso de que el retraso de una operación por falta de material provocó la amputación de uno de los pies de una persona que sufrió fracturas provocadas por el ataque de los militares durante el intento de salto a la valla.

“Las fuerzas auxiliares me han golpeado con la porra, me llamaban sucio negro. Me pisoteaban con sus botas y ahí he notado que mis huesos se partían. He visto los cuerpos de los muertos, eran unos 30”, dice una de las víctimas, en un testimonio recogido en el informe. “Han llamado a la ambulancia para trasladarnos, ahí también han metido los cadáveres en la misma ambulancia. Hemos llegado al hospital y nos han dejado a todos en el suelo, muertos y heridos. Mi amigo ha pasado cuatro días en coma, después se ha despertado. Recibió una bala en la cabeza. Los militares nos han matado, lo he visto con mis propios ojos. Estoy vivo, Dios ha querido que viva, pero he perdido a cinco de mis amigos. Los vi morir con mis propios ojos”.

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