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Felipe de Borbón: las palabras y los actos

Comentarios críticos al discurso del nuevo rey

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En cursiva, las palabras de Felipe VI este jueves 19 de junio en el Congreso de los Diputados. Las negritas son mías y los apuntes también.


"Un Rey que debe atenerse al ejercicio de las funciones que constitucionalmente le han sido encomendadas y, por ello, ser símbolo de la unidad y permanencia del Estado, asumir su más alta representación y arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones."

Quienes esperan del nuevo rey que empuje a la política e impulse incluso un gobierno de tecnócratas a la italiana –no fantaseo, lo pudimos leer hace unos días en una tribuna en El País– ya saben a qué "atenerse". El rey se limitará a cumplir con el papel constitucional, que tiene poco que ver con lo que hizo su padre durante la Transición.

Juan Carlos de Borbón heredó absolutamente todos los poderes que tenía Francisco Franco y, con ese poder, adoptó un papel que iba mucho más allá del simple florero institucional. El rey, entre el 75 y el 78, se acostumbró a mandar, y después no supo aceptar que, una vez votada la Constitución, sus funciones eran otras. Adolfo Suárez no se lo permitió. Y de ese conflicto entre un presidente del Gobierno débil y un jefe del Estado que aún quería mandar –y que en privado decía a su entorno sobre Suárez que "a ver cuándo me lo quitáis"– se alimentó, en parte, el ruido de sables que más tarde desembocaría en el 23F.

El nuevo rey no parece que quiera cometer ese mismo error, pero está atrapado por un problema monumental: el pujante independentismo catalán. Debe ser el presidente del Gobierno quien ofrezca una solución –si es que aún es posible–, pero es en su persona donde se simboliza "la unidad nacional" en este mundo mágico llamado monarquía –hazte así, que tienes un dragón–.

La gran contradicción de Felipe es que no puede hacer casi nada. Pero, si no hace nada y sale mal, la derecha española se lo reprochará. Si Cataluña finalmente se va, ¿sobrevivirá la corona que no pudo mantener esa unidad?


"Un Rey, en fin, que ha de respetar también el principio de separación de poderes y, por tanto, cumplir las leyes aprobadas por las Cortes Generales, colaborar con el Gobierno de la Nación -a quien corresponde la dirección de la política nacional- y respetar en todo momento la independencia del Poder Judicial."

La infanta Cristina no fue al Congreso, pero su fantasma y el de su marido Urdangarin sobrevolaron el discurso de proclamación del nuevo rey; una hermana y un cuñado imputados por corrupción son una presencia difícil de ocultar. Ese prometido respeto por la independencia del Poder Judicial, de cumplirse, será una gran novedad, después del penoso espectáculo que hemos visto en estos años con el caso Nóos.

La Jefatura del Estado español, la Casa Real, llegó a emitir un comunicado público donde manifestaba su "sorpresa" por la imputación de la infanta y se respaldaba la decisión de la Fiscalía de recurrir dicha imputación; todo un ejemplo de separación de poderes que haría sonrojar a Montesquieu.

Si esto se hacía en público, ¿qué no se ha hecho en privado? Es fácil de imaginar, teniendo en cuenta el esperpento de ver a un juez teniendo que argumentar en 227 folios una imputación que, con cualquier otro ciudadano, se suele resolver en menos de dos páginas.

En pocas semanas, es probable que la situación judicial de la infanta Cristina se complique un poco más y de imputada pase a tener que sentarse en el banquillo de los acusados de un juzgado donde tendrá explicar cómo una licenciada como ella –tan preparada como su hermano, el rey más preparado del mundo mundial– era incapaz de saber ni qué papeles firmaba ni cómo se pagaba el palacete ni de dónde llegaba el dinero que milagrosamente aparecía en su tarjeta de crédito personal.


"La Corona debe buscar la cercanía con los ciudadanos, saber ganarse continuamente su aprecio, su respeto y su confianza; y para ello, velar por la dignidad de la institución, preservar su prestigio y observar una conducta íntegra, honesta y transparente, como corresponde a su función institucional y a su responsabilidad social."

La transparencia es una de las grandes tareas pendientes del nuevo rey; probablemente la primera materia donde su mano se debería de notar si de verdad quiere poner distancias con el reinado anterior. Esto sí depende de él:  bastaría con que siguiese el ejemplo de su pariente lejana, la reina de Inglaterra, y aclarase no solo un par de números del presupuesto de la Casa Real, sino su patrimonio personal y el de su familia. ¿Cómo es posible que cada uno de los diputados que llegan y salen del Congreso hagan una declaración de bienes pero no se conozca el patrimonio del primer funcionario del país?

Puestos a ser transparentes, también estaría genial que se aclarasen los verdaderos gastos de la Jefatura del Estado. No son solo esos ocho millones de euros anuales que algunos cortesanos suelen usar para decir esa memez de que la monarquía es más barata que la república. Gran parte de los gastos de la Corona no están en ese presupuesto: el Ministerio de Exteriores paga los viajes oficiales. Interior, la seguridad. Defensa, la Guardia Real. Hacienda, el parque móvil: 45 coches oficiales con 61 chóferes. Presidencia, los 135 funcionarios de la Zarzuela. Y Patrimonio del Estado, los jardines, los palacios y, hasta hace muy poco, ese yate 'regalado': el 'Fortuna'. En total, unos 50 millones de euros anuales, pero la cifra exacta es un misterio por el manto de opacidad con el que se protege a la institución. Si Felipe VI quiere ganarse el respeto de los ciudadanos, es de las primeras cosas que tendría que cambiar.


"Hoy, más que nunca, los ciudadanos demandan con toda la razón que los principios morales y éticos inspiren -y la ejemplaridad presida- nuestra vida pública. Y el Rey, a la cabeza del Estado, tiene que ser no sólo un referente sino también un servidor de esa justa y legítima exigencia de todos los ciudadanos."

Es lo más cerca que ha estado el discurso del rey de afrontar otro de los grandes nubarrones que afectan al Estado español: la corrupción. Felipe de Borbón cita la cara de la moneda –la ejemplaridad– pero no su cruz.


"Y mirando a nuestra situación actual, Señorías, quiero también transmitir mi cercanía y solidaridad a todos aquellos ciudadanos a los que, el rigor de la crisis económica ha golpeado duramente hasta verse heridos en su dignidad como personas. Tenemos con ellos el deber moral de trabajar para revertir esta situación y el deber ciudadano de ofrecer protección a las personas y a las familias más vulnerables. Y tenemos también la obligación de transmitir un mensaje de esperanza -particularmente a los más jóvenes- de que la solución de sus problemas y en particular la obtención de un empleo, sea una prioridad para la sociedad y para el Estado."

Ha sido de las partes más conseguidas del discurso, pero se desliza un error de concepto para nada menor. El problema de la crisis económica no es la falta de empleo. No solo. El verdadero problema –el que ahora ya emerge en nuestra sociedad y que en los próximos años irá a más– es que ni siquiera con un empleo de los actuales se garantiza que una persona puede alcanzar el mínimo nivel de subsistencia para mantener su dignidad. Es culpa del paro, sí. Pero es también culpa de la enorme desigualdad que ha colocado nuestro país como el lugar en toda Europa donde existe mayor brecha social entre los ricos y los pobres. El reino de España supera en desigualdad a Letonia, a Bulgaria, a Grecia, a Portugal…


"En España han convivido históricamente tradiciones y culturas diversas con las que de continuo se han enriquecido todos sus pueblos. Y esa suma, esa interrelación de culturas y tradiciones tiene su mejor expresión en el concierto de las lenguas. Junto al castellano, lengua oficial del Estado, las otras lenguas de España forman un patrimonio común que, tal y como establece la Constitución, debe ser objeto de especial respeto y protección; pues las lenguas constituyen las vías naturales de acceso al conocimiento de los pueblos y son a la vez los puentes para el diálogo de todos los españoles. Y así lo han considerado y reclamado escritores tan señeros como Antonio Machado, Espriu, Aresti o Castelao."

Parece un chiste: van un castellano, un catalán, un vasco y un gallego y se juntan en un discurso real. Pero es un pequeño avance: es la primera vez en la historia que un monarca español elogia en su discurso de proclamación la pluralidad lingüística, por fin parte del patrimonio nacional.

Sin embargo, es un error considerar la pulsión independentista –a la que se intenta calmar con carantoñas así, como cuando Aznar hablaba catalán en la intimidad– como un problema folclórico o sentimental relacionado con la lengua propia. Está muy bien que el nuevo rey termine su discurso con unas palabras en catalán, en galego y en euskera, y también es de agradecer que el nuevo rey no pretenda "españolizar", al rancio estilo de Wert. Pero hace ya mucho tiempo que el problema territorial tiene muy poco que ver con la cuestión lingüística.

En palabras del propio rey, en su discurso: "Una nación no es sólo su historia, es también un proyecto integrador, sentido y compartido por todos". Y es es justo eso –un proyecto integrador y compartido– lo que se rompió para muchos ciudadanos catalanes y vascos.


"Nuestra Historia nos enseña que los grandes avances de España se han producido cuando hemos evolucionado y nos hemos adaptado a la realidad de cada tiempo; cuando hemos renunciado al conformismo o a la resignación y hemos sido capaces de levantar la vista y mirar más allá -y por encima- de nosotros mismos; cuando hemos sido capaces de compartir una visión renovada de nuestros intereses y objetivos comunes."

 Esto es lo más cerca que el rey que no entra en política ha estado en su discurso de apelar a una reforma constitucional. No ha sido poco.


"El siglo XXI, el siglo también del medio ambiente, deberá ser aquel en el que los valores humanísticos y éticos que necesitamos recuperar y mantener, contribuyan a eliminar las discriminaciones, afiancen el papel de la mujer y promuevan aún más la paz y la cooperación internacional."

Es también la primera vez en la historia que el respeto por el medio ambiente y la igualdad entre el hombre y la mujer se cuelan en un discurso de proclamación de un rey español. Es de agradecer, pero conviene recordar que esa discriminación a la mujer, en España, empieza por la figura del rey.

La primogénita del rey Juan Carlos no se llama Felipe: se llama Elena de Borbón. Y, si de verdad todos los españoles fuesen iguales ante la ley sin discriminación de sexo, Elena hoy sería reina y el nuevo príncipe de Asturias sería su hijo Froilán.

 

"Con mis palabras de hoy, he querido cumplir con el deber que siento de transmitir a sus señorías y al pueblo español, sincera y honestamente, mis sentimientos, convicciones y compromisos sobre la España con la que me identifico, a la que quiero y a la que aspiro; y también sobre la Monarquía Parlamentaria en la que creo: como dije antes y quiero repetir, una monarquía renovada para un tiempo nuevo."

Es el lema del nuevo reinado: una monarquía renovada para un tiempo nuevo. En su discurso, más allá del eslogan, ha habido unos cuantos guiños más, especialmente en lo que no se oyó. No hubo una sola mención en su discurso al Ejército –no hacía falta, iba vestido de militar–. Tampoco se habló de dios ni de la fe, ni hubo biblias ni crucifijos ni misas, y ya era hora en un Estado aconfesional.


"Decía Cervantes en boca de Don Quijote: " no es un hombre más que otro si no hace más que otro". Yo me siento orgulloso de los españoles y nada me honraría más que, con mi trabajo y mi esfuerzo diario, los españoles pudieran sentirse orgullosos de su nuevo Rey."

Suele pasar que los monárquicos sean bastante más cortesanos que el rey. Con esta frase, el nuevo jefe del Estado asume algo que a muchos de los monárquicos les provocaría algo más que un escozor: que su derecho a la jefatura del Estado se sostiene en el fondo por una pura cuestión práctica –"hacer más que otro" para ser más que otro–, y no por el derecho divino, la dinastía elegida y la línea de sucesión.

Todas las encuestas lo corroboran: la monarquía sigue siendo hoy mayoritaria en España, pero no tiene su futuro garantizado porque la mayoría de los menores de 45 años no se creen esta institución medieval. Ayer en TVE, Fernando Ónega culpó a "la educación" de ese desapego de los jóvenes con la monarquía –al parecer, a los de mi edad no nos lavaron el cerebro lo suficiente–. Se equivoca: la gran diferencia es que para un español criado con la democracia, ya no cuela esa idea de que la monarquía es la única forma de gobierno que evita que los españoles nos matemos entre nosotros.

Ya no tenemos miedo, como sí tenían (razonablemente) quienes vivieron bajo la bota de la dictadura franquista. Ya no vale solo con repetir que la monarquía es la garantía de la prosperidad, la estabilidad y la unidad nacional porque hoy no tenemos ni prosperidad, ni estabilidad ni la unidad nacional goza de muy buena salud.

El futuro de Felipe VI dependerá de su suerte y de su habilidad: de su capacidad (¿mágica?) para lograr que la estabilidad, la prosperidad y la unidad se reinstauren; para recomponer, sin tener mucha capacidad de intervenir, una democracia de baja calidad, deteriorada por una crisis institucional tan profunda o más que la crisis económica.

Ayer, había más aglomeración de gente en la recepción oficial –más de 3.200 invitados, además del personal de seguridad y los camareros– que fuera, en la Plaza de Oriente. Y en los corrillos del palacio, no encontré a muchos que lograran entender qué ha pasado en esta España para que exista este enorme divorcio entre la gente y el poder. Que el reinado comience con la detención de aquellos que se atreven a protestar no es la mejor señal.

En parte es un problema generacional donde hacen falta algunas abdicaciones más. En España –se vio ayer en los pasillos del Palacio Real– el establishment siguen siendo varones de más de sesenta años; esa generación que "trajo la democracia" y dejó un modelo de país que creen que nadie será capaz de mejorar. Que un rey nacido en 1968 llegue al trono de España, y que lo haga hablando de transparencia, renovación y ejemplaridad, tiene un indudable valor simbólico. Pero hacen falta más que palabras. No basta con un nuevo discurso y un nuevo monarca para que todo sigua igual.

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