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La mayor virtud y el mayor defecto de Pablo Iglesias

Juan Carlos Monedero, Luis Alegre, Pablo Iglesias, Íñigo Errejón y Carolina Bescansa, en la Asamblea de Podemos en Vistalegre I. / Marta Jara

Ignacio Escolar

Algún día, cuando se escriba con la suficiente distancia y en detalle la historia de Podemos, quedará patente algo que ya es evidente para cualquier observador bien informado: que Pablo Iglesias es mucho mejor candidato que organizador interno. Y la prueba de esta afirmación está en los numerosos incendios domésticos que ha padecido su partido desde su fundación, que no solo se resumen en la escisión que Íñigo Errejón y sus partidarios acaban de protagonizar, apoyados en viejos aliados de Podemos, como Equo o Compromís.

Porque no solo hablamos de Íñigo Errejón, el discrepante más sonado y visible. También de Carolina Bescansa, de Luis Alegre, de Ramón Espinar, de Teresa Rodríguez, de Pablo Bustinduy, de Tania Sánchez, de Gemma Ubasart, de Santiago Alba Rico, de Ariel Jerez, de Sergio Pascual, de Lorena Ruiz-Huerta, de Carlos Fernández Liria, de Óscar Guardingo, de José García Molina, de Albano Dante Fachin, de Fran Casamayor, de Manolo Monereo... Varios de estos nombres están hoy en la órbita de Errejón, aunque no estaban allí en un primer momento e incluso fueron rivales suyos. Otros, no.

En las últimas semanas, incluso Alberto Garzón empieza a ser tachado en reuniones internas de traidor por sus discrepancias con la estrategia de la dirección. De los cinco fundadores de Podemos, solo Iglesias continúa con mando en la organización. De los 12 miembros iniciales de su Ejecutiva, solo cuatro siguen aún. Y parece mucho tiempo, pero apenas han pasado cinco años desde que Podemos nació.

Cuando son tantos y tan distintos entre sí los críticos o disidentes que acumula Pablo Iglesias entre aquellos que fueron sus aliados o fundaron su organización… ¿De quién es la culpa de esa división? ¿Del líder o de todos los demás?

Quienes conocen por dentro el partido explican que el núcleo de decisión se ha reducido a la mínima expresión. Que cada vez hay menos contrapesos internos en Podemos al liderazgo de Iglesias. Era difícil construir esos contrapesos en un partido nacido a toda prisa y cuyo primer y casi único activo era un candidato conocido cuya cara salía en la papeleta electoral. Pero la evolución en estos años no ha paliado este fenómeno. Ha ido a más.

No es algo que solo ocurra en Podemos. También sucede en el PSOE con el hiperliderazgo de Pedro Sánchez –Esther Palomera, en este artículo, lo cuenta al detalle–. Y es probable que en Mas País, con Íñigo Errejón, acabe pasando igual.

Ocurre en casi todos los partidos por razones similares, unas causas que Alberto Garzón explica muy bien en esta reciente entrevista. La política depende de los medios y en ellos no pueden aparecer muchos portavoces. La conexión de los líderes con la ciudadanía “no es la propia de un partido de masas clásico”, dice Garzón: “Es una política que se traslada hacia la ciudadanía a través de discursos mediatizados, simbólicos y donde acaba encarnado en personas de carne y hueso”.

Cuando el partido y el líder se confunden tanto, ¿cómo evitar el hiperliderazgo? ¿Cómo generar un debate interno más plural y que encaje la crítica? No parece fácil y es algo que cada vez ocurre más.

Los militantes de los partidos –los de Podemos, los de IU, los del PSOE, los de Más Madrid...– votan en las consultas y en las primarias, pero esta suerte de referéndums internos están muchas veces condicionados por el tirón personal de los líderes o su nivel de popularidad; un peso que se retroalimenta por su presencia en los medios de comunicación. Las primarias en gran parte de las circunscripciones las gana quien es más conocido o quien tiene el aval del líder más conocido, no necesariamente el mejor. Las consultas a la militancia se suelen plantear solo cuando interesan y con las preguntas decididas previamente desde la dirección. A pesar de una apariencia de mayor participación, la democracia interna en los partidos ha ido, en casi todas las organizaciones, a peor.

Probablemente los mismos atributos que han hecho de Pablo Iglesias un político excepcional, un candidato capaz de dar la vuelta a la campaña en un solo debate, son los que hacen de él un mal jugador de equipo. En política, como en el fútbol, no es lo mismo un mediocentro que un goleador.

Sin la valentía de Iglesias, sin su seguridad en sí mismo, sin su osadía, Podemos no habría nacido ni tampoco habría llegado donde está. A pesar de los escaños que ha perdido en los últimos años, no hay muchos otros partidos en Europa a la izquierda de la socialdemocracia con un porcentaje de voto así. Pero estos mismos atributos, en la interna del partido, restan más que suman. Y a medio plazo, deterioran la vida interna de la organización, y también sus resultados electorales.

Hace años, en una entrevista, preguntaron a Xavier Domènech cuál era la mayor virtud y el mayor defecto de Pablo Iglesias. El entonces portavoz de los comunes respondió a las dos preguntas con una misma definición: “La audacia”. Porque la audacia de Iglesias, en muchas ocasiones, se convierte en un defecto, más que en una virtud.

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