De Bilbao a Bilbao en bicicleta con 8.500 metros de desnivel acumulado

Efecto foehn en la Sierra Salvada

El confinamiento de la primavera de 2020 nos hizo repensar el lugar que ocupa en nuestras vidas la bicicleta. En concreto, yo tuve que replantear los viajes en bicicleta de montaña que acostumbro a hacer cuando me saco unos días libres de la agenda. Semana Santa suele ser una de esas épocas en las que consigo hacerme con tiempo libre. Se alinean los astros y no queda otra: hay que pedalear.

La estrecha relación entre bicicleta y calidad de vida

La estrecha relación entre bicicleta y calidad de vida

Pues bien, estábamos en la primavera de 2021. La de 2020 fue diferente, de esas para recordar en la posteridad, a las puertas del drama de la COVID-19. Nadie parecía saber nada a ciencia cierta, a pesar de que las tertulias mediáticas pusieron en escena a un ejército de epidemiólogas y epidemiólogos. Nunca antes supimos que tanta gente había estudiado para salir en la tele. El caso es que, entre ola y ola de coronavirus, la siguiente Semana Santa, la de 2021, nos abrió una ventana para viajar en bici de nuevo. Pero como el horno no estaba aún para muchos bollos, la ruta fue humilde: salimos de casa y regresamos tras cinco días de pedaleo. O sea, Bilbao-Bilbao. Eso sí, en 326 kilómetros y con 8.436 metros de desnivel acumulado. Lo típico si eres de Bilbao.

Siempre conviene volver la mirada sobre el territorio que uno tiene más cerca. La bici permite llegar a muchos lugares que, de no ser por ella, quizá nunca descubriríamos. Así pues, se trataba de diseñar una ruta circular que nos permitiera pedalear por tierras conocidas, pero de una manera no tan habitual: con la mochila a la espalda y pernoctando hasta completar las cinco etapas, que era lo que daba de sí la agenda.

Salimos, pues, de Bilbao y terminamos la primera etapa en Sopuerta, para lo que hubo que cruzar los Montes de Triano, un territorio de pedaleo cotidiano en mi caso. La siguiente etapa nos llevó hasta Carranza, lo que suponía continuar por montes horadados por las minas de hierro, antes de entrar en el Parque Natural del Armañón y bajar hasta el valle, en busca del balneario de los Padres Palotinos. 

Continuamos con la etapa reina, con más de 2.000 metros de desnivel acumulado. Esta vez finalizamos en Balmaseda, luego de pedalear por las laderas del Valle de Carranza y terminar con la subida que deja el Kolitza a la derecha para descender de nuevo hasta la capital de Enkarterri. 

La cuarta etapa nos permitió pedalear a la sombra del Txarlazo, mientras nos dirigíamos a Amurrio, previo paso por Orduña. Finalmente, la vuelta a Bilbao tuvo premio: en vez de tomar el camino más corto, elegimos acercarnos hasta la parte alta del nacimiento del Nervión para bajar por el puerto de La Barrerilla y ya, por fin, poner rumbo al lugar del que salimos.

Comenzar a pedalear desde casa me encanta. Nada de embalar la bici para meterla en ningún transporte, nada de eso. Todo es más sencillo. Eso sí: hay que revisar la 'lista de necesarios'. ¿Nos dejamos algo? Bueno, sin nervios: pedalear por Bizkaia y Álava supone que nunca te alejas demasiado de la supuesta civilización. Así que, ánimo. Hay que bajar hasta la estación de metro de las Siete Calles. Allí hemos quedado con el compañero habitual de fatigas. Comenzamos ruta.

Salimos de Bilbao por las vías del colesterol. Nos pegamos a la ría camino de Olabeaga y enseguida afrontamos la primera subida del día, la que nos conduce hacia el barrio de Saratxo por Sasiburu y pasa por Santa Águeda. Antes de empezar, nos topamos con un conocido. ¿Qué? A pasar el día, ¿no? No, no, vamos en ruta de cinco días. Subimos a Sasiburu, pasamos por la base del Eretza, bajamos a San Pedro de Galdames, luego subimos a Mello… Nos mira y nos cataloga en el grupo de mira que hay gente animada. 

Una ruta por los alrededores de Bilbao es, básicamente, subir y bajar montes. Cada una de las cinco etapas supera los 1.500 metros de desnivel acumulado. Y una de ellas, la cuarta, como comentaba antes, pasa de los 2.000. Montes son montes, los tomas o los dejas. Los tomamos, los tomamos.

Esta primera etapa nos regala un buen clima para pedalear. Tras bajar desde la base del Eretza, junto a su refugio, la ruta nos lleva hacia el valle del Barbadún. Ahí hay un lugar especial, un tanto escondido a las miradas indiscretas. Junto a la ferrería del Pobal deslumbra un mágico bosque de bambú, único en esta parte del planeta. Acércate y dime si eres capaz de resistirte a fotografiarlo. Imposible, ¿verdad? Un paraje diferente para llevarse en la retina este primer día. 

Desde el Barbadún toca subir de nuevo, esta vez hasta el Mello, uno de esos montes emblemáticos de la zona. Pasamos página; no hacemos escarnio de una caída en plena subida. Desde arriba solo queda bajar hasta Sopuerta. Nos espera un agradable alojamiento rural. La pandemia todavía está muy presente por todas partes. Es Semana Santa y hay turisteo, pero reducido a su mínima expresión. Supongo que a esas alturas de pandemia, la palabra que mejor la define es miedo. Y mascarilla, claro, mascarilla.

El segundo día amanece también precioso. Espectacular. Hacemos boca con la subida a Bezi por una carreterita que siempre me ha parecido encantadora. Cogemos la Vía Verde de los Montes de Hierro en la estación de Traslaviña y bajamos en dirección de nuevo hacia Sopuerta. En Olabarrieta empalmamos con la subida hacia el barrio de Alén. La orografía del terreno está sometida a las heridas que dejaron las minas. Desde arriba se agradecen las vistas, pero más aún en el siguiente tramo que nos deja en el Betaio. Al norte se ve el Cantábrico. Nosotros, en cambio, seguimos el track de la TransEuskalherria y nos dirigimos hacia el valle de Carranza. Claro que antes hay que bajar a Turtzioz y entrar en el Parque Natural del Armañón. Otra buena subida, para qué engañarnos. Es lo que hay. Para que el ascenso sea más llevadero, segregamos una cuantas endorfinas. Que no se diga que los humanos no tenemos recursos.

Nos alojamos en el balneario de los Padres Palotinos. Aunque el edificio principal y las instalaciones no son nada del otro mundo, el lugar tiene su encanto. Los jardines de los alrededores te llenan los pulmones de melancolía. Paseamos. Dejamos que los pensamientos fluyan. Todo en calma. ¿Has visto las previsiones del tiempo para mañana? ¿Calma?

El día nos engaña. Pues no llueve. Espera, espera. Rodar en Semana Santa por estas latitudes tiene premio. En la subida inicial para dejar atrás el valle comienza la lluvia. Nada fuera de lo normal. Calabobos. Calabobos durante toda la etapa. Sirimiri al poder. Verde, todo verde. Empapados hasta el tuétano. Echamos mano de una dosis extra de endorfinas; no pasa nada.

Pedalear por las laderas que rodean el valle de Carranza es ir pasando barrios y más barrios. Pierdes la cuenta. Pierdes la toponimia. ¿No habíamos pasado ya por aquí? Según parece, son 46 barrios en total. Eso sí, la iglesia de San Bartolomé de Aldeacueva y su cementerio anexo nos sobrecogen. La niebla, la bruma, la humedad. Otra vez la melancolía. Balmaseda espera al otro lado de los montes. Aguantamos la tentación de hacer cumbre en el Kolitza. La lluvia nos empuja de nuevo hacia el valle, ahora del Cadagua, ese río que cruzamos el primer día cerca ya de su desembocadura, a la altura de Burtzeña. Un río, el Cadagua, que por allí lleva 'más mierda que agua'. Perdón, siempre lo escuché de pequeño.

Llegamos arrugados de estar todo el día bajo el sirimiri. Las bicis piden a gritos un lavado. Cumplimos con las obligaciones y nos recogemos en el hospedaje que ofrece el antiguo convento de San Roque. Rezamos nuestras oraciones a Santa Biela del Carbono y ya, si eso, mañana será otro día. Por cierto, recuerdo que acababa de leer el primer libro de Guillaume Martin, 'Sócrates en bicicleta', y andaba yo muy sensible con la 'ciclosofía'.

La cuarta y penúltima etapa nos saca de la cama con un ojo puesto en la ventana. Bueno, tampoco parece que el día pinte tan feo como ayer. Seguimos siendo fieles al track de la TransEuskalherria, que, camino de Orduña, hace una breve incursión en la provincia de Burgos. Cosas de la ruta, que no sabe de fronteras. Seguimos hacia el embalse de Maroño por una zona muy agradable, con el Txarlazo ahí a la derecha, majestuoso. En Orduña, la única población de Bizkaia que ostenta el título de ciudad, paramos en una terraza, a dejar que sol nos acaricie, mientras cae un pintxo de tortilla. No solo de barritas energéticas y geles vive el ciclista. Y como no ha habido forma de encontrar alojamiento abierto en la 'ciudad', el fin de etapa lo festejamos en Amurrio.

Sí, ya sé que de Amurrio a Bilbao son poco más de 30 kilómetros. Sin embargo, su versión ciclista nos obligaba a subir hasta la zona del nacimiento del Nervión para completar un pequeño rodeo que se nos quedaba en 85 kilómetros. La ley de la línea recta como manera más corta de unir dos puntos no aplica.

De todas formas, la etapa nos permite admirar unos paisajes que la justifican. Eso sí, hacia el mirador de la cascada de Goiuri hay que afrontar una subida inicial que se las trae. Sin embargo, todo el entorno de la Sierra Sálvada es fantástico. Desde allí arriba uno siente que la ruta merece la pena. Inmortalizamos el momento con alguna que otra fotografía que se quedará como fondo de pantalla en el ordenador durante un buen tiempo. Eso quiere decir que tenía su encanto, ¿verdad? 

Solo queda bajar por un camino entretenido que caracolea en torno a la carretera del puerto de la Barrerilla hacia Amurrio. Ahora sí, ahora la directa. Treinta kilómetros después, estamos en casa. La pandemia continúa. Menos mal que hemos aprovechado esta ventana de cinco días. Tenemos suerte.

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