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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

40 años sin Iñaki, Imanol y Conrado. In memoriam

Un mural con pintadas de apoyo a ETA

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Todas las guerras se libran dos veces, la primera en el campo de batalla y la segunda en el recuerdo

Viet Thanh Nguyen

Hace ahora 40 años. El 24 de junio de 1981 ETA asesinó en Tolosa a tres jóvenes que vendían de puerta en puerta métodos de euskera. Imanol Martinez Castaños, natural de Durango, casado y con dos hijos, e Iñaki Ibargutxi Erostarbe, natural de Miravalles-Ugao, a unos meses de su boda, ambos de veintiséis años, murieron en el acto. Conrado, hermano de Imanol, treinta y un años, natural de Durango y vecino de Zabalbide en Bilbao, casado y con un niño pequeño, murió nueve meses después.

Iñaki militaba en EGI, juventudes del PNV, y Conrado, en el PCE-EPK. Aunque en los primeros días tras el atentado ambas formaciones afirmaron su intención de querellarse contra los causantes, ninguna lo hizo. ¿Por qué?

ETA reconoció su autoría como un error tras ocultar su responsabilidad durante 37 años. La noticia se hizo pública en noviembre del 2018 en su boletín interno, 'Zutabe', leído en la ceremonia–rueda de prensa exculpatoria y ofensiva para todas las victimas. Admitir que aquello fue un error equivale a considerar que el resto de atentados y asesinatos cometidos (más de ochocientos con sus nombres y apellidos) fueron un acierto. Es una infamia. ¡El verdadero error fue ETA!

La dirección de ETA tuvo la desvergüenza de negar entonces su autoría, y voces como las de Santiago Brouard y otros acusaron del atentado a las cloacas del Estado. En el funeral de Durango se llegaron a gritar incluso vítores a ETA, organizándose una manifestación a favor de la banda tras el entierro. La prensa de aquellos días no cuenta un relato, sino la crónica junto a fotografías escalofriantes del hecho. Queda constancia.

Haber ocultado durante tanto tiempo este crimen y el de la bomba en la cafetería Rolando de Madrid del 13 de septiembre del 74 en el que murieron 13 personas y hubo 70 heridos, admitido en el mismo boletín, evidencia —como en los más de 300 casos no resueltos— la gran deuda del nacionalismo radical con la sociedad y con las víctimas.

Porque aunque se pudieran beneficiar de la amnistía (como en el caso de la cafetería Rolando) los autores tenían, como sus víctimas nombres y apellidos, pero sólo conocemos los de las victimas. La banda pretende ocultar y diluir bajo su manto, en una especie de mea culpa, la identidad de sus verdugos e inductores, diluyendo las responsabilidades en las siglas, un ente sin responsabilidad civil.

Algunos opinan que revisar el pasado y aclarar hechos y delitos pendientes no tiene sentido y que hay que mirar adelante y pasar página, pues el pasado sólo nos trae enfrentamiento y rencor. Ciertas autoridades y mentes bienpensantes opinan, incluso en voz alta, que es mejor olvidar y dar un carpetazo definitivo, es decir imponer en la practica una Ley de Punto Final.

Sin embargo otros llevan la memoria grabada de tal modo que en cada momento sienten la carencia, se nota la pierna o el brazo que perdió en el atentado, el hijo siente la ausencia del padre o la madre que nunca volvieron.

Se ha producido además, un número incontable de secuelas. Algunos familiares no han podido enterrar a los suyos al no haber aparecido sus cuerpos, como los tres jóvenes de Galicia en Irún: Humberto, Fernando y Jorge, que nos recuerda A. García Ortega en su importante libro, Una tumba en el aire.

Con motivo de la aplicación de la Ley de la Memoria Histórica hemos podido constatar que quienes se resisten a que otros recuperen de las cunetas los restos de padres o abuelos, molestándose con alharacas de que otros puedan hacerlo, esos que se oponen, coinciden casualmente con los que tienen algo que ocultar en el pasado.

Los ciudadanos supervivientes tenemos la honrosa tarea de recordar, dignificar a las victimas y seguir adelante, porque es preciso esclarecer, hacer justicia, saber qué pasó en cada caso concreto y en el caso del terror de ETA, hay demasiados casos pendientes. Hubo familiares de víctimas de ETA que necesitaron ocultar lo ocurrido para seguir viviendo. Algunos consiguieron sobreponerse pronto por entereza y el apoyo de amigos y profesionales. Otros al pertenecer a agrupaciones distintas, tienen su Día de la Memoria donde homenajean a los suyos.

Hay pueblos, ayuntamientos, sociedades y entidades que se portaron entonces vergonzosamente, ocultaron los hechos y aun siguen en ello.

Afortunadamente la Fundación Memorial de Victimas del terrorismo que acaba de inaugurar su sede en Vitoria-Gasteiz se ocupa de la memorización de todas las victimas, siendo ésta una de las tareas consustanciales con sus principios.

La memoria es una necesidad social básica para conocer lo que pasó tiempo atrás, para poder analizarlo y evitar que vuelva a ocurrir. Cada golpe, la suma de desgracias y terror, desde el grado más salvaje al más sutil, es algo que padecemos todos y cada uno de los ciudadanos. Hay quien cree haberse librado de los efectos del terror pues dice que se mantuvo al margen y, al ser neutral nadie le molestó. Sería largo pormenorizar, pero recordaremos que, no hay enfermo más grave que el que ignora su enfermedad.

Afrontar la idea de que uno pudo estar equivocado entonces y estarlo ahora, no es tarea fácil, supone tener el coraje de corregir su trayectoria. Sí, entre nosotros el problema es un tabú, pues manifestar la propia opinión choca con la necesidad de pertenencia al grupo y el temor a ser señalado, criticado o expulsado si se verbaliza una idea contraria a la dominante. Así el grupo funciona como guardián de las esencias y de los errores, como si todos hubieran sido testigos de un delito del que nadie pudiera disentir. Es el pacto de silencio propio de una sociedad sometida que vivió largo tiempo bajo el terror y hoy padece, inconscientemente en algunos casos, sus consecuencias.

Es preciso recordar hasta la saciedad y argumentar desde la didáctica que matar nunca puede ser un medio político y que ¡No matarás! no es sólo un quinto mandamiento en la tabla de Moisés, sino también la principal agresión que un hombre puede infligir a otro hombre, penalizada por irremediable y salvaje por las leyes humanas.

Cuando convocados por Gesto por la Paz, nos reuníamos en un círculo cada día que había una víctima por terrorismo, lo hacíamos en torno a una tímida pancarta por su tamaño y mensaje. Decía: “Han matado a un hombre. ¿Por qué no la paz?” y en el balcón de la diputación de Bilbao colgaba una pequeña pancarta especie de eco de la primera: “¿Por qué no la paz?”. No pretendo criticar aquella presencia y pequeña resistencia civil, al contrario la celebro y reconozco, pues la mayor parte de la población no estaba dispuesta a significarse y soportar insultos y señalamientos a que nos sometía un grupo pequeño de fanáticos faltones tras una pancarta grande. La Ertzaintza, a una prudente distancia, observaba.

Es importante hacerse correctamente la pregunta para poder afrontar el problema, hay que responder primero ¿por qué la guerra, por qué el terror, por qué matar?

El 24 de junio de 1981 ETA asesinó en Tolosa (Gipuzkoa) a tres jóvenes. Han pasado cuarenta años y su caso aún no ha sido resuelto. Su dignidad no ha sido recuperada públicamente, su memoria necesitará siempre el reconocimiento de la sociedad a la que pertenecían. Por más que haya quien desde el púlpito, la tarima o el escaño argumente con torpeza en una ceremonia de ocultación que: ¡hay que pasar página! que, ¡por la paz un Avemaría! que, ¡aquí paz y después gloria!

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Publicado el
23 de junio de 2021 - 21:43 h

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