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Antonio Sánchez Gómez convierte la devastación minera de Bolivia en literatura de resistencia con 'Remover la tierra'

El autor, en una imagen de su archivo personal
17 de mayo de 2026 11:13 h

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Algunos libros describen un territorio mientras lo vamos atravesando. Remover la tierra, el nuevo trabajo del escritor y abogado ambientalista emeritense Antonio Sánchez Gómez pertenece claramente a este grupo. El lector no permanece a salvo observando desde fuera: desciende con el autor a galerías mineras sin oxígeno, bucea lagos convertidos en salares tóxicos, escucha las explosiones de dinamita en los cerros bolivianos y acompaña a comunidades indígenas que intentan sobrevivir en territorios devastados por décadas de salvaje extracción minera como en San Agustín de Puñaca, en Oruro, Bolivia.

Publicado por Sigilo Editorial, el libro es una mezcla singular de crónica periodística, ensayo político, literatura de viajes y narrativa testimonial. Pero, sobre todo, es una inmersión en las heridas contemporáneas del extractivismo latinoamericano y en las vidas que quedan atrapadas bajo sus consecuencias y que parece no importar a casi nadie. También se busca evidenciar el poder del litigio estratégico y de herramientas jurídicas que, pese a su potencial, rara vez se activan para corregir vulneraciones de derechos colectivos como el agua o la soberanía alimentaria, así como para proteger los derechos de la Naturaleza, ámbito en el que Bolivia ha sido pionera.

Sánchez Gómez, nacido en Mérida en 1981, no se aproxima a este territorio desde la distancia académica ni desde el turismo literario. Su escritura está modelada por una experiencia directa, acumulada durante años de litigio y acompañamiento a comunidades que resisten la devastación ambiental. Su trayectoria como abogado ambientalista no funciona como simple nota biográfica: constituye la arquitectura ética y epistemológica de su obra, la lente desde la que interpreta y narra los conflictos socioecológicos de América Latina.

Tras enfrentarse jurídicamente a los llamados mecheros de la muerte en la Amazonía ecuatoriana —esas antorchas petroleras que durante décadas quemaron gas a escasos metros de poblaciones indígenas, convirtiendo la noche en un resplandor tóxico— publicó Derrotero, un libro que no solo documenta la violencia extractiva, sino que reivindica la dignidad y la vulnerabilidad de quienes defienden el territorio. Allí ya se intuía una voluntad de pensar la justicia desde el territorio, no desde los marcos abstractos del Derecho.

Ahora, el escenario se desplaza hacia Bolivia, donde el autor participa en procesos judiciales vinculados a la contaminación minera y colabora con organizaciones sociales y ambientales que denuncian la destrucción de ecosistemas y comunidades enteras. Este desplazamiento geográfico no es un mero cambio de escenario: es la continuidad de una cartografía del daño y, al mismo tiempo, de una geografía de resistencias que Sánchez Gómez convierte en literatura crítica, comprometida y profundamente humana.

Ese punto de partida jurídico y militante dota a Remover la tierra de una dimensión poco habitual: el narrador no es únicamente observador, sino también parte implicada en la investigación y en los procesos de denuncia. Desde esa posición híbrida —entre abogado, cronista y viajero— Sánchez Gómez construye una narración profundamente física y sensorial.

Lago Poopó

La obra comienza en las tierras altas bolivianas, acompañando a miembros del Centro de Desarrollo Andino (CENDA) en la preparación de una demanda ambiental relacionada con la destrucción del lago Poopó, uno de los mayores humedales andinos del continente. La escena inicial ya marca el tono del libro: un paisaje fantasmal donde apenas queda agua y donde las nubes parecen reflejarse “en un mínimo espejo” sobre una costra de sal. Lo que antes fue un lago lleno de peces y aves migratorias se ha convertido en un territorio moribundo por la combinación de sequía, cambio climático y contaminación minera.

A partir de ahí, el relato avanza como una especie de descenso progresivo a las entrañas del modelo extractivo. El autor recorre Cochabamba, Oruro, Llallagua y otros territorios amenazados por la minería mientras conversa con activistas, abogados, cooperativistas, indígenas, periodistas y trabajadoras mineras. Cada desplazamiento amplía el mapa de un país marcado por contradicciones permanentes: riqueza mineral y pobreza extrema, resistencia indígena y dependencia económica, memoria revolucionaria y devastación ambiental.

Experiencias casi táctiles

Uno de los grandes aciertos del libro es precisamente su escritura. Sánchez Gómez evita tanto el lenguaje técnico como la frialdad del reportaje convencional. Su prosa tiene una intensidad literaria muy poco frecuente en la no ficción contemporánea. Las descripciones convierten los paisajes en experiencias casi táctiles: el olor metálico de las minas, el frío extremo del altiplano, el polvo suspendido sobre las carreteras o la sensación de asfixia dentro de los túneles aparecen narrados con una precisión que sitúa al lector dentro de la escena.

Especialmente impactantes son los capítulos dedicados a las minas de Llallagua, uno de los grandes enclaves históricos de extracción de estaño en Bolivia. Allí, el autor desciende junto a cooperativistas mineros a galerías subterráneas donde apenas se puede respirar. El relato abandona cualquier romanticismo asociado a la minería y muestra una realidad brutal: trabajadores que arrastran enfermedades pulmonares irreversibles, explosiones constantes, temperaturas extremas y túneles donde un derrumbe puede significar la muerte inmediata.

Sánchez Gómez conecta además esa experiencia contemporánea con la larga historia colonial del extractivismo latinoamericano. El estaño boliviano, recuerda el libro, alimentó la industria mundial durante el siglo XX y permitió fabricar desde conservas alimentarias hasta componentes electrónicos. Bajo el brillo de la modernidad tecnológica aparecen así miles de cuerpos humanos sacrificados y montañas literalmente vaciadas por dentro.

La figura de Simón Patiño —el magnate boliviano del estaño conocido como “el rey del estaño”— recorre buena parte del texto como símbolo del capitalismo extractivo latinoamericano, pero no se limita a denunciar el pasado colonial o empresarial. También pone el foco en los conflictos contemporáneos: la contaminación por metales pesados, la falta de control estatal, las luchas entre cooperativas mineras y comunidades indígenas o las consecuencias del agronegocio sobre territorios amazónicos y rurales.

A lo largo de sus páginas aparecen además múltiples voces del pensamiento crítico boliviano y latinoamericano. La antropóloga Alison Spedding, el activista Óscar Olivera o diferentes líderes indígenas y ambientales dialogan con el autor sobre colonialismo, ecología y resistencia popular. El resultado es un mosaico complejo donde conviven análisis político, memoria histórica y experiencia personal.

Mujeres palliris

Pero probablemente las páginas más conmovedoras sean las dedicadas a las mujeres palliris, viudas de mineros que sobreviven seleccionando manualmente restos minerales entre escombros tóxicos. Sánchez Gómez retrata sus jornadas de trabajo bajo temperaturas extremas y rescata testimonios marcados por la pobreza y la exclusión. Son mujeres que trabajan rodeadas de polvo metálico y piedras mientras recuerdan a maridos muertos por silicosis o enfermedades relacionadas con la minería.

El libro también aborda cómo la violencia extractiva afecta de manera diferenciada a las mujeres. En el universo minero aparecen supersticiones, exclusiones y dinámicas profundamente patriarcales que históricamente han apartado a las mujeres del trabajo remunerado dentro de las minas, relegándolas a tareas invisibles y extremadamente precarias.

Las palliris se encuentran al final de un sistema que no solo machaca territorios también cuerpos, tienen historias personales muy duras pero también la necesidad de ser reconocidas como la última pieza de un engranaje cruel.

Imagen de algunas de las palliris, mujeres bolivianas con un trabajo invisible y necesario

Todo ello convierte Remover la tierra en una obra que dialoga directamente con debates contemporáneos sobre transición ecológica y explotación de recursos naturales. Mientras Europa y Estados Unidos aceleran la demanda de minerales estratégicos para sostener la digitalización y la llamada economía verde, el extremeño afincado en Barcelona recuerda qué territorios y qué cuerpos sostienen realmente ese modelo.

El libro plantea así una pregunta incómoda, pero inevitable: qué precio humano y ambiental tiene el progreso tecnológico contemporáneo. Porque detrás de los teléfonos móviles, las baterías, los ordenadores y los centros de datos continúan existiendo montañas perforadas, aguas contaminadas y comunidades de seres humanos desplazadas.

Apuesta formal

Más allá del contenido político y ambiental, Remover la tierra destaca también por su apuesta formal ya que construye una escritura que mezcla observación periodística, lirismo y oralidad popular. El resultado tiene momentos cercanos a la literatura de viajes latinoamericana, al nuevo periodismo e incluso al realismo mágico andino, especialmente cuando aparecen figuras míticas como 'El Tío', la deidad de las minas bolivianas que mezcla creencias indígenas y demonología colonial.

En un contexto mediático dominado por la rapidez y la simplificación, el autor apuesta por una narración lenta, inmersiva y profundamente documentada. No se limita a informar: intenta comprender cómo funciona un sistema económico capaz de convertir territorios enteros en zonas de sacrificio. Tampoco quiere pasar por alto que las corporaciones canadienses y australianas responsables de algunos de los mayores desastres ambientales en Bolivia son las mismas que hoy realizan prospecciones en la península ibérica mientras se nos insta a celebrar la extracción de supuestos minerales críticos o estratégicos, categorías construidas por la propaganda corporativa hasta convertirse en sentido común.

Sin embargo, estos términos no responden a realidades geológicas inevitables sino a intereses económicos que se presentan como urgencias históricas. El precedente boliviano es elocuente: el boom del estaño en la primera mitad del siglo XX —impulsado por la demanda bélica de las guerras mundiales— se desplomó en cuanto cesaron los conflictos, dejando una industria desmantelada y a miles de mineros sin sustento. Un siglo después, se repite la narrativa: se nos convence de que debemos sacrificar nuestros territorios para alimentar una nueva carrera armamentística y tecnológica, cambiando los minerales, pero no la lógica extractiva que los legitima.

Acompañamiento y escucha

Con esta obra, Antonio Sánchez Gómez consolida además una trayectoria singular dentro de la literatura de no ficción española. Desde Extremadura con visión internacionalista, el autor construye una mirada holística conectada con las luchas ambientales y sociales de América Latina, alejándose de enfoques paternalistas o exotizantes. Lo hace desde el acompañamiento y la escucha, pero también desde una evidente posición política: la defensa de los territorios y de las comunidades que resisten frente a la lógica depredadora del extractivismo global.

Remover la tierra, no es por lo tanto, únicamente un libro sobre minería o contaminación ambiental. Es también una reflexión sobre el colonialismo contemporáneo, la desigualdad global y la forma en que el norte económico continúa sosteniendo su bienestar sobre territorios convertidos en espacios de sacrificio. Y quizá por eso su lectura deja una sensación incómoda y persistente: la certeza de que bajo cada dispositivo tecnológico y bajo cada promesa de progreso siguen existiendo minas oscuras donde alguien continúa respirando polvo tóxico para sostener el mundo contemporáneo.

Y es que, aunque en el mundo algunas personas están lejos unas de otras, nunca lo suficiente como para que los comportamientos de unas no influyan sobre las demás.

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