Ser alcalde por amor al arte en un pequeño pueblo de Cáceres como Aldea del Cano

El alcalde, Miguel Salazar, con la teniente de alcalde, María Soledad Correas

Miguel Salazar, maestro de profesión y especialista en Educación Especial, lleva siendo el alcalde de la localidad cacereña de Aldea del Cano, de poco más de 600 habitantes, desde 2015. Al igual que los otros tres alcaldes que le antecedieron, todos maestros también, no recibe ninguna retribución económica por su dedicación. Una dedicación que, por cierto, es continua porque “los alcaldes de los pueblos pequeños, lo somos las 24 horas del día, los 365 días del año”, afirma en declaraciones a este diario.

Él es uno de los 28 alcaldes de la provincia de Cáceres que no tienen salario alguno por su función, frente a los 5 alcaldes de la provincia de Badajoz que tampoco reciben retribución alguna. Tiene un pequeño y austero despacho en el ayuntamiento, aunque su sala de reuniones, realmente, es todo el pueblo, desde las calles hasta el supermercado, o el principal bar-restaurante de la localidad. Cualquier sitio es bueno para abordarle y preguntarle “cómo va lo mío” o “delante de mi puerta hay un bache muy grande”, “aquella farola no funciona” o “necesito una rampa en esa acera para bajar con mi silla de ruedas”.

Todo lo va solucionando poco a poco, sobre la marcha si es posible, pero “siempre les digo que, a pesar de que me lo digan por la calle, que dejen constancia de su solicitud por escrito, porque es lo correcto”.

Los lunes, día de audiencias, pero nadie va

El lunes es el día de audiencias, el día reservado para recibir las visitas de sus paisanos en el consistorio, pero la verdad es que nadie hace uso del primer día de la semana para plantearle sus problemas o necesidades. Le llaman directamente por teléfono, le mandan algún whatsapp, o bien se lo dicen por la calle, o en la barra del bar cuando, en algún momento de ocio, puede ir a tomarse algo“.

De ello da fe Juan José Salazar, propietario de un negocio hostelero, que afirma rotundamente que, a veces, el bar se convierte en un salón de plenos, “donde se habla de todo, pero desde el respeto. Seguramente aquí le dicen al alcalde más cosas que en su despacho, porque da confianza y tiene buen talante”.

 Ni tomarse una caña tranquilo

¿Le dejan tranquilo para tomarse una caña o un chato de vino?, Juan José señala que es cierto que siempre está tratando con la gente asuntos del pueblo, pero “nunca le he visto molesto, la gente se acerca con respeto y le plantea las cosas”, y si no, allí está él mismo para hacer de moderador, asegura.

Otro vecino del pueblo, José Sánchez, lo corrobora mientras se toma unas cañas con unos amigos. Considera que es muy positivo tener un acceso tan directo al alcalde del municipio, cuestión que es común a la mayoría de los municipios pequeños cuando los alcaldes viven allí, que no siempre es así. “De hecho, en mi pueblo, en Torreorgaz, pasa lo mismo”, dice uno de sus amigos.

Tener un alcalde vecino, amigo y al alcance de la mano, es todo ventajas. Así lo considera también Daniel Mariño, el dueño del supermercado, o Maribel Bazaga, la presidenta de la Asociación de Mayores de Aldea del Cano, que ponen de manifiesto que poder plantearle cualquier problema o petición sin tener que pedir cita a un secretario o jefe de gabinete, como ocurre en ayuntamientos de gran tamaño, lo hace todo más fácil.

Así es para los vecinos, pero para el alcalde de un pueblo pequeño eso significa “no dejar de serlo ni un segundo”, implica “dedicarle todas las horas del día y quitarle mucho tiempo a tu familia”. Aunque reconoce que la afectación a su familia no va más allá del tiempo robado, “nadie aborda por la calle a mi mujer o a mis hijos para decirles que me comuniquen tal o cual cosa”. De hecho, “a mi mujer no le gusta que le llamen alcaldesa o primera dama, como algunos”, dice en tono de broma.

La importancia de poder llamar a los vecinos por su nombre

El fin de semana es tiempo para el ocio, aunque un ocio relativo porque “aprovecho para coger la bicicleta y me recorro el pueblo, saludo a la gente, les pregunto por sus problemas, por sus familias, les llamo por su nombre, algo que para mi es muy importante, que me sientan cercano”.

Los alcaldes de pueblos pequeños “también hacemos mucha labor de intermediación, ayudamos a solucionar los conflictos entre los vecinos de la mejor manera posible” y “estamos pendiente de nuestros mayores, de que no se sientan solos”.

“Es bestial el trabajo administrativo que se puede generar en un ayuntamiento de un municipio de 620 habitantes y, sobre todo, si es un pueblo inquieto”, dice presumiendo de su municipio que, a pesar de ser pequeño, “cuenta con todo tipo de servicios: consultorio médico, colegio, pabellón deportivo municipal, casa de cultura, residencia de mayores, bar, supermercado, farmacia e incluso una escuela infantil de 0 a 3 años, que nos supone una inversión anual de 20.000 euros, pero que ha merecido la pena”.

En esa escuela hay siete niños, “eso permite que los padres puedan trabajar en el pueblo y no se tengan que ir a trabajar a Cáceres para contar con una guardería”, afirma María Soledad Corrales, teniente de alcalde, y que está liberada parcialmente, es decir, que cobra un salario por las horas que dedica al ayuntamiento. Ella es la que se ocupa de todo mientras el alcalde está trabajando.

¿Compensa ser alcalde por amor al arte?

Miguel no tiene dudas a la hora de responder, y lo hace con un sí rotundo, “por la satisfacción de poder ayudar a los demás y ver que los objetivos se van cumpliendo”.

Unos de eso objetivos es pode construir viviendas en una parcela de 40.000 metros cuadrados que ha comprado el ayuntamiento pensando en los jóvenes, para que no se tengan que ir del pueblo; mejorar el polígono industrial, hacer un nuevo albergue y volver a poner en marcha el Servicio de Orientación Laboral que tan buenos resultados tuvo hace unos años, logrando buenos puestos de trabajo para muchos.

¿Con tanto trabajo, le quedan ganas de volver a presentarse? Salazar no responde directamente a la pregunta, tan sólo dice que está a disposición de su pueblo y de su partido, el PSOE, que lleva gobernando en el pueblo desde 1983, pero sí dice una cosa “que le gusta terminar lo que ha empezado”, ahí lo deja todo dicho.

Mientras tanto, el pueblo sigue adelante con su vida, esperando la “Quema del Tuero (leño)”, un gran tronco de encina que cogen los quintos y quintas, que cada Nochebuena se quema con motivo de su gran fiesta, que data de hace más de 180 años, y que reúne en torno a sus brasas a todo el pueblo.

 

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