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Feijoó busca la segunda vuelta el 9 de junio, en la grupa de Vox

El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo.

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Es de dominio público que Núñez Feijóo vino a Madrid a recoger la llave de la Moncloa. Se había creído las encuestas publicadas por los medios del arco de la derecha, casi todos, que daban al PP la posibilidad de obtener la presidencia de gobierno.

Desde la investidura, y desde que Pedro Sánchez fuera defenestrado por su partido dejando su escaño, el 30 de octubre de 2016, el partido popular y sus medios afines han tenido en su punto de mira a líder socialista. Un político singular que, la historia lo evaluará, pone su criterio por encima de conservadurismo del estatus quo que defiende los partidos de la derecha, e incluso de la izquierda moderada o participativa, por la comodidad o temor a no pisar callos que puedan acarrear consecuencias no deseadas; como manifestaciones lacerantes que hieren la propia honorabilidad personal o acciones coordinadas económicas, sociales o judiciales, a las que invita, desde su púlpito, Aznar con aquella proclama, “quien pueda hacer que haga”. A modo de las fetuas que emiten los guardianes de la fidelidad islámica, instado a hacer lo necesario para acabar con el infiel y la herejía. 

Pedro Sánchez está en la diana porque antepone su análisis, y su visión sobre España y su futuro, por encima de la opinión de la derecha que tenemos, descendiente del doctrinario que nos dejó cuarenta años de adoctrinamiento fascista,  y  del liberalismo social e incluso de la izquierda bien pensante, en su propio partido. A la vuelta de cómo ha resultado la transición, lo que se llama el sanchismo  estaría por recuperar el espíritu de aquellos años con el enfoque progresista que, entonces, no pudo ser por la presión de las infraestructuras económicas y represivas del régimen, y la latencia del golpismo, que Felipe supo neutralizar bajando el listón social y autonómico, hasta desactivarlo.

Es ilustrativa la entrevista que realizó televisión española a Pedro Sánchez, candidato a la secretaria general, para suceder a Pérez Rubalcaba, en “los desayunos de la primera”, el 16 de junio de 2014, donde desgranaba su ideario crítico e innovador. 

En aquella primera entrevista en televisión, se declaraba ferviente federalista, dando todo su apoyo a la Declaración de Granada, aprobada por unanimidad el 6 de julio del año anterior, que recobraría actualidad cuando en la cumbre europea de Granada, bajo la presidencia española de la UE en octubre de 2023, se apostó por una Europa federal. 

En la entrevista mencionada, Pedro Sánchez, se refería, también, a la necesidad de cambiar la ley electoral, declarándose partidario de desbloquear las listas para el Congreso y por un cambio constitucional para definir unas nuevas circunscripciones electorales para que fueran más representativas y el voto de los ciudadanos más igualitario. Se mostraba partidario de modificar la ley de partidos, con el propósito de limitar los mandatos y democratizarlos internamente, favoreciendo la transparencia y revalorizando la voz de los diputados y senadores para que ganaran independencia más allá de las jerarquías de partido. En palabras textuales: “liderazgos que empujen en lugar de ser empujados”. Eso es, una actividad política proactiva.

Desde aquella entrevista, la jerarquía oficialista del PSOE vio en Sánchez a un nuevo líder con criterio y personalidad, que no preocupaba demasiado porque tenía pocas posibilidades de ser elegido secretario general frente al candidato oficialista. Tras la sorpresa de su elección, al estilo de Borrell frente a Almunia (1998), se quiso repetir la operación marginación de entonces. Borell dimitió quince meses más tarde, por responsabilidad política, que no personal, tras descubrirse casos de corrupción de algunos de sus ex colaboradores durante su etapa en hacienda. El oficialista, Almunia, se hizo con la secretaria general y, como candidato, en las elecciones de 2000 cosechó los peores resultados del socialismo durante el bipartidismo.

La dimisión de Sánchez vino por un acto de coherencia, por principios, no queriendo facilitar un gobierno de partido popular. Tras la dimisión, con satisfacción de la clase mediática, el uno de octubre de 2016, y su renuncia al escaño, Pedro Sánchez se echó a la carretera a la búsqueda de la militancia.

La rotunda victoria frente a la candidata oficialista, Susana Díaz, fue la respuesta de militancia, 68 por ciento, a la jerarquía del PSOE conformada y sin proyecto. Los barones socialistas desconcertados y poco entusiastas, con más ganas de PP que de fidelidad al nuevo líder, y teniendo que tragar con un gobierno de coalición con Unidas Podemos, estaban más por el absentismo que por la reivindicación de sus siglas. En la oposición prendió la mecha de la insurrección política con un PP disputándose con Ciudadanos, y Vox en tercero, ser la referencia en el espacio de la derecha.

Como ocurriera en 2004 con la victoria de Zapatero, el PP no supo procesar la frustración de verse apeado del poder de forma inesperada y se lanzó a la oposición salvaje, con más ruido que argumentos, para desconcertar y forzar a que el Presidente tirara la toalla a la italiana; con modos que recuerdan las tácticas autoritarias de las repúblicas latinoamericanas y, aún, de los autoritarismos que dieron origen a la Segunda Guerra Mundial.

La contestación belicista del Partido Popular, Vox y Ciudadanos, alentada por los medios de los patronos conservadores y de Ciudadanos, acusaban al gobierno de ilegítimo, argumento que diera justificación a algún tipo de plante, de golpismo.

El acto de la plaza Colón de Madrid fue la escenificación de una insurrección, al estilo de la Marcha sobre Roma, con el propósito de impresionar a la monarquía como resultó en el caso italiano cuando el rey Víctor Manuel III nombró primer ministro a Mussolini (1922) para dar paso al Nuevo orden fascista. Lo hizo Alfonso XIII, al año siguiente con Miguel Primo de Rivera, suspendiéndose las garantías constitucionales y la Mancomunidad Catalana; siempre Catalunya el tema central de los idearios conservadores y de la ultraderecha.

Lo de Colón pareció el primer paso para reconstruir la CEDA, aquella Confederación Española de Derechas Autónomas, fundada por el cardenal Herrera Oria, en marzo de 1933, que fuera el aglutinador de la derecha católica y monárquica, nutrida de anti republicanos, que más tarde sería el brazo civil del golpe de estado de Franco.

Pedro Sánchez tuvo que lidiar, desde el inicio, con las acusaciones de ilegitimidad, por el acuerdo discursivo de las tres derechas de Colón y, en la pandemia, contar solo con el bloque de la investidura, teniendo enfrente el naciente liderazgo de la presidencia madrileña, Díaz Ayuso, la más genuina transposición mediática de Trump en la política española.

Y en eso aparece Feijóo como el salvador del desconcierto en el partido popular ante la debacle discursiva de Casado. Desde su trono tranquilo en Galicia, una comunidad clientelar netamente subsidiada, en la que el valor de la continuidad de lo conocido parece la norma, Feijóo reinaba combinando galleguismo de alpargata y gaita, demagogias y morriñas, susurros conniventes del buen padrino que vela por los gallegos.

Como expresaba al principio del artículo, Núñez Feijóo aterrizó en Madrid para recoger las llaves de la Moncloa.

Al principio, verbalizó de centrismo y aflojó el empeño contra el gobierno en la suposición de que la forma moderada, y su personalidad entrada en años, seduciría como en Galicia pero la sombra de Ayuso es demasiado picassiana; con planos superpuestos y dinámicos en todas direcciones. Un Feijoo amenazado de urgencia por una presidenta ambiciosa como Ayuso, que está independizando a Madrid de la sociedad española pero sin discurso para ganar unas elecciones generales, no resulta rival para el presidente popular pero sí sus propias dubitaciones frente a las prisas de la zona ultra en el PP y en Vox por acabar con Sánchez.

Las municipales y autonómicas del 12 de mayo dieron el triunfo al partido popular. El desconcierto estaba en las filas socialistas y en Pedro Sánchez que, habiendo acordado la mayor agenda social en democracia, no pudo explicar con convicción los indultos dando alas a los populares para justificar la supuesta desigualdad de trato a los españoles; el mismo discurso que frente a la amnistía. Sin duda, para la derecha, con ETA se estaba mejor. Con el Procés entre rejas se mantenía beligerante a buena parte de la sociedad catalana y, ¿quién sabe?, si se alentaría un movimiento de insurrección violento que justificara el volantazo ultraconservador.

Cogiendo el toro por los cuernos y a la vista de que los gobiernos populares solo eran viables con alianza con Vox, Pedro Sánchez convocó elecciones y a la vista está que la operación de confianza salió bien para el bloque de la investidura de izquierda.

En las europeas de 9 de junio el partido popular está en la misma estrategia que en el 23 de julio, con la diferencia de que, entonces, los gobiernos con Vox parecía que podían limitarse a apoyos puntuales y no a verdaderas coaliciones, como ha resultado, en las que quien marca la agenda es la ultradercha. 

El partido popular no tiene dudas de que si quiere gobernar tiene que sentarse en la grupa del caballo blanco, en cuyas riendas está el jinete de Vox.

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