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Las buenas vecinas

Una autoficción de verano sobre soledades precarias, búsquedas, vecinas y objetos vencidos

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 Imagen: Raquel Congosto

Imagen: Raquel Congosto

Esta mañana una cuerda verde. Una cuerda verde trenzada que va rematada con un poco de cera quemada y se vende por metros en algunas ferreterías. Sí, esas. Una cuerda se ha roto en un piso de Arganzuela. Consuelo, nuestra vecina de enfrente, se ha quedado con el cabo suelto en la mano, probablemente con cara de boba, hasta que el estruendo de la persiana desenredándose de golpe le ha hecho dar un respingo y recordar el día que se la instalaron. “Sesenta y un años ha tardado en romperse”.

La voz estridente de la buena vecina desde el otro lado del descansillo nos saca de nuestra siesta de verano. Podéis llamarme Chelo, nos dijo el día que nos presentamos. Tiene una voz aguda pero quebrada y da besos apretados. Chelo tiene el pelo primorosamente teñido de un negro azulado que contrasta con su blanco cuero cabelludo. Chelo lleva un mandil encima de la ropa. Siempre. Chelo está encorvada. Para hablarnos levanta el cuello como la tortuga Morla. Chelo suele querer cháchara. Normal. Puede pasar días, quizá semanas, sin entablar conversación con nadie.

Su voz viene pidiendo ayuda, con el cabo de la cuerda verde aún en la mano, cruzando de su puerta a la nuestra como un aullido mientras sus zapatillas se arrastran sobre las losetas. Su único hijo vive fuera de la ciudad y ella siempre nos recuerda que venir, viene poco. Ella dice “cuando puede”, pero en su modo de decirlo, escondido bajo la indulgencia, parece latir todo el reproche que una buena madre como ella se puede permitir. Chelo vive sola desde hace ya casi veinte años y cualquier día, ella también se romperá.

“Son estas manos, que no me apaño con nada”. Gabi va, Gabi resuelve. Chelo también preguntará cómo va lo nuestro. Mal hicimos en contarle un día, al poco de llegar a esta casa, en lo que que andábamos. A veces la imaginamos como la versión castiza de los viejitos habitantes del edificio Dakota de  La semilla del diablo. No. Chelo lleva años viuda. “Y mi hijo vive lejos” —aún no sabemos si ese lejos es el extranjero o una urbanización a las afueras—. Pero tiene la suerte de tener unos buenos vecinos, que somos nosotros. Verás como el próximo sea el día en que le da el ataque y se nos muere mientras nosotros permanecíamos como estatuas con muecas frente al último episodio de  The Good Wife en pausa.

A Chelo se le dan muy bien las plantas, así que Gabi vuelve con el consabido esqueje de coleo en un tarro con la pegatina de mermelada de albaricoque desvaída, en agradecimiento a su despliegue bípedo para enganchar el cabo de cuerda que ha quedado. Porque nosotros, lo que se dice unos manitas, tampoco somos. Somos más del cognitariado. Chelo es una buena vecina, cree que nosotros la cuidamos, pero es ella la que nos cuida a nosotros, pese a su voz insoportablemente aguda y su ensordecedora dependencia. Convivir con ella nos hace relativizar nuestras neurosis. Nuestros dolores de espalda. O nuestra escasez de liquidez según avanza el mes. Chelo es como un espejo lleno de muescas y manchas de azogue encontrado en El Rastro que nos ayuda a mirar mejor nuestros malestares.

En su casa, como en la de todos los viejos, hay multitud de reliquias. ¿Qué pensión cobrará Chelo? ¿Precaria? Desde que cumplí los cuarenta, el término precariedad se me antoja cada vez más cursi. Y desde que leí  El viaje a pie de Johann Sebastian Bach de Carlos Pardo, estoy con él y me digo a cada rato: ¿pero por qué no empezamos a llamarlo como lo que simplemente es: pobreza? La precariedad contiene una especie de promesa hueca y falsa de transitoriedad, pero creo que ya ha llegado el momento de aceptar nuestra estable depresión. Y aunque nuestra pobreza no se parece a la de Chelo, sí hay una concordancia entre su despojamiento y el nuestro, como si nuestras épocas rimaran sin necesidad de tocar el bienestar pasajero y prestado de los ochenta y los noventa.

Lo peor de este mes de agosto será la dificultad de encontrar a alguien que le arregle la persiana a Chelo. Y su soledad. Entre esos dos hechos hay una también rima que quizá no ha soportado la cuerda, consciente del rigor del calor y de su propia obsolescencia. Los objetos, como las personas, a veces también se rinden. Nosotros, mientras tanto, lejos de la ciudad, seguiremos a lo nuestro preguntándonos de cuando en cuando cómo andará nuestra buena vecina.

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