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Un cuento navideño sobre una familia. Cualquier familia. Todas se parecen, aún las infelices, por mucho que digan.

Una familia. Cualquier familia. [Fuente: Retronaut]

Una familia. Cualquier familia. [Fuente: Retronaut]

El 8 de Noviembre de 1909 nacía T., mi abuelo, en un pueblo de La Rioja llamado Briones (el de la serie Gran Reserva, sí).


El 8 de Noviembre de 2012 nacía P., mi último sobrino, en una clínica de Madrid llamada El Rosario (allí nacen alguna vez hijos de famosos, sale a menudo en la revistas del corazón).


"Solo" 103 años de diferencia y una ciudad (y un mundo) distintos separan al primer y al último miembro de esta saga que me vino a  tocar como familia.


En ese viaje de tiempo entre Briones y Madrid está contenida la historia de esta familia de 30pax que consigue seguir reuniéndose cada 25 de diciembre, aunque a pocos importe ya, la verdad, que sea o no el día de Navidad.


El muchachito de Briones dejó su pueblo un día en busca de fortuna para recalar en la margen izquierda de la ría de Bilbao. En el kiosko de música de Santurce conocerá a una muchachita de Las Arenas con quien comenzaría su Romeo y Julieta particular.


La guerra y los avatares políticos les hacen cruzar la ría en el Puente Colgante y llegar al Madrid del No Pasarán.


Ya tenían una primera hija, a quien mi abuela guardó en el escote durante el refugio de Orán. Un par de años después, frente a una casita deshabitada de la Colonia Moscardó (barrio de Usera), mi abuela, se "arremanga" y como una ocupa precursora, consigue una vivienda digna para su pequeña familia. Las corralas utopía del 39. La V de vivienda de los que habían perdido la guerra. Nos va sonando.


Allí llegarán tres hijos más y un pequeño del que la abuela siempre nos contaba que murió el pobre de frío. En la cocina.


El lío primigenio ya estaba armado.


Muchos días de brasero y de vida "achuchá". Estudios, trabajos, veranos en la ciudad con baños en el Manzanares (sí, señores, esto pasó hace no tanto tiempo). Los hijos se hacen mayores y, oh, acontecimiento histórico, empiezan a ir a la universidad. Mi padre, en concreto, iba caminando de Usera a Ciudad Universitaria ida y vuelta.Caminando.  


Luego, lo típico: la descendencia conoce a las que serán sus parejas y vuelan del nido.


Bodas y casas nuevas: Carabanchel, Moratalaz, Aluche y La Estrella. La cosa se va haciendo grande. Las familias, como los suburbios, se desparraman incontrolablemente. Ya tenemos a la Primera Generación asentada a todo lo largo de la M-30.


Y este grupo de jóvenes hizo sus deberes en el baby boom. Fuimos naciendo concatenados y chapoteando en los charquitos de la crisis del petróleo desarrollista.


La primera tanda de primos puso su propio pie en la Luna al final de los años 60. Luego llegamos todos en años impares y a veces a pares:


71,73-73, 75, 77, 79.


Con esta combinación se abriría definitivamente la escotilla de la Segunda Generación.


En los ochenta, los noventa y principios de los dosmiles, crecimos y crecimos, de nuevo y más incontroladamente, si cabe, y los abuelos nos dejaron plantados a esa vera del Manzanares que habían cambiado en su día por la Ría. Los devolvimos al Mar Cantábrico y seguimos viviendo en su honor.


Desde 1984 nos reunimos sin falta los días de Navidad en esas casas en torno a la M-30 que sustituyeron un día a la casa de la Colonia Moscardó.


Durante treinta años la hemos ido liando parda en las distintas casas abiertas de par en par: montañas de abrigos, de cabezas de gambas, fotos, cuñadismo, concurso de a ver quién chilla más, compota, costillas a la miel, división sexual del trabajo naturalizada, risas, ese "vengo por toda la orilla" entonado también a gritos (a todas las familias de ascendencia vasca les da por cantar después de comer), chistes muchas veces malos, algunas veces misóginos (ouch!) y mucho esfuerzo por parte de las madres y padres que este mismo año se han jubilado como organizadores de la comida y han dejado paso (ya nos vale) a los hijos del Baby Boom. Bienvenidos.


Nos ha costado decidirnos a tomar el relevo. Somos viejóvenes. Muchos somos treintañeros largos que arañaron (con suerte) la independencia al final de las vacas gordas de los dosmiles. Hemos tenido de todo, queridos primos peterpanes de la periferia. Pero el cocodrilo se tragó el reloj y su tic tac se escucha ya desde encima de este cómodo barco, que a veces sentimos crujir, al hundirse. ¿Moriremos juntos o viviremos solos?


Por el suelo corretea ya una nueva generación, la Tercera, y aún no sabemos esto dónde va a acabar...


Como en toda celebración a la española que se precie últimamente, no faltó una vídeo conferencia con alguien que está lejos. Esta vez fue con unos de mis primos, que se ha ido a vivir a México y que, por fin, ha conseguido un buen curro. Mi abuelo estuvo emigrado en Venezuela durante tres años en la década de los cuarenta. Los círculos se cierran y la historia se repite. Sólo que ahora tenemos skype. 


Y llegamos al final. A esa clínica del Barrio de Salamanca en la que nació, otro 8 de Noviembre, pero de 2012 y sólo 103 años después, otro muchachito llamado P. al que no sabemos qué aventuras deparará la vida y qué lío montará él a su vez por su cuenta.


De momento, P., quédate a ver si la 2ª Generación podemos desmontar el pollo heredado de los Padres de la Transición. E id aprendiendo, enanos, porque pronto pillaréis el relevo que hoy cogemos los setenteros. A ver qué tal lo hacemos, aprended de nuestros errores y disfrutad como nosotros hicimos, que, ahora más que nunca y, casi como esos dos jóvenes asustados que llegaron a Madrid a finales de los años 30 del siglo XX, no sabemos lo que el futuro incierto nos depara...


A los hijos del baby boom, bienvenidos.



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