Todos los miércoles, el corresponsal de elDiario.es Andrés Gil explica las claves de lo que sucede en el EEUU de Donald Trump. Porque lo que pasa en Washington no se queda en Washington.
Nadie está a salvo bajo el trumpismo... excepto los amigos de Trump
Yo no termino de acostumbrarme. Quizá porque pienso que seguramente lo que está intentando Donald Trump con el despliegue continuado de la Guardia Nacional en bastiones demócratas sea eso, que la ciudadanía se acostumbre a convivir con soldados armados en las calles de las ciudades. En Washington DC el despliegue se amplió después del asesinato de una guardia de apenas 20 años cerca de la Casa Blanca tras un tiroteo de una persona de origen afgano que trabajó para las fuerzas estadounidenses en su país.
Y es muy habitual encontrártelos por la calle, ahora en grupos de seis o cuatro personas. Son jóvenes, muy jóvenes. Y van armados hasta los dientes. Te saludan, procuran ser simpáticos, porque saben que no son queridos estas calles.
Esta semana, una persona que conozco, nacida en EEUU y que trabaja para una importante organización de derechos humanos, sufrió un incidente en un aeropuerto estadounidense cuando volvía de una estancia en otro país. En realidad, la estaban esperando, debía haber algún tipo de alerta asociada a su nombre, porque el agente de la aduana le pidió el móvil, el portátil y las contraseñas para poder entrar en ambos dispositivos. Esta persona se negó a dar esa información, y la respuesta de los agentes fue dejarla marchar, pero sin móvil ni portátil, que siguen en posesión de los agentes.
Nadie está a salvo en el EEUU de Trump, a excepción de sus amigos y afines, como demuestra su política de indultos –desde los asaltantes del Capitolio al ex presidente hondureño condenado por colar 400 kilos de cocaína en EEUU–.
Pasa igual con el ICE, esa fuerza paramilitar que se ha convertido en una suerte de ejército policial particular de la Administración Trump. Hasta tal punto es así, que cuando no había dinero ni para las ayudas de alimentos para 40 millones de estadounidenses vulnerables, el ICE seguía contratando voluntarios.
Tanto el presidente de EEUU, Donald Trump, como la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, de quien depende directamente el ICE, llevan un año asegurando que persiguen “lo peor de lo peor”, pero los hechos no sólo demuestran que no es así, sino que además sus prácticas son cada vez menos propias de un Estado de Derecho, hasta el punto de acabar con la vida de una mujer de 37 años tras ser tiroteada en su vehículo cuando intentaba marcharse de una calle en la que estaban los agentes del ICE.
La oposición demócrata compara las prácticas del ICE con la Gestapo, por su limitada rendición de cuentas más allá de la cúpula gubernamental, por su violencia y por ejercerla enmascarados.
En Washington DC hay un museo de la Smithsonian Institution dedicado al Holocausto. Y en una de sus paredes, reproducen la cita de Niemoller que a menudo en el pasado fue atribuido a Bertolt Brecht.
“Als die Nazis die Kommunisten holten, habe ich geschwiegen; ich war ja kein Kommunist.
Als sie die Gewerkschaftler holten, habe ich geschwiegen, ich war ja kein Gewerkschaftler.
Als sie die Juden holten, habe ich geschwiegen, ich war ja kein Jude.
Als sie mich holten, gab es keinen mehr, der protestieren konnte“.
Es decir: “Cuando los nazis se llevaron a los comunistas, yo guardé silencio; al fin y al cabo, yo no era comunista. Cuando se llevaron a los sindicalistas, yo guardé silencio; al fin y al cabo, yo no era sindicalista. Cuando se llevaron a los judíos, yo guardé silencio; al fin y al cabo, yo no era judío. Cuando vinieron a por mí, ya no quedaba nadie que pudiera protestar”.
Martin Niemöller (1892-1984) fue un destacado pastor protestante en Alemania. En las décadas de 1920 y 1930, simpatizó con muchas de las opiniones de los nacionalsocialistas y apoyó los movimientos políticos de derechas.
Sin embargo, después de que Adolf Hitler llegara al poder en 1933, Niemöller criticó la interferencia de los nazis en la Iglesia protestante. Pasó los últimos ocho años del régimen nazi, de 1937 a 1945, en prisiones y campos de concentración.
Las palabras de Niemöller siguen resonando en nuestros días como una alerta ante derivas autoritarias que se encuentran con la pasividad y el silencio como ocurrió en los años 30 en Alemania ante el encarcelamiento, la persecución y el asesinato de millones de personas.
El EEUU de Donald Trump no es la Alemania de los años 30. Pero las palabras de Niemöller sí tienen vigencia en cuanto a la percepción de que ya nadie está a salvo del trumpismo, salvo que seas amigo de Trump.
El asesinato de una mujer de 37 años, Renee Nicole Good, a la que la Administración Trump calificó posteriormente de “terrorista” con toda falsedad al tiempo que el presidente de EEUU vertía todo tipo de mentiras sobre el crimen, es un paso más en la deriva violenta, agresiva y autoritaria del Gobierno de EEUU.
Y ha ocurrido cuando se cumple un año del regreso al poder de Donald Trump y de los indultos a 1.600 personas implicadas en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021.
“Acabo de ver el video del suceso que ha tenido lugar en Minneapolis, Minnesota”, publicó Donald Trump en Truth Social: “Es algo horrible de ver. La mujer que gritaba era obviamente una agitadora profesional, y la mujer que conducía estaba alterada, obstruyendo, resistiendo, cuando de forma violenta, premeditada y viciosa atropelló al agente de ICE, que parece haber disparado en defensa propia. Viendo el video, es difícil creer que esté vivo, pero está recuperándose en el hospital. La situación está siendo estudiada al completo, pero la razón que estos incidentes tienen lugar es porque la izquierda radical está amenazando, agrediendo, y haciendo a ICE y cuerpos de seguridad su objetivo de forma diaria. Están intentando hacer su trabajo de hacer América segura. Tenemos que respaldar y proteger a los agentes de la ley de este movimiento de izquierda radical de odio y violencia”.
Y es mentira. Ni el agente del ICE fue ingresado en un hospital. Ni resultó herido. Ni el coche le toca.
A pesar de eso, Noem ha ido insistiendo en que Good era una “terrorista” que estaba “utilizando su vehículo como un arma”.
Es más, según publica este martes The New York Times, seis fiscales federales de Minnesota han dimitido debido a la presión del Departamento de Justicia para investigar a la viuda de Good y a las resistencias del departamento a investigar al tirador.
Joseph H. Thompson, que era el segundo al mando en la fiscalía federal y supervisaba una investigación por fraude en Minnesota, ha sido uno de los que ha cesado este martes.
Hace unos meses, los supuestos terroristas eran los latinoamericanos enviados a las macrocárceles de Nayib Bukele en El Salvador o los tripulantes de supuestas narcolanchas asesinados en el Caribe y el Pacífico Oriental. Ahora las terroristas ya son mujeres de 37 años de Minneapolis.
Y aquí es donde las palabras de Niemôller cobran sentido un siglo después: porque empezaron persiguiendo como terroristas a los migrantes en situación irregular; luego a los integrantes del movimiento Antifa; después a personas asociadas a los Gobiernos de Venezuela o Colombia; y ahora ya a una poeta con tres hijos que intentó sortear a un grupo de agentes del ICE.
La normalización de la violencia, del autoritarismo, del insulto constante por parte de la máxima institución, el presidente de EEUU; la persecución con toda la fuerza del Estado contra rivales de Trump, como el reciente caso del presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, siembran un ecosistema de excepcionalidad del que sólo se libran los afines.
Así pasa con los periodistas y las empresas de comunicación no alineadas con el trumpismo en relación con los favores que reciben las que sí lo están, por ejemplo; o con una política internacional en la que se persigue a Maduro con la excusa del narcoterrorismo mientras se indulta al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado en EEUU por introducir 400 kilos de cocaína en el país.
O alentar las protestas en Irán mientras se ampara el genocidio israelí en Gaza o gobiernos totalitarios como los de Qatar o Arabia Saudí. Pero estos últimos son gobiernos amigos con los que la familia Trump, además, hace negocios.
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