Sashko, el joven con discapacidad deportado de Ucrania a Rusia que se reencontró con su padre de acogida
La de Sashko Danylchiuk, un joven de 28 años con una discapacidad grave, es una de las muchas historias de ucranianos llevados a Rusia. También es una historia de amor de un padre y un hijo que se convirtieron en familia hace solo unos años, pero que superaron fronteras, miles de kilómetros, peligro y burocracia para reencontrarse.
Ucrania ha confirmado oficialmente más de 19.000 casos de deportación de niños, y se cree que la cifra total de civiles adultos trasladados ilegalmente podría alcanzar cientos de miles. Los datos, sin embargo, son solo estimaciones.
“El derecho internacional humanitario prohíbe el traslado de personas protegidas desde su lugar de residencia sin razones militares imperativas. Incluso en ese contexto, la potencia ocupante debe devolver a la persona trasladada a su hogar lo antes posible y proporcionar alojamiento adecuado, higiene, salud, seguridad y nutrición durante todo el proceso”, dice Kareem Asfari, analista jurídico de The Reckoning Project, un equipo global de periodistas y juristas que se dedica a documentar, informar y recopilar pruebas para la investigación de crímenes de guerra.
“Además, según el derecho internacional de los derechos humanos, las personas con discapacidad bajo el cuidado de la potencia ocupante tienen derecho a servicios de salud del mismo alcance, calidad y nivel que los brindados a otras personas y derecho a recibir atención médica lo más cerca posible de sus propias comunidades”, prosigue.
La Casa de Stefan
Viacheslav Shchyrskyi vive ahora desplazado en Rumanía. Muestra una foto de la Navidad de 2021. “Este es Sasha Danylchiuk, este es Sasha Babenko. Y este soy yo. Decoramos la chimenea. A los chicos les encantaba sentarse junto a ella”, dice el hombre de 60 años. “Fue la última Navidad feliz antes de la guerra”.
Viacheslav pasó la mayor parte de su vida en Jersón, al sur de Ucrania, donde dirigía su propia empresa de instalación de sistemas de calefacción, y crio a cinco hijos junto con su esposa Natalia. Durante los últimos 20 años también sirvió como pastor de la Iglesia de Cristianos Evangélicos Bautistas en un pueblo cerca de Jersón.
En 2019, Viacheslav dejó su negocio a su hijo mayor y comenzó a ayudar a jóvenes con discapacidad. En el pueblo vecino de Daryivka, la organización TruPromise, con el apoyo de benefactores bautistas estadounidenses, estaba construyendo una casa inclusiva para estas personas. Una misionera llegada de Estados Unidos animó a los miembros de la comunidad a ofrecerse como voluntarios. Al principio, Viacheslav dudó mucho, pero aceptó tras la insistencia de su esposa: sus hijos mayores ya eran adultos y ellos tenían experiencia con ese tipo de cuidados, ya que su hijo menor, ahora adolescente, tiene una forma grave de parálisis cerebral.
Viacheslav se unió a TruPromise y, junto con su familia, se mudó a la llamada Casa de Stefan, que podía alojar a hasta 13 personas con discapacidad. “Tenía una entrada nivelada, rampas, baños y duchas especialmente equipados. En todas partes se podía mover libremente en silla de ruedas”, cuenta Viacheslav. Al dormitorio grande y luminoso con animales pintados en las paredes lo llamaron 'safari', y al otro, un poco más pequeño, 'norte'. La casa también tenía una gran sala de estar, un gimnasio, un aula y una cocina adaptada para cocineros con movilidad reducida. Incluso antes de finalizar las obras interiores comenzó a recibir a los primeros residentes de los internados, tres jóvenes con discapacidad en el desarrollo.
Sashko Danylchiuk nació en la región de Zhytómyr con un grave defecto en las piernas y no podía caminar. Le diagnosticaron una discapacidad intelectual leve. Nunca conoció a sus padres biológicos y creció en el internado de Oleshky en la región de Jersón, donde se acogía a niños con discapacidades graves de toda Ucrania. Era sociable y autónomo. Pintaba cuadros.
Uno de los primeros jóvenes bajo el cuidado de Viacheslav fue su mejor amigo, Sashko Durniev. Más adelante, él también empezó a pedir permiso a la directora del internado para pasar unos días en la Casa de Stefan, donde sintió que había encontrado una familia. Viacheslav aceptó acoger a Sashko, a quien cogió mucho cariño. Comenzó a tramitar la tutela mientras los chicos vivían entre el internado y la Casa de Stefan. Estudiaban, hacían ejercicios de rehabilitación y planeaban su nueva vida.
Separados por el río
Al inicio de la invasión rusa a gran escala, Sashko Danylchiuk y Viacheslav Shchyrskyi se encontraban en diferentes orillas del río Dniéper, que separaba Oleshky y Daryivka, ambas bajo ocupación rusa. Sashko había ido al internado por asuntos personales y había dejado sus cosas en casa de Viacheslav.
En ese momento, en la Casa de Stefan vivían tres de los hijos adultos de la familia y tres jóvenes con discapacidad, pero pronto empezaron a llegar personas de la comunidad local: una mujer en los últimos meses de embarazo, una familia con un chico de 18 años, una mujer mayor con discapacidad, un conductor y otros trabajadores de TruPromise.
Pronto ya eran 15 personas en la casa. Colocaron juntos cubiertas para bloquear la luz en las ventanas, llevaban al sótano a las personas con discapacidad durante los bombardeos y hacían turnos nocturnos. Viacheslav iba a la ciudad a por comida, productos de higiene y medicinas, pero cada vez era más peligroso. El futuro parecía amenazante, ¿qué pasaría si surgían complicaciones durante el parto de la mujer, si se llevaban a los chicos jóvenes o si se acababan los alimentos y los medicamentos?
La huida
Salieron temprano por la mañana el 31 de marzo, pero ya sin uno de los jóvenes bajo su cuidado, Sashko Durniev, que había escapado aquella noche. Más tarde se supo que lo habían detenido soldados rusos y trasladado al internado de Oleshky. Las 14 personas, junto con las sillas de ruedas, debían caber en tres coches. Apenas había espacio para sus cosas. Llevaron solo lo imprescindible.
No llegaron hasta por la tarde al territorio bajo control de Ucrania en la vecina región de Mykolaiv, después de pasar una decena de puestos de control. Viacheslav cuenta que iba conduciendo el primer coche y sentó a su lado al chico con la discapacidad más grave. Cuando este veía a los soldados rusos, se reía y agitaba las manos. Viacheslav cree que eso les ayudó a pasar todos los controles y salir de la ocupación sin perder a nadie. Aun así, a veces tenían que esperar horas, los soldados revisaban todo con detalle y se llevaban cosas del maletero como productos de higiene, ropa y cigarrillos.
Solo por la noche llegaron a Odesa, donde fueron acogidos en un edificio que encontraron a través de la Iglesia. Medio año más tarde, su familia se trasladó a Rumanía, que ofreció refugio a los ucranianos que huían de la guerra.
Enviado a Rusia
El internado de Oleshky, donde Sashko se encontraba al inicio de la invasión, funcionó durante los primeros meses fuera de los servicios locales, y los productos se compraban a agricultores de la zona. En otoño, la administración local de ocupación nombró a un nuevo director de la institución, un antiguo jefe de una autoescuela sin experiencia en trabajar con niñas y niños con necesidades de desarrollo.
En octubre de 2022, antes de que las fuerzas ucranianas recuperaran la región de Jersón, comenzó la evacuación de quienes vivían en el internado. Sashko fue trasladado, dentro de la propia región, en el último grupo de niñas, niños y personas adultas con discapacidad ya en noviembre. Primero fueron a Skadovsk, donde dejaron a los menores. A él y a otras personas adultas los llevaron al pueblo de Strelkove.
Allí los alojaron en un centro geriátrico, donde registraron oficialmente a Sashko y a otras personas adultas con discapacidad trasladadas desde Oleshky. Según los relatos de Sashko y de familiares que consiguieron recoger a sus hijas e hijos de Skadovsk y Strelkove, ninguna de las dos instituciones estaba adaptada para la vida de personas con discapacidad. Hacía frío y al principio incluso no había posibilidad de bañarse en Skadovsk. Después de casi un año en Strelkove, Sashko se enteró de que los trasladaban a la ciudad de Penza, en Rusia. Les avisaron de la partida a primera hora de la mañana del mismo día.
El derecho internacional humanitario prohíbe el traslado de personas protegidas desde su lugar de residencia sin razones militares imperativas. Incluso en ese contexto, la potencia ocupante debe devolver a la persona trasladada a su hogar lo antes posible y proporcionar alojamiento adecuado, higiene, salud, seguridad y nutrición durante todo el proceso
En el andén del tren en Penza, a Sashko y a otras niñas, niños y personas adultas los esperaba Sofiya Lvova Belova, directora de la fundación benéfica Kvartal Lui, creada por su hermana, Maria Lvova Belova, comisionada de la Federación de Rusia para los derechos de la infancia. La Corte Penal Internacional emitió órdenes de detención contra esta última por la deportación de niñas y niños ucranianos.
A las personas trasladadas desde Ucrania las llevaron a vivir al barrio Novye Berega, especialmente adaptado para personas con discapacidad, con edificios de vivienda inclusivos, un templo, un hotel, una cafetería e incluso un taller de cerámica y un salón de belleza. Este complejo de la fundación de las Lvova Belova fue construido gracias a donaciones de numerosas personas benefactoras, el Estado, oligarcas y representantes de las autoridades y empresas locales.
Durante todo este tiempo, Sashko mantenía contacto con Viacheslav, quien buscaba maneras de traerlo de vuelta. “No me escribas 'hola, Sasha', escríbeme 'hola, hijo”, decía en los mensajes, según recuerda Viacheslav.
En Penza, según cuentan él y Viacheslav, a Sashko, como a las demás personas trasladadas, le hablaban de la grandeza de Rusia y le decían que si regresaba a Ucrania lo enviarían a un hospital psiquiátrico. Sashko dudaba, por momentos creía a sus nuevas cuidadoras y cuidadores y decía que quería quedarse en Rusia, y en otros momentos escuchaba a su padre y recordaba su propia experiencia en Ucrania.
En una ocasión, Sashko publicó en sus redes sociales varios mensajes en apoyo a las Fuerzas Armadas de Ucrania y ayudó a grabar un vídeo a otra joven de Oleshky en el que ella pedía que la devolvieran a su país. Esto llamó la atención de las autoridades.
Dos hombres uniformados, recuerda Sashko, le preguntaron cómo había llegado a Penza. Su respuesta, que lo habían secuestrado, no les gustó. Le preguntaron cómo había contactado a militares ucranianos y cómo les enviaba dinero. Sashko lo negó. Al día siguiente llegaron tres. Según Sashko, al ver su nombre en los contactos del teléfono, le preguntaron quién es Shchyrskyi. Él respondió que era su padre. “Vamos a llamar a tu padre y hablaremos con él”, le dijeron, indica.
Uno de los hombres encendió la grabadora y le ordenó a Sashko que preguntara cómo ponerse en contacto con las Fuerzas Armadas de Ucrania, recuerda el joven. Viacheslav cuenta que recuerda esa llamada y la pregunta extraña de su hijo. “Sasha, no necesitas eso ahora. Estás en un país ajeno, la comunicación allí está controlada, para qué te metes en problemas. Estamos trabajando para liberarte y para que estés con nosotros”, dice Viacheslav, al reproducir su respuesta.
El reencuentro
Viacheslav se puso en contacto directo con Sofiya Lvova Belova e intentó convencerla de permitir que Sashko fuera a Rumanía. Ella decía que no se oponía, pero señalaba obstáculos: la necesidad de tramitar un pasaporte internacional, organizar el transporte y el acompañamiento. Esto se prolongó durante meses.
Cuando Viacheslav creía haber encontrado solución a todos los posibles problemas y que Lvova Belova pronto aceptaría enviar a Sashko a Rumanía, de repente ella anunció que en dos días estaría en Ucrania. Se descubrió que él, junto con familias de ucranianos trasladados desde territorios ocupados a Rusia, había sido incluido en la lista de retorno a Ucrania bajo la égida de Qatar. En septiembre de 2024, el joven fue llevado a Moscú, desde donde las familias fueron enviadas en avión a Minsk y luego en autobús a Kiev. Desde allí, Sashko fue trasladado a un internado en Bila Tserkva. Fue hacia allí que Viacheslav se dirigió para reunirse con su hijo.
Actualmente, Sashko todavía permanece en Bila Tserkva mientras tramitan sus documentos para salir de Ucrania. Viacheslav viaja entre Odesa, donde viven su hijo y su hija, Rumanía y Bila Tserkva. A punto de cumplirse el cuarto aniversario de la invasión rusa que lo separó de su nueva familia, espera recuperar a su hijo.
La Casa de Stefan fue destruida por una bomba rusa; vecinos enviaron a Viacheslav un vídeo donde se ve que ya no puede reconstruirse. Tampoco puede reconstruirse la vida pasada en la región de Jersón, dice el hombre, pero está feliz de que, a pesar de haberlo perdido todo, logró conservar a su familia.
Al mismo tiempo, la mayoría de los jóvenes del internado de Oleshky siguen desaparecidos; así es como Ucrania cuenta a quienes fueron trasladados por Rusia. En los últimos tres años, solo 13 adultos y niños de Oleshky han podido regresar a casa con sus familiares tras superar tortuosas burocracias y recorrer decenas de miles de kilómetros para reunirse con sus seres queridos. El destino de la mayoría de los demás permanece sumido en la niebla de la guerra.
Victoriia Novikova es investigadora sénior y Tatiana Vorozhko es editora colaboradora de The Reckoning Project, un equipo global de periodistas y abogados que documenta, da a conocer y presenta casos de crímenes de guerra.
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