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Texas, el sueño demócrata que se acaba de cumplir y puede cambiar la política de EEUU para siempre

María Ramírez

7 de noviembre de 2026 22:41 h

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El Partido Demócrata llevaba más de tres décadas sin ganar en ninguna votación estatal en Texas. James Talarico, de 37 años, ni siquiera había nacido la última vez que un demócrata ganó el escaño de senador que él logró por más de 12 puntos el martes. Pero no fue solo él. 

La demócrata Gina Hinojosa será la gobernadora de Texas. El Partido Demócrata ha ganado la mayoría en la Cámara de Representantes estatal y ha logrado casi todos los cargos estatales que podía en estas elecciones: serán demócratas desde el fiscal general hasta el comisionado de ferrocarriles. 

En Texas, el vuelco hacia los demócratas supera los 20 puntos. En la carrera al Senado, el giro ha sido de 49 puntos en el caso de los jóvenes y de 42 en el de los hispanos respecto al voto en las elecciones presidenciales y legislativas de 2024, según el análisis demográfico del New York Times.

La mayoría de los votantes se concentra en grandes zonas metropolitanas como Dallas, Houston y San Antonio, cada vez más demócratas, en línea con lo que pasó antes en Austin. Pero los republicanos han perdido terreno también en los condados más rurales y en algunos lugares inesperados, como el norte del estado. 

En la carrera al Senado, el Partido Demócrata avanzó en todos los condados de Texas, incluidos en 28 que votaron mayoritariamente por Trump en 2024, como muestra el análisis del New York Times.

La ola que ha cambiado Texas tiene consecuencias legislativas para el estado que los republicanos han dominado durante décadas, pero también una implicación para las presidenciales de 2028 y mucho más allá si el cambio es duradero. El Partido Demócrata lleva años acariciando el sueño del nuevo sur, empujado por los más jóvenes, una población en expansión y minorías cada vez más mayoritarias. 

Justo antes de las elecciones de 2020, Sean Trende, analista de encuestas electorales de RealClearPolitcs, un agregador de sondeos y medio de noticias políticas de inclinación conservadora, decía en una entrevista a elDiario.es que faltaban “uno o dos ciclos electorales” para que Texas cambiara al lado demócrata. 

Ahora Trende cree que acaba de pasar. “Desde luego, Texas es ahora un estado bisagra. Los cambios que vimos el martes no son el resultado de un problema aislado con Trump”, explica a elDiario.es. “Nacen de cambios demográficos a largo plazo en el estado, y en el país. No significa que de repente Texas sea muy demócrata, pero significa que este es un estado al que ambos partidos le van a prestar más atención en los próximos años”. 

En un país tan grande los estados considerados “seguros” de un lado o de otro apenas reciben atención de los candidatos en las presidenciales. Esto ya ha cambiado para Texas.

El legado de LBJ

La marca del racismo de los antiguos estados confederados apuntaló durante décadas la mayoría para el Partido Republicano, que originalmente era el partido símbolo de la lucha contra la esclavitud frente al más racista Partido Demócrata antes de la realineación de los partidos en el siglo XX.

Una de las imágenes más simbólicas de la noche electoral fue la del abrazo a Talarico de Luci Baines Johnson, la hija del presidente Lyndon Johnson, quien ocupó el mismo escaño de senador en Texas entre 1949 y 1960.

Johnson, defensor de las libertades civiles, era una excepción entonces en su partido, al que consiguió empujar poco a poco en contra de los segregacionistas. Como presidente, logró en 1964 la aprobación de la primera gran legislación por la igualdad racial.

“LBJ entendió que luchar por los derechos civiles le costaría a los demócratas el sur durante décadas y de todas formas lo hizo”, escribe el historiador Garrett Graff, que publica ahora el libro America in 25 Revolutions. “Hoy, sin embargo, el arco de la historia vuelve a inclinarse: ser el partido que luchó por los derechos civiles frente a la política supremacista blanca sin precedentes de la Administración Trump es lo que ha devuelto el sur a los demócratas”. 

La referencia del “arco” alude a la frase repetida por Martin Luther King y Barack Obama de que “el arco de la moral universal es largo, pero se inclina hacia la justicia”.

En la noche electoral, cuando se acercó a Luci Baines Johnson para agradecerle su felicitación, Talarico le dijo: “We did it (lo hemos conseguido)”.

El nuevo sur

El nuevo sur pasa por Georgia y Carolina del Norte, los primeros en girar, y también este año por Carolina del Sur y, todavía más sorprendentemente, Mississippi. 

Texas, más poblado y por ello aún más clave, se había resistido hasta ahora a los demócratas, incluso con candidatos carismáticos como Beto O’Rourke en las elecciones de medio mandato de 2018 y también con Donald Trump como presidente.

Texas, con una población de más de 31 millones de personas, es uno de los grandes “premios” electorales, con 40 votos de los 270 del colegio electoral necesarios para ganar la presidencia de Estados Unidos. Solo California, con 54, tiene más. Texas, además, es uno de los estados que más crece y puede conseguir más votos electorales, que se ajustan periódicamente siguiendo el censo. 

Ya desde los tiempos de Obama, que en 2008 había logrado ganar en Carolina del Norte, los demócratas daban la batalla en Texas. Durante su segundo mandato, el grupo demócrata Battleground Texas logró recaudar millones y se implicó en particular en la campaña a gobernador, que Wendy Davis perdió en 2014 contra Greg Abbott, derrotado ahora por Hinojosa. 

En 2018, O’Rourke perdió por dos puntos y medio contra Ted Cruz, adalid de los republicanos más conservadores, y entonces pareció una hazaña. Pero el cambio demográfico no parecía ser suficiente para los demócratas que habían calculado que un estado más diverso, sobre todo por los hispanos, les beneficiaría. En 2024, incluso descubrieron que podía pasar lo contrario: el mayor cambio hacia el Partido Republicano se produjo en los condados de Texas que limitan con la frontera mexicana y son de mayoría hispana. 

Ahora el rechazo a los republicanos se ha producido en particular entre los hispanos, los negros y las personas que se identifican con otras minorías. La suma de las consideradas minorías, en realidad, es ya la mayoría del electorado. 

Los blancos, que también han girado hacia los demócratas, siguen votando más: en las elecciones del martes pasado fueron el 54% de los votantes, aunque suponen el 46% de las personas con derecho de voto. Votaron un 24% de los hispanos, aunque son el 32% del electorado. La desmovilización de los negros era algo habitual en el pasado: en cambio, en estas elecciones fueron el 12% de electorado, con un nivel de participación muy alto. 

La historiadora Annette Gordon-Reed, nacida y criada en Texas, sostiene que su estado es uno de los que más va a marcar el futuro del país y del tipo de debate público por esta peculiaridad. “California y Texas son lugares con mayorías minoritarias. Esto ha puesto a prueba la idea de la identidad estadounidense”, explicaba en una charla en Oxford en primavera sobre los 250 años de historia de la independencia de Estados Unidos. “La reacción ha llegado a un punto de inflexión. ¿Sobrevivirá Estados Unidos como un país de aspiraciones?... ¿Las fuerzas que promueven los ancestros y la raza como base de la identidad estadounidense? La respuesta no está clara en este momento”. 

El “progresista cristiano”

Parte de la explicación del movimiento demócrata en Texas son los candidatos y sus rivales. Talarico se presentó con éxito como “progresista cristiano”, con un mensaje centrado en la denuncia del uso del poder a favor de los intereses de corporaciones o individuos millonarios. 

“Talarico personifica la opinión anti-multimillonarios y antisistema amañado que ha animado gran parte de esta temporada electoral en Estados Unidos”, explica a elDiario.es Pepper Culpepper, vicedecano de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Oxford y autor de Billionaire Backlash (La reacción contra los multimillonarios). Recuerda que Talarico rechazó las donaciones de corporaciones, hizo campaña centrada en cerrar los agujeros fiscales por los que se escapan los superricos y “centró su campaña en la idea de que la política no va de izquierda y derecha, sino de los de arriba contra los de abajo, es decir de los ricos contra todos los demás”. 

Culpepper también cree que Elon Musk le dio sin quererlo el empujón definitivo: “Sus credenciales anti-multimillonarios se reforzaron cuando al final de la campaña el archimillonario –Elon Musk, que ha trasladado sus empresas Tesla y SpaceX a Texas– se gastó cientos de millones de dólares de su propio dinero para apoyar al oponente de Talarico, Ken Paxton”.

El profesor, originario del sur de Estados Unidos, cree que lo que conectó especialmente bien con los votantes de Texas fueron las referencias bíblicas de Talarico, antiguo seminarista presbiteriano. “Usaba explícitamente el lenguaje religioso para revestir su mensaje de que hay que sacar el dinero de la política”, explica Culpepper. Talarico cerraba a menudo sus mítines con la referencia del Evangelio a Jesús y la expulsión de los mercaderes del templo después de volcar las mesas de los cambistas. “Texas, es hora de empezar a volcar las mesas”, repetía Talarico. 

El nuevo senador no encaja exactamente con la definición de progresista ni siquiera dentro de su partido en Estados Unidos.

Talarico ha defendido el petróleo y el gas, ha criticado las políticas más abiertas con la migración de Joe Biden y ha rectificado algunos de sus mensajes de apoyo a las personas trans. Como legislador en 2021, dijo “Dios es no binario”. En septiembre, en una entrevista en Fox News, aseguró que algunos de sus comentarios pasados “sobraban” y que se opone a la participación de atletas transgénero en competiciones femeninas de estudiantes “si hace peligrar la seguridad o la justicia”. 

Tácticas republicanas fallidas

La ola a su favor, pero también a favor de Hinojosa, la primera latina en ser gobernadora en Texas y con un perfil también más conservador que el de sus colegas demócratas de las costas, ha impulsado a los demócratas en lugares donde no solían ganar ni quedarse cerca. Incluso a pesar de las maniobras electorales para afianzar el dominio republicano. 

Las tácticas de rediseño de distritos congresionales para favorecer a un partido intentando maximizar sus votos (el llamado en EEUU gerrymandering) han tenido el efecto contrario del buscado para los republicanos en particular en Texas. Ursula Hackett, profesora de Políticas de Estados Unidos y que acaba de escribir un libro sobre estas tácticas, explica de hecho que este estado es un buen ejemplo.

“Es extraordinario hasta qué punto han fracasado los republicanos para capitalizar los esfuerzos muy explícitos de inyectar sesgo partidista a estos mapas, empezando por Texas en 2025”, explicaba Hackett durante un coloquio este jueves del Instituto Americano Rothermere y el Instituto Reuters en la Universidad de Oxford. “Es un caso de rediseño absurdo porque no solo no han logrado conseguir los beneficios esperados, sino que les ha salido el tiro por la culata. El rediseño ha hecho que distritos donde el partido ganaba seguro sean ahora menos seguros. Los demócratas han salido ganando en este rediseño republicano de distritos”. 

Los demócratas ganaron cuatro de los cinco distritos que el Partido Republicano rediseñó en 2025 para agrupar mejor a sus potenciales votantes.

El futuro de Texas… y EEUU

Unas elecciones tan marcadas por el rechazo a Trump son difíciles de calibrar a largo plazo, pero parte de esa condena a sus políticas seguirá en la papeleta en 2028, especialmente si los candidatos republicanos son personas de su Gobierno o cercanas a él. En todo caso, el cambio de Texas puede ser parte de una nueva era en la política de Estados Unidos.

En Texas no gana un demócrata a presidente desde el sureño Jimmy Carter en 1976, en plena debacle del Partido Republicano tras el escándalo del Watergate que obligó a dimitir a Richard Nixon y cuando los demócratas todavía tenían en sus filas a defensores de las políticas racistas en el sur. 

“Esto plantea la pregunta de cómo recordaremos en el futuro estas elecciones”, explica Ursula Hackett. “Es tentador ver fisuras en lo que hasta ahora parecía un panorama partidista congelado… Si Texas está ahora en juego para los demócratas con una posibilidad seria de ganar esos votos del colegio electoral entonces todo cambia por completo”. 

Esto sucede después de 25 años de relativa parálisis, con los bloques definidos por áreas geográficas. El panorama empezó a cambiar cuando Trump ganó en las presidenciales de 2016 por sorpresa, aunque por un margen muy estrecho, en Michigan, Pensilvania y Wisconsin, estados tradicionalmente inclinados hacia el Partido Demócrata. La disputa sobre Florida de este siglo también puede ser historia mientras se vuelve más conservadora, pero la ola demócrata en gran parte del sur, sobre todo el más joven, puede cambiar el panorama político de manera más radical.

“Las elecciones de 2028 van a ser una batalla de las ideas en los dos lados”, dice Molly Ball, periodista política del Wall Street Journal y que está escribiendo un libro sobre el cambio ideológico y demográfico de la política de EEUU en los últimos 20 años, durante el coloquio en Oxford. “Tienes un Partido Demócrata y un Partido Republicano que no tienen ni idea de lo que representan. El mapa se vino abajo en 2016. Ha hecho falta una década para que el sistema político de Estados Unidos lo asumiera”. 

También cree que en Texas y en gran parte del país el electorado es mucho más imprevisible, y ninguno de los dos partidos puede dar por descontado el apoyo en las zonas que creían más fieles.  “Lo que está ocurriendo en el electorado estadounidense es una despolarización racial”, dice Ball. “La gente vota cada vez menos según líneas raciales, por lo que esos prejuicios se han venido abajo en un ambiente en que todo el electorado se siente distanciado de ambos partidos y está en cualquier momento en juego”.