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The Guardian en español

El desierto es la mejor arma fronteriza contra la inmigración en Arizona

Los voluntarios dejan mensajes de ánimo en las botellas de agua que dejan en el desierto a disposición de los inmigrantes.

Carrot Quinn

Encontramos la calavera en el Growler Valley, cerca de Ajo (Arizona), mientras esquivamos los cactus por las profundas lenguas de arena que atraviesan el terreno. Las ramas de un ocotillo, un arbusto que da flores rojas en primavera, se cierran a su alrededor como barrotes de una jaula. Es un cálido, luminoso y tranquilo día de diciembre.

Estoy en el desierto de Sonora con varios integrantes de No More Deaths (No Más Muertes), una ONG que recluta a cientos de voluntarios para que recorran la frontera de Estados Unidos y México con miles y miles de litros de agua, en un intento por impedir más muertes. Genevieve Schroeder, activista de la organización, me acompaña durante el cuidadoso proceso de fotografiar y sacar las coordenadas del cráneo y de los objetos que encontramos en las cercanías: una manta rota, unas zapatillas llenas de arena, una camiseta y unos vaqueros rasgados que están entre la retama.

Schroeder me habla sobre las dificultades de recuperar restos mortales en situaciones como esta, y añade que tienen que llamar a la oficina del sheriff local y darles las coordenadas de GPS, para que puedan localizar el sitio. Si hay suerte, los agentes se presentan en sus camionetas, se hacen cargo de los restos y los llevan al departamento forense, donde los estudian por si los pueden relacionar con alguna denuncia de personas desaparecidas. Si hay suerte.

Esta misma semana, un grupo de voluntarios de No More Deaths encontró más restos mortales al norte de nuestra posición: una mandíbula, un par de costillas y unas vértebras. Si se descubrieran restos humanos en otro lugar de EEUU, se organizaría un escándalo público, se escribirían artículos de prensa, se harían batidas y se abriría quizá una investigación para descubrir la identidad de la víctima.

Sin embargo, estamos en el desierto del sur de Arizona, a 65 kilómetros de la frontera: un lugar donde alguien puede morir de forma tan dolorosa como prematura, lejos de sus seres queridos, sin que a nadie le sorprenda que su calavera aparezca entre las ramas de un ocotillo.

Cuando me decidí a pasar un mes con los voluntarios de No More Deaths (que se financia enteramente con donativos), no sabía que me acabaría tropezando con huesos humanos; pero, tras unos pocos días en el desierto, me he dado cuenta de que, al igual que muchos ciudadanos estadounidenses, desconocía la gravedad de la situación.

La muerte es un factor constante en este lugar. La patrulla fronteriza afirma haber encontrado 6.029 restos humanos en la zona fronteriza de Arizona desde finales de 1990, aunque supone que la cifra real de fallecidos es mayor. Hay muchos más que han desaparecido sin dejar rastro.

No ha sido siempre así. Durante muchas décadas, la ruta para entrar en los Estados Unidos fue menos peligrosa para los seres humanos y las cifras anuales de fallecimientos no tenían nunca más de un dígito. Luego, a mediados de los noventa, la patrulla fronteriza adoptó una estrategia de “disuasión preventiva”: levantaron muros en las zonas urbanas e instalaron controles de tal manera que la gente que intentaba cruzar terminó empujada a las partes más áridas, remotas y brutales del desierto, lejos de las carreteras, los recursos y cualquier posible rescate.

En otras palabras, la patrulla fronteriza de los Estados Unidos usó el desierto como arma. El número de muertos aumentó con rapidez hasta llegar a varios cientos al año.

El botón trampa

La calavera del ocotillo no ha perdido los dientes; eso es bueno, porque servirán para que el forense pueda determinar la identidad del fallecido. Todos los años, las líneas directas de las ONG reciben cientos de denuncias de personas desaparecidas. Margo, una de las abogadas de No More Deaths, dice que “encontrar restos mortales es una oportunidad increíble de ofrecer un desenlace a familias que llevan mucho tiempo esperando noticias”.

Nos agachamos para examinar el cráneo, y me asalta un olor impactante y familiar: el del cadáver hinchado del animal que vi una vez en el campo; el de la rata que se escabulló en cierta ocasión tras la bañera del servicio de mi casa. Todos retrocedemos, alarmados. La calavera no es tan vieja como habíamos creído.

En 2014, un grupo de antropólogos vistió dos cerdos muertos con ropas parecidas a las que llevan los inmigrantes y los dejaron en el desierto junto a unos arbustos en los que habían instalado cámaras con sensores de movimiento. Querían saber cuánto tiempo tardan los carroñeros en eliminar los restos, con la esperanza de que la información obtenida fuera de utilidad para las personas que recuperan restos mortales en la frontera. Y descubrieron que, 24 horas después de que los carroñeros (buitres, coyotes y perros en ese caso) se empezaran a alimentar de los cadáveres, la carne había desaparecido en su totalidad y los huesos habían quedado diseminados por una zona bastante grande.

El viaje de vuelta al campamento, que hacemos por un camino lleno de baches, es surrealista. Se ha hecho de noche y, en la distancia, se ve la solitaria luz azul de una baliza muy particular: un poste alto con un botón y una imagen de una persona que sostiene una jarra de agua. Un cartel, escrito en inglés y castellano, insta a pulsar el botón para pedir ayuda. Si la patrulla sólo pretendiera ofrecer agua, podría haber instalado un tanque y le habría salido más barato; pero la baliza —que la patrulla vigila de cerca— no ofrece agua y salvación, sino deportación y, tal vez, cárcel. A fin de cuentas, los inmigrantes ilegales que reinciden en el intento de entrar en el país cometen un delito que les puede costar hasta 20 años de prisión.

Cuando llegamos al campamento, descubrimos que han organizado una cena campestre: gente sentada en sillas plegables, que come, habla y ríe alrededor de una enorme hoguera. Dos amigas de Portland que han venido a verme me hacen señas para que me siente a su lado, hable con ellas y me interese sobre su viaje, pero empiezo a temblar. Estoy tan helada que caliento agua en la tetera y, entonces, caigo en la cuenta de que ni siquiera puedo sostener la taza. Mis manos tiemblan demasiado. Me acuerdo de la sonriente y hueca cara de la calavera manchada de barro que nos miraba desde el ocotillo. Una de mis amigas me habla, pero no me puedo concentrar en sus palabras. Pienso en el hombre herido que se rezagó, se perdió, deambuló durante días y cayó muerto junto a un arbusto. Me siento como si estuviera a punto de romperme. Siento lo que se siente cuando algo que teóricamente entendías en teoría se vuelve súbitamente real.

Sentencia de muerte sin juicio previo

“Todos son narcotraficantes. Ninguno viene a los Estados Unidos a trabajar. Sólo son narcos. Todos los que vienen por esta zona son narcos”.

Estamos en un sendero que se interna en el Growler Valley, hablando con un agente del Departamento de Caza y Pesca que se dirige al paso. Hemos salido con intención de volver al lugar donde está la calavera y buscar más restos mortales. El sheriff irá por la tarde a recuperar los huesos, pero no está obligado a batir la zona, lo cual significa que la tarea recae en un grupo de voluntarios que trabajan gratis para una ONG con pocos recursos.

El agente parece incómodo con nuestra presencia, incluso después de recibir explicaciones sobre el trabajo que estamos haciendo. “Aquí no hay más que narcos —repite, como hablando solo—. ¡Nada más que narcos!”. Es una afirmación que he oído una y otra vez en boca de policías desde que llegué al desierto de Sonora; pero su división de los inmigrantes en “buenos” y “malos” pasa por alto el hecho de que no hay ninguna puerta delantera por donde los inmigrantes mexicanos o centroamericanos sin documentación puedan pasar legalmente a los Estados Unidos.

Muchos de los que cruzan la frontera sin tener papeles son personas que huyen de la pobreza, la desestabilización y la violencia extrema de sus países. Tienen pocos recursos, si es que los tienen. A menudo, se presentan en ella tras haber recorrido miles de kilómetros por múltiples canales y de haber sufrido abusos y extorsiones durante su largo trayecto. Llegan con la esperanza de salvar sus vidas y las vidas de sus familias y, a veces, cuando no tienen dinero para pagar a alguien que los guíe por el enorme y peligroso desierto, se encuentran con alguien que les hace una oferta: llevar un fardo de marihuana a cambio de que los guíen. Suelen ser los inmigrantes que más riesgos corren; los que han llegado más lejos con menos recursos y los que huyen de las situaciones más desesperadas.

El movimiento de drogas por la frontera es un asunto complejo que está relacionado, entre otras cosas, con la falta de oportunidades económicas en el Norte de México y los propios acuerdos comerciales de Estados Unidos; pero, se mire como se mire, la estrategia estadounidense de empujar a los inmigrantes ilegales a las zonas más hostiles del desierto equivale con frecuencia a una sentencia de muerte sin juicio previo, con independencia de quiénes sean las víctimas, de qué estén haciendo y de por qué.

“Hay gente en las montañas que nos quiere matar”

“Tienen miedo de estar aquí, comenta Genevieve mientras bajamos al Growler Valley, tras hablar con el agente del Departamento de Caza y Pesca. Procuran no alejarse mucho de sus vehículos. Piensan que los quieren matar”. Genevieve me cuenta que una vez se encontró con dos sheriffs que habían aparcado sus todoterrenos en un camino rocoso; ella y otros voluntarios de No More Deaths habían salido a recorrer la zona fronteriza en busca de sitios nuevos donde pudieran dejar agua a los inmigrantes y, cuando los sheriffs la vieron, le preguntaron:

–¿Qué está haciendo aquí? ¿Es que no sabe que es el lugar más peligroso de Estados Unidos?

–Estamos de senderismo y acampadas –respondió–, y nos lo estamos pasando bastante bien.

–Pues hay que estar loco para venir a este sitio –dijeron–. Hay gente en las montañas que nos quiere matar.

En otra ocasión, estando en parecidas circunstancias, se topó con cuatro inmigrantes a los que la patrulla fronteriza acababa de arrestar. Los voluntarios de No More Deaths detuvieron sus vehículos y ofrecieron comida y agua a los inmigrantes, pero uno de los agentes empezó a gritar: “¡Nada de comida y agua! ¡Estos tipos son narcotraficantes! ¡Son mala gente! ¡Mala gente! ¡Son narcos!”.

La deshidratación es una forma terrible de morir. Primero, la boca se seca y se cubre de una sustancia densa; luego, la lengua se agrieta, los ojos se hunden en el cráneo y, en general, se sufren náuseas y vómitos secos acompañados de fiebre y convulsiones. Al cabo de unos días, los órganos internos dejan de funcionar y se produce la muerte. Pero el desierto de Sonora es de noches heladas (en invierno), y la ropa empapada de sudor se puede enfriar hasta el punto de causar hipotermia, así que también se puede morir de frío. Y la víctima puede estar herida o tener hambre. O puede haber una combinación de todos esos factores. Pero el agua es el factor principal.

Pienso en ello mientras un helicóptero se cierne sobre nuestras cabezas, atravesando el claro cielo de la mañana. El helicóptero gira a nuestro alrededor, desciende un poco, desaparece en la distancia y regresa una hora después. Por la tarde, cuando volvemos a las camionetas tras haber dejado agua a los que puedan pasar por aquí, nos encontramos con dos agentes de la patrulla fronteriza:

–¡Maldita sea!, dice uno cuando nos ve. ¡Hemos estado siguiendo a unos activistas!

–Vi gente y me entusiasmé, se justifica el otro, señalando nuestros vehículos. Pensé que serían diez personas como mínimo.

El año pasado, No More Deaths dejó 73.603 litros de agua en el desierto, con ayuda de más de 200 voluntarios. Yo fui parte activa durante mi estancia y llegué a cargar más de veinte litros por viaje a través de arenales y pendientes escarpadas para acceder a caminos de inmigrantes a los que sólo se puede llegar a pie. A veces, descubríamos que alguien había tirado el agua que habíamos dejado la vez anterior y arrojado los vacíos y rotos recipientes a los arbustos.

Preocupada por el Gobierno de Trump y su promesa de aplicar una política de mano dura en zonas que ya están fuertemente militarizadas y cargadas de violencia, me intereso por la opinión de varios voluntarios que llevan mucho tiempo en No More Deaths: “Trump cree en los cuerpos policiales y paramilitares. Pero las cosas ya están bastante mal por aquí. Hace años que lo están”.

Cráneos humanos

Dos días después de encontrar la calavera del ocotillo, un grupo de voluntarios de No More Deaths descubre otro cráneo humano cerca de las montañas de Bates, al sur. Está a poco más de cien metros de una carretera. Y al día siguiente, cuando vuelven al lugar para ampliar la búsqueda, descubren otro.

Unas semanas más tarde, salimos de reconocimiento por el Parque Nacional Organ Pipe Cactus, uno de cuyos lados coincide con la frontera de México y Estados Unidos. Al subir por un camino por el que sólo pueden pasar la policía y la patrulla fronteriza, vemos que el coche de un sheriff avanza lentamente hacia nuestra posición. “¿Están batiendo la zona?”, preguntamos al agente de la patrulla fronteriza que sigue al sheriff en una camioneta. Tras detener el vehículo a nuestro lado, nos dice que han estado recuperando restos humanos, aunque él no ha participado en la tarea.

El agente accede a indicarnos el lugar, para que nosotros podamos seguir buscando. Resulta ser una cueva con una charca de agua de lluvia y, tras sacar las coordenadas, ponemos pequeños montoncitos de piedras junto al radio, la clavícula y la costilla que están allí. Después, nos sentamos cerca de la verde charca y decimos unas palabras. Intento imaginar lo que se siente al pasar así tus últimos días, junto a unas aguas turbias y sin más testigos que los coyotes y los cactus.

Es la quinta vez en un mes que encontramos restos mortales. Y yo lo siento por la víctima; siento que estuviera sola.

Dentro de unos días, el sheriff volverá con otro grupo de voluntarios que lo llevarán de hueso en hueso y se asegurarán de que los recoge todos. El sheriff los guardará en una bolsa de plástico transparente, la cerrará y la meterá en el maletero de un vehículo que los voluntarios verán alejarse por un camino de tierra, levantando polvo bajo el despejado cielo de Sonora.

Traducido por Jesús Gómez

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